La horrible muerte del anticuario

La muerte del anticuario Onür Retlàh es la más horripilante que puedo recordar en mis veinte años de servicio en el cuerpo de policía de Özhtig. Todas las personas que la presenciamos, tuvimos que ser atendidas por crisis nerviosas de diversa consideración… Todos, excepto quienes cantaban los salmos.

La tienda del señor Retlàh sigue aún en el barrio viejo, muy cerca de la entrada principal del inmenso museo abandonado. El agente Dhpolè Regäh y yo misma, la oficial Evhë Relleühq, nos dirigiamos en ronda nocturna a aquella zona, para realizar una inspección del lugar.

La noche era convulsa. Una densa columna de humo negro se había alzado en el ala Oeste del gran edificio del museo, mientras un débil seísmo afectaba a todo barrio y el aire se enrarecía con un desagradable olor a azufre. Los bomberos ya estaban actuando y nuestro cometido era comprobar que no hubiese personas afectadas ni mayores contratiempos en las proximidades.

Ante la fachada principal, habían amontonado un gran número andamios metálicos, pues estaban a punto de iniciar obras de restauración. Junto a los vehículos estacionados de la empresa de construcción, nos sorprendió ver un turismo convencional y varias motocicletas con adhesivos de simbología nazi.

Comprobamos la matrícula del coche. Era de alquiler, llegado desde Leipzig. La identidad facilitada por el conductor a la empresa no constaba en nuestros archivos, podía ser falsa. En cuanto a las motocicletas, pertenecían a cuatro jóvenes vinculados a grupos neonazis, todos ellos con antecedentes. Sus motores aún estaban calientes. habían llegado hacía poco.

Subimos la escalinata y vimos que una de las grandes puertas de acceso estaba abierta. Entramos. En el eco oscuro de las salas vacías, nos pareció oír un débil murmullo lejano de voces masculinas, en una especie de recitación o salmo. Se interrumpió con tres o quizá cuatro golpes secos. Y después continuaron. Pedimos refuerzos por radio y nos adentramos en el museo.

Era fácil avanzar siguiendo el murmullo de voces, que percibíamos cada vez más claramente. Junto a las voces, también comenzamos a escuchar los gritos ahogados de otro individuo. Hubo más golpes secos, sin duda puñetazos, y el posterior impacto de huesos contra el suelo de piedra. Hice al agente Dhpolè un ademán de máxima precaución ante la inminente situación de riesgo. Desenfundamos nuestras armas.

Apagamos nuestra luz al percibir el resplandor trémulo de velas. Los gritos habían cesado, pero los salmos se oían de nuevo, perfectamente. Algunos parecían estar recitados en latín, y otros en säg, la lengua ancestral de nuestra región del Raëg, en desuso, salvo en nuestros nombres propios y apellidos, muy distintos de los comunes en alemán.

Alcanzamos la sala contigua. Nos asomamos por la rendija entreabierta de una enorme puerta de madera y pudimos descubrir un espectáculo espantoso.

Cuatro jóvenes desalmados, de indumentaria neonazi, habían atado a un hombre de mediana edad de manos, pies y cabeza, a cinco argollas clavadas en el suelo. La aterrada víctima tenía todos los miembros extendidos y sujetos firmemente. Además, le habían roto la camisa y el pantalón a la altura de hombros e ingles, donde habían practicado incisiones con cuchillos. Asimismo, sostenía una especie de toscas aletas de pez, confeccionadas con simple papel, a modo de guantes y zapatos.

Junto al prisionero, vimos una estatuilla de madera, de unos 30cm. de altura, ante la que los agresores estaban arrodillados y entonaban sus salmos, mientras mantenían erguidos un par de grandes cuchillos manchados con la sangre de la víctima, que se iban pasando, de unos a otros. Alrededor, multitud de velas iluminaban la tétrica escena.

El cántico se interrumpió abruptamente y dos jóvenes se lanzaron sobre la víctima que gritaba de terror. No nos atrevimos a dar el alto, pero entramos en la sala. Con gran habilidad, le realizaron una serie de marcas a cuchillo alrededor del cuello y al fin, le propinaron algunos puñetazos para hacerle callar. Entonces nos vieron.

Los cuatro verdugos se volvieron contra nosotros con tanta furia que no tuvimos otra opción que abrir fuego, abatiendo a los dos armados e hiriendo a los otros, a quienes todavía nos costó gran esfuerzo inmovilizar. Parecían estar bajo los efectos de alguna droga que les hacía muy violentos.

Liberamos al prisionero, quien se identificó como el anticuario Onür Retlàh. Le ayudamos a limpiar su sangre. No tenía heridas profundas. Eran sólo cortes superficiales alrededor de piernas, brazos y cuello. Por su disposición oblícua, semejaban algo así como los dientes de una sierra.

Llegaron las ambulancias y los refuerzos. Envié a una pareja de agentes a inspeccionar el resto del ala Norte de aquel inmenso edificio y a otra a recorrer todo el perímetro exterior. Los sanitarios atendían ya a los dos heridos de bala, a quienes no se les retiró en ningún caso las esposas. No había peligro por sus vidas y en ese paréntesis pudimos obtener las primeras confesiones.

Los atacantes habían estudiado a la víctima. Sabían que los fines de semana compraba reliquias y que los lunes se quedaba en la tienda, después de cerrar, revisando inventario y limpiando a fondo los nuevos objetos, antes de ponerlos en venta.

Pasadas las diez, aquellos cuatro sujetos, de entre veinte y veinticinco años de edad, golpearon suavemente con los nudillos en la persiana. El señor Retlàh acudió desde la trastienda, encendió la luz y, a través de la reja, les preguntó qué querían. Entonces le mostraron la pequeña estatua de madera. Le dijeron que tenían otras similares en los macutos de las motos, que se las venderían a buen precio…

Pero al llegar a la puerta del museo, le inmovilizaron y le forzaron a entrar. Nadie pasaba por allí a aquellas horas. Tras atravesar varias salas y considerar que el ruido ya no les descubriría, comenzaron el ritual macabro. El anticuario era judío y aquello podía haber sido el móvil para torturarle, pero la precisa complejidad del procedimiento sugería algo distinto.

Esta hipótesis me cobró aún más fuerza cuando yo misma recogí la estatuilla del suelo y, pese a estar heridos y esposados, los dos neonazis se lanzaron contra mí y lograron derribarme. Tuvimos que volverles a reducir para poder inspeccionar la misteriosa figura.

Ni siquiera el anticuario había visto algo parecido antes. Era de madera oscura, probablemente caoba, de unos 30cm de altura, por siete u ocho de ancho y unos cinco de profundidad. Recordaba a las figuras hieráticas del antiguo Egipto o la primitiva Grecia, representando un hombre erguido, de manera bastante tosca y poco realista. Tenía una svástica grabada en el pecho, pero parecía haber sido labrada en fecha reciente, pues acusaba mucho menos desgaste. Al darle la vuelta, pude observar una palanca. Volví a ponerla de cara a mí, y la accioné.

Para nuestro horror, las extremidades de la estatuilla se separaron del tronco, así como la cabeza, cuyo rostro reflejaba ahora una mueca de dolor escalofriante. No cayeron, se mantenían sostenidas por pequeñas piezas extensibles que representaban en cada caso el resto del cuerpo en miniatura. Al accionar otra vez la palanca, la figura recuperó su fisonomía de inicio.

Los detenidos volvían a murmurar en voz baja sus incomprensibles cánticos cuando los dos agentes que habían ido a recorrer el resto de aquella parte del edificio regresaron con unas abultadas carpetas. Las habían encontrado junto al antiguo despacho del director, en una estancia a la que aparentemente se accedía a través de una puerta secreta que ya hallaron forzada. Vaciaron su contenido, eran fotografías.

Tanto yo misma en mi posición de mando, como el resto de agentes, estábamos atónitos. Eran imágenes de fetos, o alguna especie de embriones desconocidos, con una gran cabeza, brazo o pierna, junto a un cuerpo diminuto. Mostré las imágenes al anticuario, que quedó igual de estupefacto, jamás había visto algo así. Las aproximé a los detenidos.

Levantaron la mirada y parecieron sorprenderse gratamente. Su respuesta fue que aquella era la noche de la liberación de ciertos seres primitivos, a quienes ellos entregaban la ofrenda humana. Y regresaron a sus cánticos, entonándolos ahora en voz más alta y grave.

El seísmo volvió a hacerse sentir bajo nuestros pies y parecía fundirse en una única vibración junto con aquella salmodia.  La estancia entera tembló de un modo que hizo estremecer nuestros estómagos. Entonces, la figura de madera, que había quedado momentáneamente abandonada, puesta en pie sobre una de las camillas de los sanitarios, se desplegó sola, separando sus miembros y mostrando aquel rostro horrible.

Y en apenas un segundo, el anticuario Onür Retlàh, sin que nadie le tocara ni pudiésemos hacer nada por ayudarle, se rompió en seis pedazos, justo por donde sus captores habían hecho las marcas a cuchillo. Fue con el mismo chasquido de la madera. También los brazos, piernas, y cabeza de aquel desdichado, saltaron despedidos del tronco y rodaron agitándose por el suelo de la gran sala, inundándola de sangre.

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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