El museo

Nunca llegué a ser padre. Mi bella y amada esposa Äddhe enfermó durante su embarazo de toxemia y, finalmente, de eclampsia, padeciendo graves convulsiones que acabaron de modo súbito con su vida y la del feto. Apenas quedaban tres semanas para cumplir los nueve meses.

En el tanatorio, pude ver ambos cadáveres. El de Äddhe, hinchado a causa de la enfermedad, pero igualmente bien formado y bello. En cambio, el del pequeño que no llegó a nacer, resultaba terriblemente contrahecho. Seguía conservando el aspecto de un embrión. Asexuado, con una cabeza enorme, al igual que los ojos, mientras que sus brazos y piernas resultaban muy pequeños y las manos y los pies ni siquiera habían llegado a formarse, parecían aletas de pez.

Aquella visión me hizo pedazos y tiñe de pesadillas mis sueños. Lo único que la logra sustituir es el propio dolor por la pérdida de mi esposa. Ha transcurrido casi un año y, en este tiempo, sólo mi profesión de arquitecto me había deparado alguna pequeña satisfacción. La principal fue que el proyecto presentado por mi estudio para restaurar el grandioso museo de la ciudad de Özhtig, acabara resultando ganador del concurso público y nos adjudicásemos la obra.

El proyecto me despertaba gran interés por un lazo familiar. Mi bisabuelo, Nàjahr N. Trèbreh, con quien comparto el nombre, había sido el último director de la institución. El cerró las puertas al público a principios de los años ’50, tras subastar las pocas obras de arte que aún se conservaban. Desde entonces, el enorme edificio permanece abandonado y vacío.

Se erigió para rivalizar con el Louvre o El Prado, en una demostración de orgullo y poder por parte de la nobleza local. Tampoco se escatimaron esfuerzos a la hora de reunir su vasta pinacoteca, así como las abundantes esculturas, reliquias y antigüedades que completaron una extraordinaria colección. Pero las dos grandes guerras europeas, en las que fue repetidamente saqueado, y el éxodo de los habitantes de aquella vieja región agrícola hacia la nueva capital industrial, marcaron su rápido declive. Hasta el cierre.

Hoy lunes, entré por primera vez en el museo, para supervisar la recuperación de todos los objetos que permanecieran en los despachos y dependencias administrativas. Hallamos aún mucho mobiliario y documentos de época. Se trasladaron a un almacén y, cuando los operarios se fueron a almorzar, yo me quedé revisando la documentación.

Ante mis ojos, desfilaron un sinfín de facturas, notas internas y correspondencia de altísimo valor, pues había abundantes cartas manuscritas de las máximas autoridades europeas: reyes, príncipes, nobleza, alta burguesía y otros mecenas. Sólo ese material bastaba para organizar una exposición sobre el propio museo, una vez restaurado y abierto de nuevo al público. Pero hubo más, numerosas epístolas de grandes artistas, que aconsejaban las mejores opciones para la conservación y exhibición de sus obras, en algunos casos, aportando incluso dibujos originales.

Tener más de un siglo de la historia de Europa en mis manos, hizo que casi me fastidiara encontrar los planos originales del edificio. Con la resignación de la rutina los desplegué. Recorrí las salas de exposición, divididas en dos pisos de altura y un sótano destinado a almacenes. Había, además, cuatro grandes patios interiores dispuestos en orden simétrico y por último, las dependencias de administración. Precisamente allí. Junto al despacho del director, me extrañó el lavabo, pues era mucho más amplio que el diminuto aseo que había visto hacía unas horas. Se debió reducir tras alguna obra de reforma, pero el minúsculo espacio actual no tenía sentido en un edificio tan majestuoso.

En principio, dejé el asunto de lado, y durante la tarde seguí revisando el resto de cartas y documentos. No obstante, soy de talante obsesivo, así que, tras la cena, decidí tomar mi linterna y dirigirme de nuevo a aquel lavabo, dispuesto a desvelar el misterio de sus verdaderas dimensiones.

Me bastó un golpeo de nudillos para descubrir que su pared del fondo no era de obra, sino una simple madera con baldosines pegados. Golpeé más fuerte, haciendo caer varios de ellos. Retrocedí unos pasos y embestí con el hombro. Aguantó la primera, pero a la segunda, un pestillo oculto saltó y unas bisagras chirriaron. Era una puerta secreta.

De inmediato, tuve que taparme la nariz y la boca a causa del insoportable hedor a productos químicos podridos que emanaba el lugar. Mi linterna alumbró un cuarto muy amplio, que ahora sí correspondía al visto sobre el plano. No había ventanas, las habían cerrado con mampostería. Iluminé un gran fregadero, mucho más largo que un simple lavabo, con varias cubetas amontonadas boca abajo. De las paredes, colgaban dos largas cuerdas paralelas, donde viejas fotos cogidas con pinzas se habían secado durante años, como trapos olvidados en un tendedero.

Una estantería mostraba botellas con químicos diluidos, muchas rotas o sin cerrar. Al fondo, observé un alto aparato metálico, con el logotipo “Rälzthw Özhtig”, mientras que el centro de la estancia lo ocupaba un escritorio. Sobre él, soplé el polvo de una pequeña cámara fotográfica de latón cromado con otra inscripción parecida “Rälzthw IV Özhtig”. Era la marca del fabricante local de cámaras fotográficas, muy reputado. En el techo, todas las lámparas estaban recubiertas por cristal rojo. Aquello era un viejo laboratorio para el revelado de fotografía analógica.

Aproximé la luz a las fotos colgadas y esbocé media sonrisa. Se trataba de desnudos femeninos en poses eróticas de época. Parece que mi bisabuelo tenía sus pequeños vicios secretos y que ése era el porqué a tantas molestias para esconder un inofensivo laboratorio fotográfico. Había resuelto el enigma.

Me dejé caer en la silla polvorienta, tras el escritorio, del que abrí mecánicamente su primer cajón. Albergaba varias carpetas que también contenían fotos y curioseé en una. Pero lo que vi, ya no eran desnudos femeninos, sino algo que me heló la sangre.

Era un feto asexuado, de gran cabeza y ojos, y muy pequeñas extremidades, terminadas en aletas de pez… Lo que había sido mi hijo. Aunque éste resultaba quizá aún más extraño, porque no tenía cordón umbilical. No podía dar crédito. ¿Qué demonios hacía eso allí? ¿Qué significaba?

En el exterior de la capeta leí «Urgestal nº7». Había otras nueve, todas enumeradas y ordenadas, repletas de fotos. Las vacié, una por una y siempre vi los mismos seres amorfos, aunque variando las proporciones entre sus extremidades. Unos tenían una gran cabeza, otros el brazo o la pierna, terminadas siempre en aletas de pez. Algunos tenían ambas piernas minúsculas o, a la inversa, casi no tenían tórax.

El hedor a podrido y aquellas imágenes me hicieron dar vueltas a la cabeza, pensé que me iba a desmayar o a vomitar. Pero algo más fuerte me exigía hallar alguna mínima explicación lógica a aquello. Así que guardé en sus carpetas todas las fotografías y acto seguido abrí el segundo cajón de la mesa. No había nada.

Di un respingo. Se oían pasos. Ruidosos, muy torpes. Nadie sabía que yo estaba allí… Cautelosamente apagué mi linterna. Eran dos hombres, venían discutiendo… Quise cerrar la puerta que había embestido con el hombro, pero estaba encallada y no se movió. Me escondí detrás, justo antes de que entraran:

– ¡Ya lo han descubierto Söbb ¡Te lo dije! ¡No debimos venir!

– ¡Quieres guardar silencio Rémmp! ¡Vas a despertar a las ratas! ¿Acaso no ves encima de esa mesa lo que yo veo? ¿No la ves brillar bajo mi linterna?

– ¡¡Ah!! ¡¡Está aquí!! ¡¡La Rälzthw IV!! ¡¡No se la han llevado!!

– ¡Con su objetivo original Rälzthwar 50mm! Sólo se construyeron dos prototipos…

– ¡Bendita cámara!

– Vamos a ganar mucho dinero cuando la subastemos, los coleccionistas de Europa y Japón se volverán locos…

– Desde luego. Pero dices que aquel maldito Trèbreh tenía las dos… ¿Dónde estará la otra?

No cabía en mi asombro, aquel par de desconocidos miserables habían venido a robar una vieja cámara fotográfica. Mientras rebuscaban en los estantes, abandoné mi escondite y pasé al despacho contiguo, desde donde podía seguir escuchando claramente su conversación.

– Söbb… yo aquí no veo más cámaras… ¿No puede estar en otro lugar del museo?

– ¡En la cripta!

– ¿Qué cripta?

– Fíjate lo que hay en esta caja… un juego de llaves. Con el distintivo «Cripta patio Oeste»

Me escondí en la penumbra del despacho mientras salían con las linternas encendidas y la cámara robada.

– Pero Söbb ¿cómo puedes estar tan seguro? ¿Y si no encontramos la puerta de esa cripta?

– Rémmp, esta noche la fortuna nos sonríe.

Aprovechando el ruido de sus pasos y la luz, bajé tras ellos las escaleras. Descendimos hasta la planta sótano, pero una vez allí, se mostraron desorientados y se dirigieron hacía al Este. Yo sí tomé la dirección correcta. Atravesé grandes salas y corredores desiertos, dándole mil vueltas a la cabeza, aunque sin hacer ruido. Al ver el resplandor de la luna en el patio Oeste, apagué mi linterna y casi tropiezo contra un gran bulto que me barraba el paso. Me costó unos segundos reconocer que era un ciervo hembra. Estaba de espaldas a mí, aunque tan cerca que casi podía tocarle la grupa, cosa que no hice por miedo a que me cocease. Simplemente me quedé inmóvil.

El viento se llevó unas finas nubes que tapaban la luna y pude ver más ciervos en el patio, una pequeña manada. El macho del grupo avanzó, con lo que temí de nuevo ser embestido. Sin embargo, se situó con calma frente a la hembra, a muy pocos metros. No hizo nada más, ni emitió sonidos, ni coceó el suelo. De inmediato, ella levantó la cabeza y se giró hacia mí. Me miró sin espantarse y acto seguido se marcharon, seguidos por todo el grupo.

Tras su huída, pude ver qué olisqueaba el animal. Había una puerta de madera en el suelo, similar a la de una alcantarilla. Traté de abrirla, mas efectivamente estaba cerrada con llave y no podía forzarla, así que me senté a esperar en la penumbra. El cansancio y los pensamientos convulsos me asaltaron y sé que di varias cabezadas nerviosas, pobladas de pesadillas. En esta ocasión, no obstante, fueron sueños olvidados de mi niñez, que me habían ocupado noche tras noche, durante mis primeros años vida.

Una angosta escalera de piedra, resbaladiza, poblada por musgos y líquenes, con una barandilla tan podrida, que se rompe apenas tocarla. Yo descendía, pero al llegar abajo, me despertaba sudoroso, aterrado, llamando a gritos a mi madre… sin llegar nunca a ver qué había allí. Ella, ante mi angustia, me preguntaba, «¿qué soñaste?». Pero yo no tenía respuesta, salvo que se quedara conmigo y dejara la luz de la mesita encendida, hasta que me volviera a dormir.

Los conocidos pasos de Söbb y Rémmp me devolvieron al presente. Recorrieron el patio con sus linternas, casi palmo a palmo, hasta dar con la puerta disimulada en el suelo. Pese a los años de desuso, la cerradura aún funcionaba, y al cabo de un par de intentos, lograron correr los pestillos. Tras levantar la compuerta, comenzaron a descender, desapareciendo de mi vista.

Avancé entonces hasta aquella abertura en el suelo y apenas asomarme, la pesadilla infantil regresó. Era la misma vieja escalera tantas veces soñada, que ahora aparecía ante mí, en el mundo real. Un miedo antiguo y profundo me detuvo, sudé e incluso estuve a punto de gritar, pero en un instante de lucidez, vi algo distinto. No había musgo, apenas viejos rastros amarillentos, ni olor a humedad, sino que subía aire caliente. Llené con él mis pulmones, diciéndome que todo era fantasía. Con máximo sigilo, bajé los primeros peldaños, mientras la voz de los ladrones, que ya habían hallado su botín, me ayudaba a tranquilizarme.

– ¡La segunda cámara está aquí, Söbb! ¡La tengo!

– ¡Bravo Rémmp! ¡Te dije que era nuestra noche!

Me quedé a media escalera. La cripta era algo inaudito. Un cilindro perfecto, de cinco metros de diámetro, y longitud ante mí de más de cincuenta, no la pude precisar; aunque sí que describía una suave curva en arco. Pero lo más increíble eran sus paredes, lisas, pulidas como sólo se podrían conseguir inyectando hormigón en un molde. Sin embargo, aquello era roca o mineral de oscuro color color azul grisáceo. Habían dispuesto un lugar de trabajo, colocando una tarima de madera sobre el suelo curvo y un escritorio.

Los ladrones avanzaban hacia el fondo de la cripta y, con su luz, vi que allí la fisonomía cambiaba progresivamente. El cilindro perfecto se recubría de roca irregular, pero de formas suaves. Me dio la impresión de ser lava enfriada.

– ¡Qué lugar tan extraño! ¿Viste lo que hay aquí, Söbb?

La parte final de la gruta estaba plagada de estalactitas y estalagmitas, que se unían formando columnas y cerrando casi por completo el cilindro. Justo en el centro de cada columna, había óvalos que parecían ser de vidrio. Tendrían unos 50cm de altura, y 25cm de diámetro en su parte más gruesa. Con gran sigilo, bajé hasta el fin de la tarima de madera.

– Esto parece que burbujea… y tiene luz

– Apaga la linterna Rémmp.

Nos quedamos a oscuras. Yo también escuché el burbujeo y vi parpadear tenues luces naranjas. El pánico me atenazó entonces todos los nervios. Me quedé mudo y petrificado. Aquello era lo que no lograba recordar de niño, tras despertar de mis pesadillas.

– ¡Dios Rémmp! ¡Qué susto! ¡Mira esto! ¡Es una pata de algún bicho raro! ¿Estará en formol…? ¡Pero espera, hay un cuerpecito junto a la pata!

– ¡Y aquí hay una cabeza enorme! ¡Mira qué ojos! ¡Parece que me miren!

– ¡Jamás vi bichos tan feos! ¿Se podrán vender?

– No creo. ¿Cómo los ibas a sacar de aquí?

Söbb cogió un gran pedrusco del suelo.

– ¿Pero qué haces Söbb? ¿Estás loco?

– Conozco un cazador al que le encanta disecar bichos raros. Seguro que me pagará bien por uno de estos…

– No, espera…

– ¿Esperar? ¿Acaso se te ha olvidado que es nuestra noche de suerte?

Rompió el vidrio. Se derramó un líquido naranja incandescente, muy denso y con fuerte olor a azufre. De inmediato, se hizo audible un creciente zumbido. Todos los demás óvalos se iluminaron, con una intensidad cada vez más cegadora, hasta estallar desde dentro.

Yo estaba escondido y agazapado, pero lo ladrones no, y así recibieron toda la metralla del vidrio de roca. Rémmp falleció en el acto, ya que un gran fragmento le cortó el cuello, decapitándole. Söbb quedó con múltiples heridas, y se desangraba en el suelo. Me acerqué hasta él.

– ¡Ayuda! – me suplicó, ofreciéndome las dos viejas cámaras fotográficas, como pago.

El aire se había enrarecido, se hizo denso. Temblaba toda la cripta y un ruido terrorífico de avalancha llegaba a mi espalda. Sonaba muy lejano, pero parecía estar aproximándose.

Söbb quiso llevarse la mano a una herida en su estómago, pero lo hizo alargando tanto el brazo que casi salió por completo de la manga, dejando la tela flácida donde ya no había unión con el hombro. La ropa se ensangrentó aún más. Su cuello también perdió fuerzas y la cabeza rodó hacia un lado, como la de un bebé de pocos meses, incapaz de sostenerla. Me pareció ver que su segundo brazo, también se desprendía.

– ¡Ayúdame! – Me pareció volver a escuchar.

Los temblores sísmicos aumentaban y la gruta ya se estremecía de manera insoportable. No sabía exactamente qué era, pero un cataclismo iba a suceder en cuestión de segundos. Söbb expiraba. Me incorporé y corrí hacia a la escalera. Al alcanzar la barandilla, el calor ya era abrasador y en el último peldaño, una luz cegadora entró en el túnel. Ya estaba en el exterior cuando volví la mirada atrás por última vez. No pude creer lo que veía. Era un río de lava.

Todo el patio del museo temblaba. Pese a su sólida construcción, amenazaba con ceder y derrumbarse. Me di cuenta de que no sabía adónde dirigirme cuando, en la penumbra, volví a ver cruzar dos ciervos, que huían del mismo modo en que quería hacerlo yo. Me dispuse a seguirlos, pero algo se aferró con fuerza a mi zapato y los bajos del pantalón.

Miré hacia abajo y no di crédito. Era el brazo de Söbb, unido a un diminuto nuevo cuerpo, cubierto de coágulos de sangre. Lo más increíble es que traía las dos cámaras, cogidas de la correa. Di unos pasos atrás, pero me las lanzó, casi a la cara, obligándome a tomarlas, y luego dejó alzada aquella gran mano, en clara señal de súplica. De nuevo, me daba su botín como pago para que le sacase de allí.

Entonces, el suelo se abrió entre ambos, mostrando a nuestros pies el interior de la cripta, ya completamente inundado por la lava, que giraba y se enroscaba formado un profundo vórtice vertical. En él, flotaban aquella especie de fetos deformes, junto a los pedazos de Söbb y el cadáver de Rémmp.

Una segunda sacudida me hizo caer de espaldas, hacia tierra firme y creí ver el brazo de Söbb precipitarse sin remedio al infierno subterráneo. Tenía apenas segundos para escapar. Reuní mis fuerzas. No reparé en que llevaba cogidas las dos viejas cámaras por la correa. Las habría dejado allí, sólo las arrastré de forma involuntaria

Pero un profundo y agudo chillido de odio sonó tras de mí, haciéndome volver de nuevo la vista. De algún modo inverosímil, aquel brazo maldito, emergió otra vez desde el infierno. Se lanzó a mi cuello y su mano, transformada en aleta de pez, me oprimió la garganta con una fuerza tan demoníaca, que logró arrastrarme con él, en su caída sin fin por el ojo incandescente del vórtice de lava.

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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