El nombre de la mujer amada

En ocasiones, resulta difícil discernir si es el destino quien cae de forma inevitable sobre nosotros, o si bien es nuestra propia conducta torcida, ya desviada desde la edad infantil, la causa de la desgracia que nos conduce a terminar nuestras vidas del modo más espantoso.

Mi nombre es Rërêhp Mèlkott, hijo de frau Mèlkott, quien también se apedilló así de soltera. Pertenezco a una de las familias más antiguas de Özhtig, entre las que todavía es tradición mantener en primer lugar el apellido materno, algo único en Europa.

Fui educado bajo una gran represión en todo lo que respecta a la relación amorosa con las mujeres. No me refiero tanto al sexo como al propio sentimiento de amar, sobre el que continuamente mi madre me avisaba para estar alerta y huir, como si fuese un peligro terrible, una prueba fatal para la que nunca iba a estar yo lo suficientemente preparado.

No había sido, en mi juventud, un hombre desagradable, ni feo, ni estúpido, ni mal educado… y desde luego hubo muchachas que se interesaron por mí, y yo por ellas. Pero el miedo inculcado desde la más tierna infancia me sobrecogía y paralizaba, haciéndome incapaz de entablar ninguna relación firme, más allá de los breves escarceos iniciales.

Mi juventud avanzó, todos mis amigos se habían casado o vivían en pareja, pero yo seguía empecinadamente solo. Mi padre me observaba con silenciosa preocupación, pero su gran temor hacia mi madre hizo que nunca se atreviera a hablar abiertamente conmigo sobre el tema.

Soy un hombre culto, y dado mi dominio sobre el griego, el latín y el säg, la ancestral lengua de nuestra región del Raëg, obtuve sin problemas una plaza como profesor en el Instituto Trähzöhm de Educación Secundaria. Me mudé a un pequeño piso de alquiler, para gran disgusto de mi familia, que esperaban verme en mejor posición, y continué viviendo solo.

Los días pasaban, empujando años, cuando ocurrió algo en apariencia fortuito. Detenido ante la luz roja de un semáforo, una bella mujer me preguntó por la biblioteca central de la ciudad, ubicada en el barrio viejo. Yo me dirigía precisamente allí y me ofrecí a acompañarla.

Curiosamente, cuando llegamos, no le interesó ningún libro, sino el propio edificio, que es de planta circular, algo inédito en nuestra conservadora arquitectura. Insistió en que bajara con ella al sótano, donde se conservan los volúmenes menos consultados, aunque una vez allí, siguió sin mostrar interés por ningún tomo.

En cambio, comenzó a darme detalles inauditos sobre mi propia vida. Me dijo, por ejemplo, que mi madre había enfermado de rubeola durante mi gestación, y aunque yo no sufrí daño alguno, ella lo vivió como el ataque de una fuerza oculta, que deseaba matarme para que no llegara a este mundo.

Sabía además que mi madre fue tarotista y astróloga, que consultaba el zodíaco a diario y que, en la biblioteca de la mansión familiar donde vivíamos, había conservado como su mayor tesoro cuatro grimonios profusamente ilustrados. Tres estaban escritos en latín, otro redactado en säg, el idioma originario de nuestra región.

Semejante discurso me dejó totalmente perplejo. Le pregunté inmediatamente su nombre, quizá era familiar de los médicos que habían atendido a mi madre entonces, pero no quiso darme sus datos. Y continuó:

Un día, siendo yo adolescente, mi madre me había descubierto leyendo su viejo libro en säg. Los guardaba bajo llave, pero yo supe cómo escamotearla. Montó en una cólera tan salvaje que incluso mi padre tuvo que intervenir al verla enarbolar un abrecartas. Apenas dos días después, caí enfermo. Una fiebre altísima me hacía tiritar de pies a cabeza, tenía un frío espantoso y necesitaba estar envuelto en varias mantas y beber agua y leche casi hirviendo.

La noche en que alcancé lo peor de mi enfermedad, mis padres obligaron a todo nuestro servicio a irse de la casa, y acto seguido, ellos también se marcharon. Pude escuchar las quejas y súplicas de mi padre, quien estaba convencido de que yo iba a morir. Pero mi madre, inflexible, y dotada de una fuerza de voluntad muy superior, le obligó a irse con ella.

Me quedé solo, delirando de fiebre, entre horribles pesadillas provocadas por aquellas lecturas prohibidas. Los viejos libros trataban sobre seres ancestrales, muy anteriores a nuestra especie, y capaces de hacernos retroceder hasta su condición, a base de provocarnos enfermedades, deformaciones y mutilaciones atroces.

Podía reconocerme entre las ilustraciones de víctimas inocentes, tiritando entre mantas, justo antes de sentir cómo comenzaban a desmembrarse sus cuerpos. El pánico me enloqueció en aquellas horas y, desesperado, grité a pleno pulmón en soledad. Al fin, me dormí exhausto, convencido de que ya no despertaría. Pero a la mañana siguiente no sólo sí desperté, sino que estaba curado.

En la biblioteca, mi asombro hacia aquella mujer desconocida no hacía mas que aumentar. ¿Cómo podía saber todo aquello? ¿Era una bruja? ¿Adivina? Escudriñé su rostro con atención. Tenía unas proporciones tan bellas y armoniosas que podía haber sido obra de un Fidias, un Rodin o un Miguel Ángel, pero había algo aún más extraordinario. Eran sus ojos, de un color marrón muy suave, dorados como la miel. No había visto nunca ojos así.

Ella parecía reírse ante mi perplejidad generalizada. Me dijo que no podía quedarse más, tenía que acudir a varias citas aquella tarde de sábado. Pero que regresaría allí el próximo lunes, a la misma hora. Y que por favor, yo también acudiese.

Tenía exámenes de mis alumnos para corregir durante el fin de semana, pero ya no pude hacer nada más que darle vueltas a la cabeza. ¿Quién demonios era y cómo podía saber todo lo más secreto sobre mí? Durante ninguna de las dos noches siguientes pegué ojo.

Tumbado en la cama, volvía a recordar muy claramente los viejos libros de mi madre. Sus versos sobre seres inauditos, que habían poblado este planeta cuando era aún muy joven, y ni siquiera el agua, la tierra firme y la atmósfera estaban claramente diferenciadas.

El elemento predominante entonces era el fuego. Pero el viento, la tierra y el agua llegaron a ser más poderosos y le derrotaron, confinándolo a las profundidades. Desde entonces, los seres ancestrales dormían bajo los volcanes extinguidos de nuestra sierra de Ehweöl, que en el viejo säg significa algo así como «las fuentes del mundo».

Tras años de olvido, de repente, podía recordar a la perfección las ilustraciones de aquellos libros y casi cualquier detalle. El volumen más extenso llevaba por título «Antiquis res ignis» y era un incunable, obra de un tal Ïlthòs Grohhëgg, de Estrasburgo. ¡Con qué claridad volvía a aparecer en mi memoria, con los relieves dorados de sus gruesas tapas! ¡Como si lo tuviera de nuevo ante mí!

Los cuatro libros habían desaparecido tras la muerte de mis padres, en un incendio fortuito que se produjo estando la mansión vacía. Pero en aquella madrugada de lunes, me sorprendí a mí mismo recitando de memoria sus viejos salmos, que ni siquiera recordaba haber aprendido. Las rimas me alteraron los nervios de un modo estremecedor, eran capaces de tocar fibras demasiado profundas. Exactamente lo mismo había sentido de adolescente, al leerlos en secreto.

Sólo un pensamiento me calmó, y es que caí en la cuenta de que me había enamorado. En apenas una hora de conversación, aquella mujer desconocida me había desarbolado por completo. Estaba fundido, como un copo de granizo en un mediodía de agosto.

Durante la mañana del lunes no pude ir a trabajar, ni casi comer. No había dormido en dos noches y estaba pálido, con los ojos hundidos tras unas oscuras ojeras. No hice más que mirar el reloj esperando a que pasasen las horas y llegara el momento de nuestra cita.

Ella acudió puntual. Me pareció incluso más arreglada, mejor maquillada, recién salida de la peluquería… Estaba seguro de que había podido leer mis pensamientos, y sabía que yo estaba enamorado. Las advertencias infantiles de mi madre atronaron hasta hacerme pitar los oídos. Tenía que huir de aquella mujer, pero cómo hacerlo. Ya no podía, ni quería. Me sentí al fin libre del viejo veto.

Me miró sonriente y, casi sin decir palabra, nos besamos entre el silencio de los viejos estantes repletos de libros. Aquello fue el fin de mi débil lucha interior. Le entregué los últimos y mínimos rescoldos de mi resistencia.

En el centro del suelo de aquel sótano circular, me mostró una gran losa de piedra, también redonda. Dijo que ocultaba una escalera de caracol, por la que se descendía hasta una vieja cripta con un altar. Quería que la acompañase allí. Todavía, los últimos ecos de advertencia materna resonaron en mi memoria, pero la sonrisa de aquella desconocida tenía la capacidad de silenciarlos. Me escondí con ella a la hora de cerrar, cuando el bibliotecario pasó a comprobar que ya no quedara nadie.

Parecía saberlo todo. Desconectó la alarma con tanta habilidad como si hubiese trabajado allí toda su vida y, acto seguido, me mostró una pequeña abertura entre las losas de piedra del suelo. Le encajó una pequeña  pieza de madera que traía en el bolso, a la que dio vueltas, a modo de manivela. Ante mi asombro, algo parecido a un sistema electromagnético de repulsión alzo la losa circular un par de palmos y la dejó ingrávida, levitando. Sin esfuerzo, ella misma la apartó lo suficiente para poder descender.

Efectivamente, había una escalera de caracol. Ella traía dos frontales. Mientras bajábamos, me habló de los secretos de la ingeniería egipcia y de un norteamericano nacido en Lituania, llamado Edward Leedskalnin. Fue un largo descenso en el que yo siempre caminé detrás. Pude haberme dado la vuelta y marcharme corriendo, no me faltaban motivos… Pero no lo hice.

Al fin, llegamos a una profunda cripta de arquitectura inaudita. Era una esfera, diría que perfecta, pero además, tan lisa y pulida que parecía moderno hormigón moldeado en vez de piedra. Tendría entre quince y veinte metros de diámetro.

En su centro, sobre el suelo curvo, se alzaba una mesa redonda de mármol labrado, de unos dos metros de diámetro. Estaba espantosamente rodeada de restos de calaveras, huesos y esqueletos, no todos reconocibles como humanos. Pero lo más aterrador eran los instrumentos de tortura, idénticos a los vistos las ilustraciones de los libros de mi madre.

Fabricados en cobre, mostraban una pátina de óxido azul verdoso. Sus formas retorcidas, en espiral, sus extraños motivos en relieve, representando aquella especie de fetos deformes con grandes cabezas, piernas o brazos, terminados en aletas de pez… eran imposibles de olvidar. Muchos estaban tirados por el suelo, otros colgaban en equilibrio precario desde las paredes curvas y el techo.

– Es inevitable – comenzó a hablar ella – que te quedes atado a este altar. Yo volveré a subir por la escalera de caracol y no regresaré.

– ¡¿Qué?! – respondí horrorizado – ¡No pienso hacer tal cosa!

– No lo entiendes. Ya debiste morir siendo niño, ahora has de hacerlo aquí.

– Tendrás que matarme tú, no voy a acceder a eso – insistí.

– ¡No! – dijo ella – No lo haré yo.

Un pequeño terremoto sacudió la cripta. Un suave seísmo de baja intensidad, pero la suficiente para hacer caer una de aquellas lanzas oxidadas desde su argolla del techo, allí donde la esfera tenía su máxima altura, muy cerca del altar, junto al que me encontraba yo. El silbido en el aire me hizo mirar hacia arriba y, de ese modo, facilité que me atravesara el esternón.

Ella me sujetó para evitarme caer al suelo y me tumbó en el altar, depositando suavemente mi cabeza. El aliento y la sangre se me escapaban a borbotones. No podía hablar. Agonizaba. Ella tampoco dijo nada más. Me besó, dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras, dejándome morir allí, solo, a oscuras y sin haber llegado a conocer siquiera su nombre… El nombre de la mujer amada.

La fiebre deformadora

Aquellos dos jóvenes afiliados a la extrema derecha aún no habían pisado el calabozo, pese a estar detenidos y a la espera de comparecer ante el juez, bajo acusación de secuestro y asesinato. Anoche, retuvieron y torturaron a Onür Retlàh, dueño de la tienda de antigüedades de Özhtig, quien finalmente murió, según informe médico, a causa de las heridas que le infringieron.

Pero tanto los policías como el personal sanitario que presenciaron la muerte han sido confinados a  guardar estricto silencio sobre lo allí sucedido y todos han recibido la baja médica, sin excepción. Seis de esas personas están ingresadas en la institución psiquiátrica adherida a nuestro pequeño hospital de provincia, que es donde yo trabajo.

Mi nombre, Äcila Àcorrahl, doctora especialista de medicina interna. Aunque siempre decimos que nuestra especialidad no es tal, pues es a nosotros a quienes nos envían todos aquellos casos de enfermedades inclasificables y extrañas, como el caso de estos dos pacientes, que ingresaron hoy martes de madrugada.

Llegaron para ser atendidos por heridas de bala, sufridas durante su detención. A las pocas horas, comenzaron a reclamar insistentemente mantas y ropa de abrigo. La temperatura no era fría, sin embargo, afirmaban estar congelándose y tiritaban de forma visible. Les fueron aplicados sendos termómetros digitales, cuyos circuitos electrónicos se fundieron por sobrecarga. De inmediato, fueron trasladados desde cirugía a nuestro servicio.

Recibieron duchas de agua fría que tuvieron un efecto inverso al deseado. Tampoco los fármacos habituales para bajar la fiebre mejoraron su situación. A las pocas horas, ya no podíamos ni tocarles porque estaban demasiado calientes. Quemaban. Nuestros guantes higiénicos se derretían con sólo aproximar las manos. Fue entonces cuando aparecieron los bultomas.

Los tenían en axilas, ingles, y en la horquilla esternal. Las formas eran redondeadas y el color rojizo. En una primera impresión, parecían abultados tumores cutáneos. Pero la sintomatología era demasiado extraña. Ambos individuos los tenían localizados de modo idéntico y la fiebre y la sensación de frío eran desmesuradas. Sus temblores nos obligaron a ponerles la calefacción a la máxima potencia y a traerles agua casi hirviendo, que bebían sin dolor.

Apenas cuatro horas más tarde, los tumores habían crecido hasta unos 25cm de longitud. Los de las axilas y la base del cuello, bajaban hasta la cintura y los de las ingles, casi les alcanzaban las rodillas. Pero lo más impresionante era cómo palpitaban. Tenían vasos sanguíneos bien definidos y, en algunos casos, parecían evocar cierto antropomorfismo.

Bajo las axilas y en las ingles, parecían estar formándose unas pequeñas cabezas, piernas y brazos, aunque deformadas, como los de un embrión o un feto en mal proceso de gestación. Al mismo tiempo, los rostros de aquellos muchachos se desdibujaban paulatinamente, quedando hieráticos e inexpresivos.

Casi desde el principio, ellos habían sido conscientes de que no podríamos curarles. No conocíamos remedio contra aquella fiebre. Pasado el pánico de las primeras horas, sus gritos de dolor fueron rebajándose a gemidos y, al fin, desaparecieron. Los temblores, que habían llegado a parecer a ataques de epilepsia, cesaron también, casi por completo.

Sólo quedaron palpitando aquellos tumores horribles. Creí ver que realizaban incluso movimientos interiores a modo de espasmos, según se volvían más antropomórficos, más parecidos a embriones o fetos deformes.

El calor en la habitación era infernal, y nos obligaba a permanecer apenas un minuto en ella. Finalmente, los jóvenes ya no respiraban. Les cubrimos. Apagamos la bomba de aire caliente y abrimos las ventanas.

Habían llegado los familiares. Padres, madres y hermanos que seguramente no eran responsables del mal rumbo que habían decidido tomar aquellos delincuentes en los últimos años de sus cortas vidas. Las madres, sobre todo, lloraban desoladas al recibir la noticia de la rápida defunción. Por supuesto, omitíamos piadosamente los peores detalles.

Dos policías custodiaban la puerta de acceso a la habitación, dado que ambos pacientes seguían estando detenidos por asesinato. No obstante, no reparamos en que habíamos abierto las ventanas y en que uno de los hermanos, recién llegado, se excusó diciendo de iba al lavabo, casi contiguo.

Tampoco fuimos capaces de observar que aquel alto joven, de apenas 20 años y más de dos metros de estatura, llevaba el pelo muy corto y calzaba botas militares, aunque disimuladas bajo unos pantalones corrientes. Probablemente el gran cuchillo también lo trajo oculto bajo la ropa.

Según sostuvo después la investigación policial, salió por el ventanuco del lavabo y, gateando por la cornisa, llegó a la ventana abierta de la habitación, muy próxima, donde yacían los dos cadáveres.

Yo estaba de espaldas a la puerta, en la sala de espera, junto a mi equipo médico. Conversábamos todavía con el resto de familiares cuando, de repente, la puerta custodiada se abrió de par en par. Nos giramos.

Antes de que pudiesen reaccionar, los dos agentes fueron acuchillados por el joven a la altura del corazón. Acto seguido se dirigió directo hacia mí, sin decir palabra y con los ojos desorbitados por el odio.

Tenía la fuerza de un monstruo. Con una sola mano, me agarró del cuello asfixiándome y me levantó del suelo. La primera puñalada la recibí en una ingle. Luego en la otra. Después en un hombro y en el otro. Aunque mis compañeros y sus propios familiares trataban de detenerle, no podían con él.

Fue uno de los policías, abatido en el suelo, quien logró desenfundar su pistola y dispararle en la cabeza, justo cuando se preparaba para atestarme la puñalada definitiva en la horquilla esternal.

Caí a plomo desangrándome. Un celador fue el único que pudo venir a auxiliarme y avisar a urgencias, porque el resto del personal de planta se tuvo que agolpar para impedir que los familiares, enloquecidos, entraran a tropel en aquella habitación. Tan sólo el doctor Truöhc Nonräh, inmunólogo, que también había ayudado en el caso, entró un instante y, sin detenerse ni a cerrar la puerta, levantó una de las sábanas.

Pese a su dilatada carrera clínica, aquel buen médico no pudo reprimir un grito de horror. Los familiares se alarmaron todavía más, pero no lograron pasar ni ver nada. Sólo yo, entre el tumulto de piernas y antes de que el doctor cerrara la puerta, sí pude ver cómo caía al suelo la cabeza de uno de los muchachos. Desfigurada, amarilla y que ya no estaba unida al resto de su cuerpo, sino a un nuevo pequeño cuerpecito blando, maltrecho y deforme.

La horrible muerte del anticuario

La muerte del anticuario Onür Retlàh es la más horripilante que puedo recordar en mis veinte años de servicio en el cuerpo de policía de Özhtig. Todas las personas que la presenciamos, tuvimos que ser atendidas por crisis nerviosas de diversa consideración… Todos, excepto quienes cantaban los salmos.

La tienda del señor Retlàh sigue aún en el barrio viejo, muy cerca de la entrada principal del inmenso museo abandonado. El agente Dhpolè Regäh y yo misma, la oficial Evhë Relleühq, nos dirigiamos en ronda nocturna a aquella zona, para realizar una inspección del lugar.

La noche era convulsa. Una densa columna de humo negro se había alzado en el ala Oeste del gran edificio del museo, mientras un débil seísmo afectaba a todo barrio y el aire se enrarecía con un desagradable olor a azufre. Los bomberos ya estaban actuando y nuestro cometido era comprobar que no hubiese personas afectadas ni mayores contratiempos en las proximidades.

Ante la fachada principal, habían amontonado un gran número andamios metálicos, pues estaban a punto de iniciar obras de restauración. Junto a los vehículos estacionados de la empresa de construcción, nos sorprendió ver un turismo convencional y varias motocicletas con adhesivos de simbología nazi.

Comprobamos la matrícula del coche. Era de alquiler, llegado desde Leipzig. La identidad facilitada por el conductor a la empresa no constaba en nuestros archivos, podía ser falsa. En cuanto a las motocicletas, pertenecían a cuatro jóvenes vinculados a grupos neonazis, todos ellos con antecedentes. Sus motores aún estaban calientes. habían llegado hacía poco.

Subimos la escalinata y vimos que una de las grandes puertas de acceso estaba abierta. Entramos. En el eco oscuro de las salas vacías, nos pareció oír un débil murmullo lejano de voces masculinas, en una especie de recitación o salmo. Se interrumpió con tres o quizá cuatro golpes secos. Y después continuaron. Pedimos refuerzos por radio y nos adentramos en el museo.

Era fácil avanzar siguiendo el murmullo de voces, que percibíamos cada vez más claramente. Junto a las voces, también comenzamos a escuchar los gritos ahogados de otro individuo. Hubo más golpes secos, sin duda puñetazos, y el posterior impacto de huesos contra el suelo de piedra. Hice al agente Dhpolè un ademán de máxima precaución ante la inminente situación de riesgo. Desenfundamos nuestras armas.

Apagamos nuestra luz al percibir el resplandor trémulo de velas. Los gritos habían cesado, pero los salmos se oían de nuevo, perfectamente. Algunos parecían estar recitados en latín, y otros en säg, la lengua ancestral de nuestra región del Raëg, en desuso, salvo en nuestros nombres propios y apellidos, muy distintos de los comunes en alemán.

Alcanzamos la sala contigua. Nos asomamos por la rendija entreabierta de una enorme puerta de madera y pudimos descubrir un espectáculo espantoso.

Cuatro jóvenes desalmados, de indumentaria neonazi, habían atado a un hombre de mediana edad de manos, pies y cabeza, a cinco argollas clavadas en el suelo. La aterrada víctima tenía todos los miembros extendidos y sujetos firmemente. Además, le habían roto la camisa y el pantalón a la altura de hombros e ingles, donde habían practicado incisiones con cuchillos. Asimismo, sostenía una especie de toscas aletas de pez, confeccionadas con simple papel, a modo de guantes y zapatos.

Junto al prisionero, vimos una estatuilla de madera, de unos 30cm. de altura, ante la que los agresores estaban arrodillados y entonaban sus salmos, mientras mantenían erguidos un par de grandes cuchillos manchados con la sangre de la víctima, que se iban pasando, de unos a otros. Alrededor, multitud de velas iluminaban la tétrica escena.

El cántico se interrumpió abruptamente y dos jóvenes se lanzaron sobre la víctima que gritaba de terror. No nos atrevimos a dar el alto, pero entramos en la sala. Con gran habilidad, le realizaron una serie de marcas a cuchillo alrededor del cuello y al fin, le propinaron algunos puñetazos para hacerle callar. Entonces nos vieron.

Los cuatro verdugos se volvieron contra nosotros con tanta furia que no tuvimos otra opción que abrir fuego, abatiendo a los dos armados e hiriendo a los otros, a quienes todavía nos costó gran esfuerzo inmovilizar. Parecían estar bajo los efectos de alguna droga que les hacía muy violentos.

Liberamos al prisionero, quien se identificó como el anticuario Onür Retlàh. Le ayudamos a limpiar su sangre. No tenía heridas profundas. Eran sólo cortes superficiales alrededor de piernas, brazos y cuello. Por su disposición oblícua, semejaban algo así como los dientes de una sierra.

Llegaron las ambulancias y los refuerzos. Envié a una pareja de agentes a inspeccionar el resto del ala Norte de aquel inmenso edificio y a otra a recorrer todo el perímetro exterior. Los sanitarios atendían ya a los dos heridos de bala, a quienes no se les retiró en ningún caso las esposas. No había peligro por sus vidas y en ese paréntesis pudimos obtener las primeras confesiones.

Los atacantes habían estudiado a la víctima. Sabían que los fines de semana compraba reliquias y que los lunes se quedaba en la tienda, después de cerrar, revisando inventario y limpiando a fondo los nuevos objetos, antes de ponerlos en venta.

Pasadas las diez, aquellos cuatro sujetos, de entre veinte y veinticinco años de edad, golpearon suavemente con los nudillos en la persiana. El señor Retlàh acudió desde la trastienda, encendió la luz y, a través de la reja, les preguntó qué querían. Entonces le mostraron la pequeña estatua de madera. Le dijeron que tenían otras similares en los macutos de las motos, que se las venderían a buen precio…

Pero al llegar a la puerta del museo, le inmovilizaron y le forzaron a entrar. Nadie pasaba por allí a aquellas horas. Tras atravesar varias salas y considerar que el ruido ya no les descubriría, comenzaron el ritual macabro. El anticuario era judío y aquello podía haber sido el móvil para torturarle, pero la precisa complejidad del procedimiento sugería algo distinto.

Esta hipótesis me cobró aún más fuerza cuando yo misma recogí la estatuilla del suelo y, pese a estar heridos y esposados, los dos neonazis se lanzaron contra mí y lograron derribarme. Tuvimos que volverles a reducir para poder inspeccionar la misteriosa figura.

Ni siquiera el anticuario había visto algo parecido antes. Era de madera oscura, probablemente caoba, de unos 30cm de altura, por siete u ocho de ancho y unos cinco de profundidad. Recordaba a las figuras hieráticas del antiguo Egipto o la primitiva Grecia, representando un hombre erguido, de manera bastante tosca y poco realista. Tenía una svástica grabada en el pecho, pero parecía haber sido labrada en fecha reciente, pues acusaba mucho menos desgaste. Al darle la vuelta, pude observar una palanca. Volví a ponerla de cara a mí, y la accioné.

Para nuestro horror, las extremidades de la estatuilla se separaron del tronco, así como la cabeza, cuyo rostro reflejaba ahora una mueca de dolor escalofriante. No cayeron, se mantenían sostenidas por pequeñas piezas extensibles que representaban en cada caso el resto del cuerpo en miniatura. Al accionar otra vez la palanca, la figura recuperó su fisonomía de inicio.

Los detenidos volvían a murmurar en voz baja sus incomprensibles cánticos cuando los dos agentes que habían ido a recorrer el resto de aquella parte del edificio regresaron con unas abultadas carpetas. Las habían encontrado junto al antiguo despacho del director, en una estancia a la que aparentemente se accedía a través de una puerta secreta que ya hallaron forzada. Vaciaron su contenido, eran fotografías.

Tanto yo misma en mi posición de mando, como el resto de agentes, estábamos atónitos. Eran imágenes de fetos, o alguna especie de embriones desconocidos, con una gran cabeza, brazo o pierna, junto a un cuerpo diminuto. Mostré las imágenes al anticuario, que quedó igual de estupefacto, jamás había visto algo así. Las aproximé a los detenidos.

Levantaron la mirada y parecieron sorprenderse gratamente. Su respuesta fue que aquella era la noche de la liberación de ciertos seres primitivos, a quienes ellos entregaban la ofrenda humana. Y regresaron a sus cánticos, entonándolos ahora en voz más alta y grave.

El seísmo volvió a hacerse sentir bajo nuestros pies y parecía fundirse en una única vibración junto con aquella salmodia.  La estancia entera tembló de un modo que hizo estremecer nuestros estómagos. Entonces, la figura de madera, que había quedado momentáneamente abandonada, puesta en pie sobre una de las camillas de los sanitarios, se desplegó sola, separando sus miembros y mostrando aquel rostro horrible.

Y en apenas un segundo, el anticuario Onür Retlàh, sin que nadie le tocara ni pudiésemos hacer nada por ayudarle, se rompió en seis pedazos, justo por donde sus captores habían hecho las marcas a cuchillo. Fue con el mismo chasquido de la madera. También los brazos, piernas, y cabeza de aquel desdichado, saltaron despedidos del tronco y rodaron agitándose por el suelo de la gran sala, inundándola de sangre.

El museo

Nunca llegué a ser padre. Mi bella y amada esposa Äddhe enfermó durante su embarazo de toxemia y, finalmente, de eclampsia, padeciendo graves convulsiones que acabaron de modo súbito con su vida y la del feto. Apenas quedaban tres semanas para cumplir los nueve meses.

En el tanatorio, pude ver ambos cadáveres. El de Äddhe, hinchado a causa de la enfermedad, pero igualmente bien formado y bello. En cambio, el del pequeño que no llegó a nacer, resultaba terriblemente contrahecho. Seguía conservando el aspecto de un embrión. Asexuado, con una cabeza enorme, al igual que los ojos, mientras que sus brazos y piernas resultaban muy pequeños y las manos y los pies ni siquiera habían llegado a formarse, parecían aletas de pez.

Aquella visión me hizo pedazos y tiñe de pesadillas mis sueños. Lo único que la logra sustituir es el propio dolor por la pérdida de mi esposa. Ha transcurrido casi un año y, en este tiempo, sólo mi profesión de arquitecto me había deparado alguna pequeña satisfacción. La principal fue que el proyecto presentado por mi estudio para restaurar el grandioso museo de la ciudad de Özhtig, acabara resultando ganador del concurso público y nos adjudicásemos la obra.

El proyecto me despertaba gran interés por un lazo familiar. Mi bisabuelo, Nàjahr N. Trèbreh, con quien comparto el nombre, había sido el último director de la institución. El cerró las puertas al público a principios de los años ’50, tras subastar las pocas obras de arte que aún se conservaban. Desde entonces, el enorme edificio permanece abandonado y vacío.

Se erigió para rivalizar con el Louvre o El Prado, en una demostración de orgullo y poder por parte de la nobleza local. Tampoco se escatimaron esfuerzos a la hora de reunir su vasta pinacoteca, así como las abundantes esculturas, reliquias y antigüedades que completaron una extraordinaria colección. Pero las dos grandes guerras europeas, en las que fue repetidamente saqueado, y el éxodo de los habitantes de aquella vieja región agrícola hacia la nueva capital industrial, marcaron su rápido declive. Hasta el cierre.

Hoy lunes, entré por primera vez en el museo, para supervisar la recuperación de todos los objetos que permanecieran en los despachos y dependencias administrativas. Hallamos aún mucho mobiliario y documentos de época. Se trasladaron a un almacén y, cuando los operarios se fueron a almorzar, yo me quedé revisando la documentación.

Ante mis ojos, desfilaron un sinfín de facturas, notas internas y correspondencia de altísimo valor, pues había abundantes cartas manuscritas de las máximas autoridades europeas: reyes, príncipes, nobleza, alta burguesía y otros mecenas. Sólo ese material bastaba para organizar una exposición sobre el propio museo, una vez restaurado y abierto de nuevo al público. Pero hubo más, numerosas epístolas de grandes artistas, que aconsejaban las mejores opciones para la conservación y exhibición de sus obras, en algunos casos, aportando incluso dibujos originales.

Tener más de un siglo de la historia de Europa en mis manos, hizo que casi me fastidiara encontrar los planos originales del edificio. Con la resignación de la rutina los desplegué. Recorrí las salas de exposición, divididas en dos pisos de altura y un sótano destinado a almacenes. Había, además, cuatro grandes patios interiores dispuestos en orden simétrico y por último, las dependencias de administración. Precisamente allí. Junto al despacho del director, me extrañó el lavabo, pues era mucho más amplio que el diminuto aseo que había visto hacía unas horas. Se debió reducir tras alguna obra de reforma, pero el minúsculo espacio actual no tenía sentido en un edificio tan majestuoso.

En principio, dejé el asunto de lado, y durante la tarde seguí revisando el resto de cartas y documentos. No obstante, soy de talante obsesivo, así que, tras la cena, decidí tomar mi linterna y dirigirme de nuevo a aquel lavabo, dispuesto a desvelar el misterio de sus verdaderas dimensiones.

Me bastó un golpeo de nudillos para descubrir que su pared del fondo no era de obra, sino una simple madera con baldosines pegados. Golpeé más fuerte, haciendo caer varios de ellos. Retrocedí unos pasos y embestí con el hombro. Aguantó la primera, pero a la segunda, un pestillo oculto saltó y unas bisagras chirriaron. Era una puerta secreta.

De inmediato, tuve que taparme la nariz y la boca a causa del insoportable hedor a productos químicos podridos que emanaba el lugar. Mi linterna alumbró un cuarto muy amplio, que ahora sí correspondía al visto sobre el plano. No había ventanas, las habían cerrado con mampostería. Iluminé un gran fregadero, mucho más largo que un simple lavabo, con varias cubetas amontonadas boca abajo. De las paredes, colgaban dos largas cuerdas paralelas, donde viejas fotos cogidas con pinzas se habían secado durante años, como trapos olvidados en un tendedero.

Una estantería mostraba botellas con químicos diluidos, muchas rotas o sin cerrar. Al fondo, observé un alto aparato metálico, con el logotipo “Rälzthw Özhtig”, mientras que el centro de la estancia lo ocupaba un escritorio. Sobre él, soplé el polvo de una pequeña cámara fotográfica de latón cromado con otra inscripción parecida “Rälzthw IV Özhtig”. Era la marca del fabricante local de cámaras fotográficas, muy reputado. En el techo, todas las lámparas estaban recubiertas por cristal rojo. Aquello era un viejo laboratorio para el revelado de fotografía analógica.

Aproximé la luz a las fotos colgadas y esbocé media sonrisa. Se trataba de desnudos femeninos en poses eróticas de época. Parece que mi bisabuelo tenía sus pequeños vicios secretos y que ése era el porqué a tantas molestias para esconder un inofensivo laboratorio fotográfico. Había resuelto el enigma.

Me dejé caer en la silla polvorienta, tras el escritorio, del que abrí mecánicamente su primer cajón. Albergaba varias carpetas que también contenían fotos y curioseé en una. Pero lo que vi, ya no eran desnudos femeninos, sino algo que me heló la sangre.

Era un feto asexuado, de gran cabeza y ojos, y muy pequeñas extremidades, terminadas en aletas de pez… Lo que había sido mi hijo. Aunque éste resultaba quizá aún más extraño, porque no tenía cordón umbilical. No podía dar crédito. ¿Qué demonios hacía eso allí? ¿Qué significaba?

En el exterior de la capeta leí «Urgestal nº7». Había otras nueve, todas enumeradas y ordenadas, repletas de fotos. Las vacié, una por una y siempre vi los mismos seres amorfos, aunque variando las proporciones entre sus extremidades. Unos tenían una gran cabeza, otros el brazo o la pierna, terminadas siempre en aletas de pez. Algunos tenían ambas piernas minúsculas o, a la inversa, casi no tenían tórax.

El hedor a podrido y aquellas imágenes me hicieron dar vueltas a la cabeza, pensé que me iba a desmayar o a vomitar. Pero algo más fuerte me exigía hallar alguna mínima explicación lógica a aquello. Así que guardé en sus carpetas todas las fotografías y acto seguido abrí el segundo cajón de la mesa. No había nada.

Di un respingo. Se oían pasos. Ruidosos, muy torpes. Nadie sabía que yo estaba allí… Cautelosamente apagué mi linterna. Eran dos hombres, venían discutiendo… Quise cerrar la puerta que había embestido con el hombro, pero estaba encallada y no se movió. Me escondí detrás, justo antes de que entraran:

– ¡Ya lo han descubierto Söbb ¡Te lo dije! ¡No debimos venir!

– ¡Quieres guardar silencio Rémmp! ¡Vas a despertar a las ratas! ¿Acaso no ves encima de esa mesa lo que yo veo? ¿No la ves brillar bajo mi linterna?

– ¡¡Ah!! ¡¡Está aquí!! ¡¡La Rälzthw IV!! ¡¡No se la han llevado!!

– ¡Con su objetivo original Rälzthwar 50mm! Sólo se construyeron dos prototipos…

– ¡Bendita cámara!

– Vamos a ganar mucho dinero cuando la subastemos, los coleccionistas de Europa y Japón se volverán locos…

– Desde luego. Pero dices que aquel maldito Trèbreh tenía las dos… ¿Dónde estará la otra?

No cabía en mi asombro, aquel par de desconocidos miserables habían venido a robar una vieja cámara fotográfica. Mientras rebuscaban en los estantes, abandoné mi escondite y pasé al despacho contiguo, desde donde podía seguir escuchando claramente su conversación.

– Söbb… yo aquí no veo más cámaras… ¿No puede estar en otro lugar del museo?

– ¡En la cripta!

– ¿Qué cripta?

– Fíjate lo que hay en esta caja… un juego de llaves. Con el distintivo «Cripta patio Oeste»

Me escondí en la penumbra del despacho mientras salían con las linternas encendidas y la cámara robada.

– Pero Söbb ¿cómo puedes estar tan seguro? ¿Y si no encontramos la puerta de esa cripta?

– Rémmp, esta noche la fortuna nos sonríe.

Aprovechando el ruido de sus pasos y la luz, bajé tras ellos las escaleras. Descendimos hasta la planta sótano, pero una vez allí, se mostraron desorientados y se dirigieron hacía al Este. Yo sí tomé la dirección correcta. Atravesé grandes salas y corredores desiertos, dándole mil vueltas a la cabeza, aunque sin hacer ruido. Al ver el resplandor de la luna en el patio Oeste, apagué mi linterna y casi tropiezo contra un gran bulto que me barraba el paso. Me costó unos segundos reconocer que era un ciervo hembra. Estaba de espaldas a mí, aunque tan cerca que casi podía tocarle la grupa, cosa que no hice por miedo a que me cocease. Simplemente me quedé inmóvil.

El viento se llevó unas finas nubes que tapaban la luna y pude ver más ciervos en el patio, una pequeña manada. El macho del grupo avanzó, con lo que temí de nuevo ser embestido. Sin embargo, se situó con calma frente a la hembra, a muy pocos metros. No hizo nada más, ni emitió sonidos, ni coceó el suelo. De inmediato, ella levantó la cabeza y se giró hacia mí. Me miró sin espantarse y acto seguido se marcharon, seguidos por todo el grupo.

Tras su huída, pude ver qué olisqueaba el animal. Había una puerta de madera en el suelo, similar a la de una alcantarilla. Traté de abrirla, mas efectivamente estaba cerrada con llave y no podía forzarla, así que me senté a esperar en la penumbra. El cansancio y los pensamientos convulsos me asaltaron y sé que di varias cabezadas nerviosas, pobladas de pesadillas. En esta ocasión, no obstante, fueron sueños olvidados de mi niñez, que me habían ocupado noche tras noche, durante mis primeros años vida.

Una angosta escalera de piedra, resbaladiza, poblada por musgos y líquenes, con una barandilla tan podrida, que se rompe apenas tocarla. Yo descendía, pero al llegar abajo, me despertaba sudoroso, aterrado, llamando a gritos a mi madre… sin llegar nunca a ver qué había allí. Ella, ante mi angustia, me preguntaba, «¿qué soñaste?». Pero yo no tenía respuesta, salvo que se quedara conmigo y dejara la luz de la mesita encendida, hasta que me volviera a dormir.

Los conocidos pasos de Söbb y Rémmp me devolvieron al presente. Recorrieron el patio con sus linternas, casi palmo a palmo, hasta dar con la puerta disimulada en el suelo. Pese a los años de desuso, la cerradura aún funcionaba, y al cabo de un par de intentos, lograron correr los pestillos. Tras levantar la compuerta, comenzaron a descender, desapareciendo de mi vista.

Avancé entonces hasta aquella abertura en el suelo y apenas asomarme, la pesadilla infantil regresó. Era la misma vieja escalera tantas veces soñada, que ahora aparecía ante mí, en el mundo real. Un miedo antiguo y profundo me detuvo, sudé e incluso estuve a punto de gritar, pero en un instante de lucidez, vi algo distinto. No había musgo, apenas viejos rastros amarillentos, ni olor a humedad, sino que subía aire caliente. Llené con él mis pulmones, diciéndome que todo era fantasía. Con máximo sigilo, bajé los primeros peldaños, mientras la voz de los ladrones, que ya habían hallado su botín, me ayudaba a tranquilizarme.

– ¡La segunda cámara está aquí, Söbb! ¡La tengo!

– ¡Bravo Rémmp! ¡Te dije que era nuestra noche!

Me quedé a media escalera. La cripta era algo inaudito. Un cilindro perfecto, de cinco metros de diámetro, y longitud ante mí de más de cincuenta, no la pude precisar; aunque sí que describía una suave curva en arco. Pero lo más increíble eran sus paredes, lisas, pulidas como sólo se podrían conseguir inyectando hormigón en un molde. Sin embargo, aquello era roca o mineral de oscuro color color azul grisáceo. Habían dispuesto un lugar de trabajo, colocando una tarima de madera sobre el suelo curvo y un escritorio.

Los ladrones avanzaban hacia el fondo de la cripta y, con su luz, vi que allí la fisonomía cambiaba progresivamente. El cilindro perfecto se recubría de roca irregular, pero de formas suaves. Me dio la impresión de ser lava enfriada.

– ¡Qué lugar tan extraño! ¿Viste lo que hay aquí, Söbb?

La parte final de la gruta estaba plagada de estalactitas y estalagmitas, que se unían formando columnas y cerrando casi por completo el cilindro. Justo en el centro de cada columna, había óvalos que parecían ser de vidrio. Tendrían unos 50cm de altura, y 25cm de diámetro en su parte más gruesa. Con gran sigilo, bajé hasta el fin de la tarima de madera.

– Esto parece que burbujea… y tiene luz

– Apaga la linterna Rémmp.

Nos quedamos a oscuras. Yo también escuché el burbujeo y vi parpadear tenues luces naranjas. El pánico me atenazó entonces todos los nervios. Me quedé mudo y petrificado. Aquello era lo que no lograba recordar de niño, tras despertar de mis pesadillas.

– ¡Dios Rémmp! ¡Qué susto! ¡Mira esto! ¡Es una pata de algún bicho raro! ¿Estará en formol…? ¡Pero espera, hay un cuerpecito junto a la pata!

– ¡Y aquí hay una cabeza enorme! ¡Mira qué ojos! ¡Parece que me miren!

– ¡Jamás vi bichos tan feos! ¿Se podrán vender?

– No creo. ¿Cómo los ibas a sacar de aquí?

Söbb cogió un gran pedrusco del suelo.

– ¿Pero qué haces Söbb? ¿Estás loco?

– Conozco un cazador al que le encanta disecar bichos raros. Seguro que me pagará bien por uno de estos…

– No, espera…

– ¿Esperar? ¿Acaso se te ha olvidado que es nuestra noche de suerte?

Rompió el vidrio. Se derramó un líquido naranja incandescente, muy denso y con fuerte olor a azufre. De inmediato, se hizo audible un creciente zumbido. Todos los demás óvalos se iluminaron, con una intensidad cada vez más cegadora, hasta estallar desde dentro.

Yo estaba escondido y agazapado, pero lo ladrones no, y así recibieron toda la metralla del vidrio de roca. Rémmp falleció en el acto, ya que un gran fragmento le cortó el cuello, decapitándole. Söbb quedó con múltiples heridas, y se desangraba en el suelo. Me acerqué hasta él.

– ¡Ayuda! – me suplicó, ofreciéndome las dos viejas cámaras fotográficas, como pago.

El aire se había enrarecido, se hizo denso. Temblaba toda la cripta y un ruido terrorífico de avalancha llegaba a mi espalda. Sonaba muy lejano, pero parecía estar aproximándose.

Söbb quiso llevarse la mano a una herida en su estómago, pero lo hizo alargando tanto el brazo que casi salió por completo de la manga, dejando la tela flácida donde ya no había unión con el hombro. La ropa se ensangrentó aún más. Su cuello también perdió fuerzas y la cabeza rodó hacia un lado, como la de un bebé de pocos meses, incapaz de sostenerla. Me pareció ver que su segundo brazo, también se desprendía.

– ¡Ayúdame! – Me pareció volver a escuchar.

Los temblores sísmicos aumentaban y la gruta ya se estremecía de manera insoportable. No sabía exactamente qué era, pero un cataclismo iba a suceder en cuestión de segundos. Söbb expiraba. Me incorporé y corrí hacia a la escalera. Al alcanzar la barandilla, el calor ya era abrasador y en el último peldaño, una luz cegadora entró en el túnel. Ya estaba en el exterior cuando volví la mirada atrás por última vez. No pude creer lo que veía. Era un río de lava.

Todo el patio del museo temblaba. Pese a su sólida construcción, amenazaba con ceder y derrumbarse. Me di cuenta de que no sabía adónde dirigirme cuando, en la penumbra, volví a ver cruzar dos ciervos, que huían del mismo modo en que quería hacerlo yo. Me dispuse a seguirlos, pero algo se aferró con fuerza a mi zapato y los bajos del pantalón.

Miré hacia abajo y no di crédito. Era el brazo de Söbb, unido a un diminuto nuevo cuerpo, cubierto de coágulos de sangre. Lo más increíble es que traía las dos cámaras, cogidas de la correa. Di unos pasos atrás, pero me las lanzó, casi a la cara, obligándome a tomarlas, y luego dejó alzada aquella gran mano, en clara señal de súplica. De nuevo, me daba su botín como pago para que le sacase de allí.

Entonces, el suelo se abrió entre ambos, mostrando a nuestros pies el interior de la cripta, ya completamente inundado por la lava, que giraba y se enroscaba formado un profundo vórtice vertical. En él, flotaban aquella especie de fetos deformes, junto a los pedazos de Söbb y el cadáver de Rémmp.

Una segunda sacudida me hizo caer de espaldas, hacia tierra firme y creí ver el brazo de Söbb precipitarse sin remedio al infierno subterráneo. Tenía apenas segundos para escapar. Reuní mis fuerzas. No reparé en que llevaba cogidas las dos viejas cámaras por la correa. Las habría dejado allí, sólo las arrastré de forma involuntaria

Pero un profundo y agudo chillido de odio sonó tras de mí, haciéndome volver de nuevo la vista. De algún modo inverosímil, aquel brazo maldito, emergió otra vez desde el infierno. Se lanzó a mi cuello y su mano, transformada en aleta de pez, me oprimió la garganta con una fuerza tan demoníaca, que logró arrastrarme con él, en su caída sin fin por el ojo incandescente del vórtice de lava.