Me quitas las ilusiones

Cuando la vi por primera vez, ya hacía al menos un año que soñaba con ella. Tenía la misma voz siseante, la misma sonrisa con dos hoyuelos en las mejillas, los mismos ojos marrones y el mismo pelo negro rizado. Éramos aún casi niños, justo iniciábamos los estudios de secundaria. En mi ingenuidad, me sorprendió que ella no me reconociera a mí, como yo sí había hecho. No sabía hasta qué punto íbamos a crecer distintos.

Poco tardamos en cruzar miradas de complicidad. Teníamos las mismas aficiones, nos gustaban la misma música y películas, la misma clase de ropa… La conversación entre nosotros fluía tan fácil, que hubiéramos sido amigos hasta sin quererlo. Yo la adoraba, era la encarnación de mis visiones. Pero mi enorme timidez me impidió pedirle siquiera salir juntos. Ella nunca pudo perdonar aquella cobardía y su espontáneo amor se vio teñido por la primera mancha del reproche.

Finalizamos nuestros estudios y fuimos a la universidad, donde cursamos carreras dispares. Yo filología, especializándome en lenguas muertas. Ella económicas, su carácter pragmático ya no iba a dejar de crecer. Seguíamos viéndonos regularmente y, ya finalizados los estudios, me dijo que se se iba de aupair al extranjero.

Pasaron varios años sin noticias. Al fin, tuve que aceptar lo inevitable. Debía tener una relación, quizá hijos… y quizá nunca volviese a verla. ¿Qué iba a hacer? ¿Pasarme la vida enamorado de un recuerdo? Reuní mi fuerza de voluntad y durante muchos meses me esforcé en olvidarla. Un día, quise visualizar su rostro y ya no pude. No lograba recuperarlo en mi memoria. Me felicité a mí mismo, considerando que era el fin de un trabajo bien hecho.

Entonces me sobrevino una terrible tortícolis. Mi cabeza quedó totalmente girada hacia un lado, siendo incapaz de devolver el cuello a su posición normal. Tuve que ingresar de urgencias, donde por fuerza bruta y con un dolor espantoso me enderezaron. Me pincharon un calmante y me recetaron unas pastillas. Soy extremadamente delgado, y aquel fármaco era de acción muy poderosa por lo que, a la segunda toma, caí en un sueño formidable, lleno de luces de colores, en una placidez y bienestar absolutos. Entonces volví a ver su rostro, que me sonreía, y supe que ella no me había olvidado. Al despertar, la tortícolis desapareció.

Sabía que iba a volver a verla. Estaba completamente seguro y no me importaba el tiempo que tardase, porque ya nada me haría dudar. Dejé mi mísera vida de novelista sin éxito y me busqué un trabajo. No era gran cosa, administrativo en la fábrica Rälzthw, pero al menos me permitía tener autonomía económica y no depender ya de ayudas familiares. Comencé a hacer deporte a diario, natación y travesías montañeras por la cercana sierra de Ehweöl. Hice todo lo que creí que ella valoraba, impulsado por la certeza plena en que iba a volver a mi vida.

Pasaron de nuevo algunos años, pero no me importó. Cada mañana me levantaba pensando, queda un día menos para volver a verla. Llegaron las redes sociales y, un buen día, apareció por Facebook. Estaba más cerca.

Fue cruzando Rhlgnähwtrhf Avenue, la arteria principal de Özhtig. Nos vimos a lo lejos, cada uno a un lado del semáforo rojo. Sonreímos. Al cambiar a verde, casi echamos a correr, nos abrazamos, nos besamos… cambió, y los coches pitaban porque nosotros dudábamos hacia qué acera retroceder. Ella vivía de nuevo en la ciudad, incluso en el mismo barrio. Quedamos en vernos al día siguiente.

Aún después de los años, la conversación fluía tan fácil que nos cerraron el bar. Las sillas ya estaban sobre las mesas con las patas hacia arriba, olía a lejía y nosotros seguíamos… La relación de inmediato se estrechó, nos vimos con asiduidad… Volver a estar así, era ver cumplidos mi confianza, mi certeza y mi sueño más profundos. Nunca he sido tan feliz.

Pero llegaron los problemas. Ella era ejecutiva de una multinacional, viajaba por todo el mundo, y yo un simple administrativo de una fábrica. A sus ojos, un perdedor y un gandul. Querría haberme visto aspirando a algo mejor, pero yo nunca tuve interés en ver realizada mi vida a través del trabajo. Siempre había sido un bohemio volcado hacia el arte. Aquello nos separó de nuevo e hizo emerger mi antigua timidez, que creía haber superado. Torpemente, traté de explicarle de qué forma ella siempre había estado presente para mí, pero me reprochó severa que no la idolatrase.

Por contra, tenía una curiosa concepción esotérica del mundo. No creía en la fuerza de un sentimiento sencillo pero, en cambio, me hablaba de supuestas cosas ultraterrenas que yo no veo que existan o que al menos no puedo comprender. Me pareció honesto decirle lo que pensaba.

– Me quitas las ilusiones – volvió a censurarme.

Al fin, se enfadó tanto, que se marchó y no quiso saber más de mí. Con ella, la vida me abandonó. Primero quedé postrado en una silla, sin que los médicos hallasen un motivo biodinámico, ni un remedio eficaz contra el dolor que me paralizaba. Sólo la tenacidad del equipo de fisioterapeutas me fue recuperando. Pero al poco, comenzaron los dolores en el esternón. Yo no quería vivir. Sabía que mi infarto estaba cada vez más cerca y que no habría una tercera oportunidad para su regreso. No tuve miedo.

Y así una noche, nos volví a ver, a ambos, cruzando aquel semáforo. Mi Beatrice venía a guiarme por lo desconocido y yo corrí a sus brazos, llamándola con la voz del poeta:

– ¡Licht mehr licht!

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Saldar cuentas con mi peor enemiga

Cuando me dijeron que mi marido se había arruinado, apenas podía creerlo. Mi nombre es Ähiràm Sâllahc y pertenezco a una de las familias más antiguas de Özhtig, aunque ya sin el esplendor de otros tiempos. Él, a la inversa, era heredero de una joven fortuna, y casarse conmigo le sirvió para entrar en círculos sociales a los que de ningún otro modo hubiese tenido acceso.

No obstante, allí se encontró con la horma de su zapato. Llegó pensando en hacer negocio y extraer beneficio de otros, pero fueron los otros quienes menguaron su capital hasta la bancarrota. Meses antes del fin, comenzó a beber sin control y se hizo adicto a la cocaína. Intenté ayudarle a recuperarse, pero no tuve éxito. Cada vez iba a peor, y antes de verme arrastrada al mismo foso que él, cogí a mis dos hijas, nuestras cosas, y nos fuimos.

Apenas tenía dinero para pasar tres meses, teniendo en cuenta que las niñas estaban en edad escolar y yo tenía que asumir también los gastos de su educación. Desesperada, busqué quien me diera trabajo, y me lo ofreció Ätahnr Ïhdlàbht, una mujer que creí mera conocida de mi esposo, y con la que yo había entablado cierta amistad apenas los últimos meses.

Ätahnr trabajaba como comercial en la empresa Rälzthw de cámaras fotográficas, que tiene su fábrica ya casi centenaria en el barrio viejo de Özhtig. Pensé que me iba a ofrecer un trabajo en condiciones similares, pues yo a ella jamás le hice un desprecio pese a nuestra muy diferente clase social. Sin embargo, me ofreció un puesto de limpieza. No pude decir que no, no tenía otra cosa, estaba desesperada y necesitaba el dinero, por poco que fuera.

Soporté dos eternos años, sólo por mis hijas. Durante aquel tiempo, Ätahnr se dedicó sistemáticamente a humillarme, exigiéndome retirar la taza de café sucia de encima de su escritorio, cuando no lo derramaba por el suelo para que yo lo fregase, o censurando si había suficiente papel higiénico de repuesto en el inodoro de la planta.

Respecto a la fábrica, qué decir, Todavía no sé exactamente a qué se dedican allí. Desde luego, no a vender cámaras. Ella era la única comercial de la casa y no hacía absolutamente nada. Se pasaba el día encerrada en el despacho, escribiendo sandeces en redes sociales, llamando al peluquero o directamente buscando consorte, porque a sus cuarenta y dos años, seguía soltera y aparentaba, al menos, el doble de esa edad.

Quizá debido a un exceso de rayos uva, su cutis estaba terriblemente ajado. No sólo tenía surcos, sino la piel escamada, e incluso padecía cierta rigidez facial, que le daba un aire inexpresivo. Hacía lo posible por ocultar su escaso pelo con extensiones, pero en breve, iba a necesitar más bien toda una peluca. Ya no tenía cejas, ni pestañas, pese a que sus ojos eran cada vez más redondos y saltones. También sus uñas eran horribles, gruesas, encorvadas… las cortaba al rape y mantenía ocultas bajo otras postizas de porcelana.

Creo que a los pocos meses de estar allí ya había decidido matarla, pero no de cualquier modo. Primero, dejaría pasar un tiempo prudencial, todo el necesario para que nadie me relacionara con el suceso. Por supuesto, jamás hice visibles mis intenciones, ni las comenté. Ante todos, siempre sonreí, fui sumisa y le di las gracias por la oportunidad laboral que me había brindado, cuando más la necesitaba.

Mis angustias económicas continuaron hasta que, por fortuna, di con un pequeño local, de alquiler asumible y en una zona agradable. Dejé atrás aquella fábrica en la que jamás vi una cadena de montaje, ni un muelle de carga y descarga para transportes. Me establecí por mi cuenta, dedicándome a la elaboración de bombones artesanos. El inicio fue duro, pero pasados unos meses, me convertí en una reputada chocolatera, dejando atrás mis asfixiantes penurias. Pude haber vivido ya tranquila. Hacía más de un año que no veía a Ätahnr, ni sabía de ella. Sin embargo, mis ganas de matarla continuaban indemnes.

Las cosas se pusieron de cara a mis planes el fin de semana de carnaval. Özhtig no estaba para alegrías, sino convulsionada tras haber sufrido un seísmo el lunes anterior, con diversas muertes y desapariciones. Las autoridades cancelaron los festejos, así que las niñas se fueron a Bautzen, a casa de mi cuñado, para disfrazarse junto a sus primos. Me resultó muy fácil descubrir a través de las redes sociales a qué fiesta privada se dirigiría ella y a qué hora. El lugar lo conocía perfectamente. Era un gran caserón, en el cercano municipio de Örhneb, propiedad de Sähcnp Nähmrèhkz, un repulsivo anciano que, al conocer mi divorcio y mi ruina, había osado insinuarme que mantuviese una relación con él, pese a su extrema y decrépita vejez. La fiesta la debían organizar sus sobrinos, pues el hijo de Nähmrèhkz era también ya anciano y no tenía descendencia. De hecho, nadie le había visto en Özhtig desde hacía mucho, dijeron que padecía una extraña enfermedad dermatológica.

En cualquier caso, aquella gran casa tenía un sinfín de recónditos pasajes subterráneos. De niña, mis padres habían sido invitados en varias ocasiones por los Nähmrèhkz junto a otras familias nobles de la región, y a los hijos nos encantaba jugar al escondite por las catacumbas sin fin. Aquello terminó cuando dos pequeños de la familia Nìnûhnëhm, con apenas cuatro y seis años de edad, desaparecieron sin rastro. En vano les buscó la policía con perros rastreadores durante semanas. Nunca más regresaron. Los padres insistieron en hacer derruir la casa, pero el viejo Nähmrèhkz se opuso y ellos murieron a los pocos meses, en un cruce de Özhtig, atropellados por uno de los escasos camiones que pueden salir en meses de la fábrica Rälzthw. El conductor resultó ser un peligroso delincuente, un sicario, que lo había robado. Durante largo tiempo se barajó la hipóteis de asesinato, algo que finalmente no se pudo demostrar.

Conociendo a aquel anciano repugnante, estaba segura de que ni siquiera habría cerrado los accesos a los antiguos túneles. Sólo necesitaba una excusa para atraer a Ätahnr conmigo y conducirla lo más abajo posible. Recordaba una cripta recóndita, con un mugriento altar de piedra, recubierto por la hez viscosa negra que supura ese subsuelo enfermo. Hay allí antiguas dagas y lanzas de cobre con formas espirales, recubiertas de cardenillo a causa de la humedad. Si preparaba mi trampa con astucia, ella no tendría escapatoria.

No me costó introducirme entre los proveedores de la fiesta como catering de repostería. Planifiqué a fondo el asunto. El día señalado, bajé de nuevo a la cripta con suficiente antelación y vi aquellas armas derrumbadas… No podía fallar. Llegaron los primeros invitados. Comenzaba mi gran noche.

No tardé en localizarla, bajo un disfraz de cortesana, con antifaz de quita y pon, a modo de anteojos para la ópera. Ni siquiera el abundante polvo de arroz lograba disimular las escamas de su piel, que había empeorado gravemente durante el último año. La seguí por el caserón a cierta distancia, disimulando repartir dulces con una bandeja. Intentó acercarse a varios hombres jóvenes que la rehuyeron, con burlas de más o menos crueldad según la cantidad de alcohol u otras substancias que hubiesen acumulado en la sangre. Pobre desgraciada. Aún y así, mis ganas de asesinarla permanecían inalterables.

Al fin se quedó sola. El lugar era perfecto. Estaba en la planta baja, en un cuartito contiguo a la cocina, una antigua despensa desde la que había una entrada a las catacumbas inferiores. Hablaba por teléfono, era una conversación intrascendente con su servicio doméstico, e iba a ser la última. En cuanto colgó, me hice la encontradiza.

– ¡Ähiràm! – se sorprendió.

– ¡Ay, hola! – fingí.

– ¿Qué haces aquí? – quiso saber.

– Pues ya ves, mi actual trabajo… me dedico a la repostería. Por cierto – cambié rápido el tema de conversación – ¿has visto a Brigitte entre los invitados? Antes me ha parecido verla y quería preguntarle algo, referente a unas viejas joyas…

– ¿Brigitte? ¿esa francesita…? Pues no lo sé – dudó – ¿Y de qué se trata?

– Bueno, quiero ampliar mi pequeño negocio – mentí – Aún me quedan unas joyas de la familia y había pensado venderlas… ¿Recuerdas aquellos pendientes y el colgante que no eran de oro, sino de ese raro metal que tiene un brillo entre violeta y verde…?

– ¡Sí, cómo olvidarlas…! ¿Aún las tienes? Pensaba que ya las habrías vendido…

– No, todavía las tengo… ¡porque son piezas son tan poco comunes! Tan exclusivas… Nadie sabe su antigüedad, ni su valor… Por eso pensé que ella, como es una verdadera experta…

– ¿Brigitte una experta? – se ofendió – Apenas sabe distinguir el oro de la plata… Además, no sólo las tasará, seguro que querrá comprártelas… Es tan envidiosa…

– Claro, claro… – le confirmé – ¿Pero la has visto arriba? Creo que es la persona indicada para enseñárselas y si me las compra, pues perfecto…

– ¡No se las vendas a Brigitte! – exclamó – Antes te las puedo comprar yo, y por mejor precio que ella.

– ¡Oh no, por favor Ätahnr! – fingí – Tú ya me ofreciste un trabajo cuando más lo necesitaba… No me sigas ayudando, sentiría que abuso de ti… En cambio, la francesita…

– ¡Olvídala! – estaba indignada – Tienes las joyas aquí por lo que veo. Enséñamelas, aunque seguro que son las que recuerdo…

– Las he dejado abajo Ätahnr, en las catacumbras. Allí nadie entra y por aquí pasa tanta gente… no me fiaba… Quizá te de miedo bajar, por eso, buscaré a Brigitte…

– ¿Miedo? – estaba ya furiosa – ¡¿Yo miedo?! ¡ Bajaré de inmediato!

– No sé cómo agradecértelo – sonreí.

– No habrá nadie por aquí que nos esté escuchando ¿no? – preguntó asomándose a la puerta de la cocina – No quiero que nadie nos oiga, ni nos vea ir. Prefiero que estemos solas para negociar lo que sea necesario, pero con calma y entre amigas…

– Por supuesto, vamos. Yo tengo una linterna.

– Yo llevo la del móvil.

Comenzamos a descender por aquellos lóbregos y húmedos escalones. El altar estaba en lo más lejos y profundo que yo conocía. Aunque Ätahnr gritase, nadie la podría oír.

– Ni siquiera sé la antigüedad de las joyas ni su valor… – repetí.

– No te apures, te haré un buen precio.

Atravesamos los cuartuchos que parecían mazmorras y sus pasillos con un techo de piedra abovedado tan bajo, que nos tuvimos que agachar. Algunos ratones y pequeñas serpientes huían al ver llegar nuestra luz.

– Si que las has dejado lejos.

Pronto comenzaba a quejarse. Sus zapatos nuevos se hundian en el fango y resbalaban sobre las irregulares piedras.

– Quizá sea mejor volver – sugerí – Vas a estropear esos zapatos nuevos tan bonitos… Busquemos a Briggite, puede que ella traiga un calzado cómodo, como yo…

– ¡No! ¡sigamos!

Olía a podredumbre y las paredes ya aparecían cubiertas de aquella mugre negra enfermiza. Quizá hubiese llegado a ser musgo al aire libre y bajo la claridad del sol. Pero aquí, nada saludable podía vivir.

– Se nota que conoces bien estos túneles – afirmó entre jadeos.

– Jugábamos en ellos de niños.

– Sí, ya lo recuerdo.

¡Qué horrible mentirosa era! Jamás jugó allí, sólo lo hicimos los hijos de las mejores familias de la región del Raëg, entre las que, desde luego, no estaba la suya. Sus orígenes, por cierto, eran bastante brumosos. Su primer apellido, Ïhdlàbht, era tomado de la madre, fallecida años atrás por cáncer de ovarios. Al parecer, siempre había sufrido tremendos dolores de menstruación y, llegada la menopausia, desarrolló el tumor. Había sido ingeniera de la Rälzthw, aunque apenas nadie parecía conocerla, dijeron que vivía obcecada por el trabajo. El padre era del todo desconocido. Se rumoreaba que pudo ser un marino mercante, fallecido en América del Sur al poco de nacer ella.

– Me duelen los pies – dijo con voz cansada – Ya debemos estar incluso fuera de la casa.

– Sí – confirmé – las catacumbas conectan aquí con las grutas de la sierra de Ehweöl.

– Ah, sí, sí… es cierto…

De nuevo, aparentaba saber de qué le estaba hablando. Era su estilo. Por eso ansiaba mis joyas, para poder mentir después, diciendo que eran herencia suya, de sus propios antepasados… Pero no las tendría. Sólo la muerte.

– Ya queda poco – la tranquilicé – Apenas un esfuerzo más.

Llegamos al fin a aquella cripta subterránea con su pequeño altar de piedra, muy desgastado por la acción putrefacta de la mugre negra. Pese a todo, aún se podían apreciar relieves con unas figuras amorfas, similares a embriones, unas con gran cabeza, otras con un gran brazo o pierna, terminados en aleta de pez.

– Son las mismas formas de tu colgante y tus pendientes – observó jadeando Ätahnr – Claro, por eso los has traído aquí. ¿Dónde están? ¡Qué ganas de verlas!

– En una caja, justo en ese gran hueco de la roca, tras el altar – le señalé.

Mientras se asomaba, lancé la vista alrededor, en busca de una de las viejas dagas o lanzas recubiertas de verdete. Pero no hallé ninguna. Ätahnr ya se volvía hacia mí, aunque sin decir palabra. El teléfono que usaba como linterna cayó de su mano, al suelo. Entonces, vi q tenía el cuello atravesado por una de aquellas lanzas de cobre. Ella también cayó. Estaba muerta.

– ¡¡¡¡Aaaaaaahhhh!!! – grité.

Dos seres espantosos emergieron del recoveco de la cripta, enarbolando las viejas armas roñosas. Parecían simios, aunque de escaso pelaje. Apenas un metro de estatura, encorvados, raquíticos, extremadamente patizambos y deformes. Sus ojos eran negros, carecían de iris y estaban totalmente hundidos en las órbitas. Mi luz les enfurecía y se protegían de ella con las manos. Mostraban una actitud tan agresiva que no tuve dudas de que también iban a matarme. El que era un poco más alto pronunció algo, en un tono de voz que me resultó remotamente famliar:

– ¡¡Nìnûhnëhm!! ¡¡Nìnûhnëhm!!

Quedé petrificada, aún antes de recibir el impacto de su lanza… No podía ser. No podían ser aquellos dos preciosos niños…

No seas forastero en Özhtig

Me alarmé sobremanera al recibir esta noche una llamada telefónica de nuestro mejor cliente en la agencia de seguros, el anciano señor Sähcnp Nähmrèhkz, poseedor de una de la mayores fortunas familiares de Özhtig. Pero mucho más preocupante aún resultó el motivo. Un encargo que sólo puedo calificar como aborrecible y repugnante, que jamás debí haber aceptado y del que ahora me arrepiento tan profundamente, que me hallo hundido en la más atroz desesperación.

Para un modesto agente como yo, llegar a perder el contrato del señor Nähmrèhkz representaba un varapalo económico terrible, por eso accedí a su ruego. Tengo una familia que mantener y unos compromisos que costear. Caso contrario, hubiese informado inmediatamente a la policía. Ahora, sin embargo, las dudas me consumen, porque si denuncio, él puede negarlo todo y aparecer yo como único culpable.

Özhtig no cesa de agitarse, barrida por una oleada de horribles sucesos acontecidos a partir del lunes por la noche, cuando un seísmo de mediana intensidad azotó al barrio viejo, haciendo brotar lava en el interior del enorme museo abandonado. En apenas tres días, se han acumulado diversas muertes, desapariciones, ataques violentos… y en todos los casos, es más que evidente un esfuerzo por ocultar o minimizar las posibles características más espantosas de lo sucedido. Incluso a nivel de nuestros asegurados, la policía y el hospital no nos han facilitado ningún tipo de detalle fuera de lo que se hubiese hecho oficialmente público.

He tenido que mentir a mi esposa, diciéndole que mi madre se había puesto enferma de forma repentina, para poder salir de casa. Pensaba en regresar lo antes posible… pero aún vago por las calles como un delincuente, cargando este oro odioso, y dudando si dirigirme a la comisaría o junto a mi mujer.

¿Pero cómo le podría explicar que el señor Nähmrèhkz me telefoneó pasadas las nueve de la noche, para pedirme que llevara un pico y una pala al cementerio Llëhcrùhp? Que los dejara en un lugar preciso y regresara, sin decir jamás una palabra a nadie… A cambio, recibiría una suma enloquecedora, astronómica, pero no de dinero, sino de oro a peso. Lingotes que ya me había ingresado en un banco suizo y cuya documentación podía pasar a firmar en ese mismo momento.

Aquello representaba mi jubilación y la de mi mujer. Los estudios en el extranjero de nuestros hijos… Por llevar un pico y una pala a un cementerio. ¿Y qué me importaba a mí? Era sólo dejarlos e irme. Me esperaban en una puerta secundaria de su mansión, a las afueras. Allí me darían las llaves del cercano camposanto, cuyos candados después no debía cerrar… Tuve que ir. ¿Cómo iba a decir que no?

Me recibió el anciano ya centenario ¡todavía en pie a esas horas! ¡y qué aspecto!. Sus ojos estaban casi en blanco, con las pupilas alzadas, parecía en trance. En la estancia contigua, y a través del resquicio de la puerta, vi a hombres jóvenes uniformados, excepto uno de corta estatura, con capa y capucha cubriéndole de pies a cabeza. Estaban alrededor de una mesa redonda con velas encendidas, una figurita de madera y varias fotos. Aunque cerraron apresuradamente, el encapuchado me pareció que podía ser el hijo. Ya no se le veía por Özhtig, dijeron que estaba enfermo, aunque nunca ingresó en el hospital.

Pedí leer la documentación financiera de mi oro. Algo sé de esto porque les he ayudado a solucionar asuntos de contabilidad, sobre todo relacionados con ese metal precioso, que no sé exactamente cómo obtienen… Aquel contrato era auténtico. Y yo sería dueño de una fortuna al devolver las llaves, apenas en media hora. El servicio me acompañó a la puerta y entonces advertí una foto caída al suelo, antes de que la pisaran con disimulo.

Era de Shamôht Mähceheb, sargento de bomberos de la ciudad, y también asegurado por mí. Había fallecido en los seísmos del pasado lunes, una de esas muertes poco o nada aclaradas. Su esposa, asimismo bombero e integrante de la misma patrulla, no falleció en el servicio, pero tuvo que ser ingresada en el Instituto de Salud Mental, sin régimen de visitas.

Cogí el coche con la cabeza como una turbina. Ni un alma en la carretera. Conduje sin problemas hasta las puertas de Llëhcrùhp, aunque aparqué, o mejor dicho escondí mi auto, un poco más lejos, a salvo de cualquier mirada. Me cubrí también yo con la capucha de mi grueso abrigo y alcancé raudo la puerta. Abrí los candados con facilidad. En pocos minutos, di con la dirección donde dejar la pala y el pico.

Era la zona de la familia Mähceheb. Demasiada casualidad. Justo cuando venía de ver la foto de bombero en el suelo de la mansión… surgida lo que parecía un rito ocultista, quizá vudú… Aquel hombre había sido enterrado ayer y yo traía las herramientas idóneas para abrir su nicho. ¿Pero quién iba a hacer ese trabajo? ¿Quizá deseaban enterrarme a mí en su lugar…?

No quise darle vueltas. Cumplí mi encargo y me marché. Ajusté los candados de la puerta metálica exterior sin cerrar con llave. Al poco, ya estaba a salvo en mi coche. Una firma y sería millonario.

Pero al encender los faros, la vi a lo lejos, corriendo agachada, entrando en Llëhcrùhp, justo por donde yo acababa de salir. Parecía más un animal que una mujer y sin embargo, estaba totalmente seguro de haberla reconocido… no en vano, fuimos amantes demasiado tiempo y yo nunca pude olvidarla. Era la bombero Rehtäeh Rehprâh, viuda del sargento Shamôht Mähceheb, junto a cuya lápida acababa yo de depositar las dos herramientas.

¿Qué hacer? Quise pensar sólo en los lingotes, pero no soy inhumano, aún la amaba. Volví a ponerme el abrigo y a traspasar furtivamente la puerta de metal. Una densa niebla se alzó entonces del suelo de grava. No era del todo extraño, pues esa zona de las afuera de Özhtig es pantanosa. Los vapores acostumbran a desvanecerse en pocos minutos, pero en aquel momento, las escasas farolas apenas permitían ver a un par de metros y yo no tenía linterna.

El sonido de un veloz trote emergió a mi espalda. Aumentó la intensidad, venía directo hacia mí, mas la niebla no me dejaba ver qué o quién era. Ya lo tenía prácticamente encima y el miedo me paralizó. Me sentí como una presa a punto de ser abatida cuando de pronto… era sólo un joven husky siberiano. Salió de la nada, pasó a mi lado como un rayo sin hacerme el menor caso y volvió a desaparecer en la niebla, cementerio adentro.

Seguía sin saber hacia dónde avanzar, entonces comenzaron los atroces sonidos. Primero, similares a una pelea entre perros, imaginé que uno era aquel husky ¿pero el otro? ¿Qué otro animal había en el cementerio? Porque Rehtäeh no podía gruñir así… aquello no era humano. Cuando cesó la furia de rugidos, dieron inicio los golpes del pico y el arrastrar de la pala. Estaban rompiendo mampostería. Me pareció también oír la apagada voz de un hombre… La niebla no me dejaba ver y sentía mi cuerpo temblar de terror.

Resonó entonces un fortísimo golpe de madera contra la grava y, como si hubiera activado un resorte secreto, la niebla comenzó a levantarse. Avancé con cuidado mientras llegaban nuevos golpes de pico, ahora contra madera. En pocos segundos, ya pude caminar más rápido y ahora sí, escuché claramente los gritos de desesperación de un hombre cuya voz reconocí, de nuevo, sin dudar. Era el sargento de bomberos Shamôht Mähceheb, enterrado justo ayer. Mis piernas se bloquearon, mi sangre se heló y regresaron los temblores. ¿El rito vudú lo había devuelto a la vida?

En ese instante preciso sonó mi teléfono móvil. Era mi mujer.

– ¿Cómo está tu madre? – quiso saber.

– Bien – dije bajando al máximo la voz – ¡Ya voy para casa!

Corrí con todas mis fuerzas hasta el coche. Arranqué y puse rumbo a la mansión Nähmrèhkz. Llamé a la puerta secundaria, sin éxito. Ante mi insistencia, apareció el mayordomo en pijama. Me preguntó alarmado qué se me ofrecía. Le expliqué que había quedado en ver al señor para firmar mis documentos. Me dijo que eso era imposible, pues a esas horas todos en la casa estaban durmiendo. Insistí en verle y me amenazó con llamar a la policía. Le invité a que lo hiciera, podría relatarles una larga historia. La discusión se alargó unos minutos que me parecían eternos hasta que, al fin, me dejó pasar. Aguardé en una salita nuevamente. Al rato, aparecieron aquellos jóvenes de aspecto militar y su pequeño jefe encapuchado me alargó el sobre con los documentos ya firmados por Nähmrèhkz. Sólo faltaba mi rúbrica.

Arranqué de nuevo el coche. Ya tenía mi botín de oro. El miedo dio paso a la euforia, comencé a aullar y a cantar… De nuevo, conduje sin problemas hasta casa. Pero justo tras dejar el auto en el parking y entrar al ascensor, tuve un terrible presagio. Algo difícil de definir, un miedo atroz, la certeza de que algo iba a salir muy mal. Necesitaba aire. Salí por el acceso para peatones que da a la calle trasera. Caminé en silencio, mirando mis pies sobre las losas… Acabé dando un par de vueltas a la manzana, aunque siempre evitando la entrada principal del edificio.

Seguro que mi mujer me había notado la voz extraña desde el cementerio, me haría preguntas… ¿Cómo le iba a explicar que ahora éramos ricos y teníamos una fortuna en lingotes de oro en Suiza? ¿Y si alguien me había visto en Llëhcrùhp y me relacionaban con algo… atroz? ¿Qué más pudo haber sucedido allí… que ya no llegué a ver? Mejor ir a comisaría, explicarlo todo y perder el oro… ¡Perder el oro! ¡Ni hablar…! No sabía qué hacer… Caminaba arriba y abajo, sin solución… Al fin, me decidí. Subiría y se lo contaría todo a Tëhnàhj… Bueno excepto que había sido amante de Rehtäeh, eso no era necesario… Pero el resto sí. Definitivamente.

Atravesé de nuevo aquella entrada peatonal y ya en el ascensor tuve el mismo negro presagio. Respiré hondo y no cejé. Iba a hablar con mi esposa. Estaba decidido. Puse la llave en la cerradura y me sorprendió que sólo estuviera echado el pestillo. Había luz en el comedor. Seguramente me estaba esperando, preocupada. La saludé desde el recibidor.

– Tëhnàhj, me alegro de que estés levantada, tenemos que hablar…

Al entrar quedé petrificado. No sólo me esperaba ella, sino también mi madre y el mayordomo del señor Nähmrèhkz, junto a cuatro agentes de policía.

– ¡Qué vergüenza! ¡Qué bochorno! – sollozaba mi esposa – Aquí delante de tu madre y de tus hijos ¿Pero cómo has podido hacer semejante atrocidad? ¡Desenterrar a un muerto para robar dos míseras cámaras de fotos!

– ¡Siempre fuiste un avaro! – añadió mi madre.

– ¡¿Qué?! ¡¿Yo?! – me alarmé – ¡Yo no he hecho nada!

– Aquí están los documentos que ha forzado a firmar al señor Nähmrèhkz – dijo uno de los agentes tras cachearme.

– ¡¿Qué yo he forzado?! – me indigné.

– Acompáñenos al parking caballero – requirió otro de los agentes.

– ¡Ya me lo dijo la astróloga cuando nació! – desveló mi madre – ¡Este hijo le dará graves disgustos!

– ¡Devuélvanme esos documentos! ¡Son míos! – quise reivindicar.

– ¡Acompáñales al parking y cállate! – ordenó mi esposa – ¡Qué bochorno tan espantoso para tus hijos!

– Mañana por la mañana – expuso el mayordomo – el señor Nähmrèhkz acudirá a la policía fiscal para dar parte de todos los movimientos fraudulentos que este hombre ha hecho con el oro de la familia, abusando de nuestra buena fe y confianza.

– No le quepe duda que todo el peso de la justicia caerá sobre él – afirmó otro agente.

– ¡Tendremos que irnos de Özhtig! – gemía mi madre.

Bajé con dos agentes en el ascensor hasta mi automóvil y abrí el maletero. Dentro, había una enorme bolsa de plástico, muy abultada, y a la vista, dos viejas pequeñas cámaras fotográficas Rälzthw. Las lágrimas me cegaron los ojos, no podía dar crédito.

Mientas me esposaban, recordé que la familia de Shamôht Mähceheb pidió que le enterrasen con ellas. La empresa Rälzthw había sido fundada por su abuelo y afirmaron que él las guardaba como amuleto personal. Pero se supo que se trataba de dos prototipos únicos, nunca fabricados en serie, porque aparecieron en Özhtig tres “camera hunters”, ofreciendo altísimas sumas en nombre de coleccionistas que preferían mantenerse en el anonimato. La familia desestimó cualquier cifra e insistió en enterrarlas con el difunto. Consideraron que estaban relacionadas con el seísmo y sólo podrían traer desgracias…

Los agentes descargaron el grueso bulto envuelto en la bolsa de plástico y lo abrieron en el suelo del parking, junto a mi coche. Era el cadáver de la bombero Rehtäeh Rehprâh, viuda del sargento Shamôht y mi ex amante. Tenía el rostro extrañamente deformado, parecía un animal, y gruesos restos de sangre y vísceras en la boca, las manos y el pecho; también había rastros de pelo del husky. La habían abatido de dos disparos en la cabeza. Otro agente halló una pistola en la guantera de mi automóvil.

– Espero que tenga un buen abogado – dijo el policía.

Era demasiado ridículo, pero años atrás, se derrumbó uno de los bloques de viviendas propiedad de Nähmrèhkz, en el suburbio Norte de la ciudad. Hubo que pagar una fuerte suma a todos los inquilinos afectados y, durante el juicio, el testimonio del jefe de bomberos Shamôht Mähceheb resultó clave para que el juez sentenciara en nuestra contra. Fue entonces cuando Rehtäeh y yo nos separamos. Tras el juicio, Nähmrèhkz juró venganza. Pero jamás imaginé que sería esto, ni utilizándome a mí… ¿Por qué a mí? ¿Por qué destruirme…? En el fondo no me resultaba tan incomprensible, tras ver la reacción de mi propia madre y esposa… Özhtig siempre me había tratado con una especie de rencor secreto.

Ya camino de comisaría, llamaron por radio desde el coche, avisando de nuestra llegada. En la central, no eran capaces de entender mi nombre y apellidos, tuvieron que deletrearlos dos veces.

– ¡John Smith! ¡J-o-h-n! ¡S-m-i-t-h! – repetía el agente – No es de Özhtig. Sólo su madre. Volvieron hace muchos años, y ahora él está casado con una mujer de aquí y tienen dos hijos… pero es sólo un forastero.

 

Las ratas sin ojos

Llegué a Özhtig el miércoles al mediodía. Tuve que viajar apresuradamente en ferrocarril desde Leipzig, pasando por Dresden, para hacerme cargo de las obras de reparación del alcantarillado público en el barrio viejo. Mi nombre es Trühk Rüsàhm, soy arquitecto e ingeniero de minas. Dirijo en Múnich una consultora especializada en obras de ingeniería civil, agua potable y saneamiento, con clientes en toda Europa y América.

La ciudad estaba sobrecogida tras sufrir un seísmo el lunes por la noche, que abrió un foso de lava en el interior del enorme museo, actualmente en desuso. Se habían tenido que cortar al tráfico un buen número de calles del barrio, pues varios colectores amenazaban con derrumbarse afectando a viviendas y a la factoría Rälzthw, una empresa local que fabrica cámaras fotográficas. Había que actuar de forma urgente.

Tras las presentaciones de rigor, y acompañado por bomberos y operarios de la empresa municipal de mantenimiento, bajé al sistema de túneles, donde comprobé el diverso grado de afectación en todos los puntos críticos. Realizados los cálculos, aplicados los apuntalamientos provisionales necesarios, y puestos a trabajar todos los equipos en las obras de reacondicionamiento, me retiré para cenar.

Tras el postre, recibí la llamada del capataz que trabajaba bajo la calle Süahrts. Los puntales recién colocados se habían caído. No podía dar crédito. Yo mismo había supervisado su instalación y todo era correcto. Me dirigí hacia allí de inmediato.

El propio capataz me recibió a pie de calle. Antes de bajar al subsuelo para hacer las comprobaciones pertinentes, recibí otras dos llamadas, una desde el cruce entre Shmährb e Ikhsvò Kihäc, y la otra desde Trèbühcplatz., con casi idéntico mensaje. Los puntales se habían doblado y partido respectivamente. El teléfono siguió sonando hasta que todos y cada uno de los refuerzos aplicados colapsó. Más que preocuparme el trabajo hecho en vano, mi gran pregunta era ¿por qué?.

Pese a lo intempestivo de la hora, llamé a Dnáhl Rehtûshna, la arquitecta municipal. y le solicité reunirnos de inmediato con el ingeniero Snäh Knöhv y resto de mandos técnicos responsables. No tardé en descubrir que ellos mismos habían aplicado apuntalamientos con cálculos muy similares a los míos durante el día anterior, con el mismo resultado nulo. Fue entonces cuando decidieron llamarme. No daba crédito de que no me hubiesen informado de entrada, en vez de perder unas horas preciosas con el riesgo de derrumbe en el barrio.

Decidí dejarlo correr y concentrarme en el trabajo. Les solicité planos de toda la red de galerías subterráneas, así como de las calles, edificios y accesos desde la superficie. Hice algunas fotocopias rudimentarias para poder dibujar y comencé a marcar los puntos conflictivos, en el mismo orden en que había recibido las llamadas. La sucesión de marcas formó una línea curva que se enroscaba hacia la biblioteca.

En el subsuelo, había visto que la orientación de varios muros dañados era contraria al avance de las aguas. Me parecía ahora que debían ser tramos aprovechados de una estructura anterior. La idea era aún vaga, pero empezaba a tomar forma. Imaginé un primitivo túnel de diámetro menguante y sólidamente construido en oscura roca pulida, muy lisa. Pudo alcanzar los cuatro o cinco metros de diámetro a la altura de Süahrts Str., según los restos existentes, pero acababa en un conducto de apenas cinco o seis centímetros, que era aun perfectamente visible en Hcähb Str.

Volviendo a estudiar el plano de calles, advertí que el barrio viejo tiene forma de rectángulo áureo, donde el cuadrado mayor corresponde al enorme museo. Las viviendas quedan al Este, también la fábrica Rälzthw y, más al centro, la biblioteca redonda, que parecía ser el ojo del vórtice. Ahora ya estaba claro. El túnel primigenio debió tener forma de espiral y recorrer todo aquel rectángulo, prolongándose bajo el museo, aunque allí la lava del seísmo lo habría arruinado por completo el lunes por la noche, si es que aún existía.

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Alrededor de la mesa, el grupo me escuchaba incrédulo. Al final, fue la arquitecta quien habló:

– Trühk – dijo en tono amable – Piensas demasiado. No necesitamos una clase magistral de urbanismo ni de historia de nuestras alcantarillas. sólo necesitamos apuntalarlas bien, y que no se caigan.

– Dnáhl – respondí – Ya lo hemos hecho dos veces, sin resultado.

– Quizá la tercera sea la buena – Insistió uno de los técnicos.

No le hice caso. Pregunté a mi vez:

– ¿Por qué esta tarde no hemos visitado el subsuelo de la fábrica? No hay ninguna marca bajo ella en mi plano.

Volvió a hacerse un significativo silencio. Esta vez fue el ingeniero municipal quien se adelantó:

– En la factoría Rälzthw disponen de su propio sistema de saneamiento y de depuración de aguas y no nos han reportado que tengan averías que necesiten nuestra ayuda…

– Sr. Knöhv – repliqué – Esta misma mañana, usted me llamó para contratarme y me dijo que todo el barrio estaba en riesgo, incluida esa fábrica. Me han ocultado información y también me han mentido… no sé qué pretenden.

– Sólo queremos que nos ayude a reconstruir los graves daños de nuestras alcantarillas, porque estamos seguros de que usted lo sabe hacer mejor que nosotros – respondió el ingeniero – Pero nada más que eso. No le pedimos más. Si esta mañana yo incurrí en ese error, debió ser una confusión. Lo lamento.

Todos asintieron y no pude hacerles cambiar de parecer. Acabamos rehaciendo los cálculos y ordenando nuevos apuntalamientos. Pensé en rescindir mi contrato, volver a Leipzig y abandonar el asunto. Allí tenía a mi equipo ocupado en un proyecto con clientes cabales. Pero no lo hice. No quería que se hundiera el barrio, por mi orgullo y por salvar su patrimonio urbanístico centenario. Fue un gravísimo error.

A primera hora de la mañana del jueves, y haciendo caso omiso de llamadas y mensajes alertándome de que los nuevos puntales también se habían caído, me personé en solitario en la factoría Rälzthw, donde solicité hablar con el máximo directivo. Si yo estaba en lo cierto, como desde luego creía, y existió un túnel en espiral, debía conservarse mucho mejor bajo la fábrica, pues allí no había desagües de viviendas. Para evitar el derrumbe, necesitaba acceder a él, saber cómo era, para qué sirvió y qué presión ejercía aún sobre los muros actuales.

Tras esperar cerca de una hora en un incómodo sofá, apareció una señora de edad avanzada, una abuelita, que se presentó como Ëcnêhr Rëht Snîhknj, dueña de la compañía.

– Los nombres y apellidos en nuestra región del Raëg nunca fueron fáciles y creo que el mío es de los peores – dijo devolviéndome mi tarjeta – Pero veo que usted también procede de aquí. Yo conocí a los Rüsàhm de Özhtig.

No lo sabía. Nunca me había planteado su origen pero, ciertamente, mi nombre y primer apellido no eran comunes en Alemania, ni en ningún lugar, y siempre los acababa deletreando.

– Me informan mal – continuó la señora Snîhknj – Me dijeron que era usted forastero. Pero siendo de aquí, no le negaré el acceso a ningún sitio. Aunque no debería visitar nuestras cloacas. Tenga en cuenta que es usted un hombre que ni siquiera sabe de dónde procede su abuelo.

Me sentí entre furioso y abrumado. Aquella lúcida anciana seguía hablando y traspasándome a cada frase.

– Usted cree que ha descubierto algo interesante. Pero hay cosas que no todo el mundo llega a comprender, como ya debería haberse dado cuenta. Tiene usted intuición, pero no sensatez. Es una pena que se haya criado fuera de Özhtig… Lo que aquí verá le viene demasiado largo. No saldrá con vida de la Rälzthw.

Parecía haber un eco de sabiduría en sus palabras, pero aquella vaguedad era demasiado sospechosa para mi frío razonamiento de científico.

– Disculpe señora – pregunté sin alterarme- ¿me está usted amenazando?

– En absoluto hijo. Puedes ir donde te plazca. Sólo me entenderás cuando ya sea demasiado tarde.

Dio media vuelta y se marchó. Al instante, entró un hombre de pequeña estatura, gafas redondas y bigotillo. Parecía un funcionario del Deutsches Reich. Se presentó como ingeniero Ïhnluig Hlräc y se ofreció a acompañarme a cualquier lugar y a darme todas las explicaciones necesarias.

No tengo interés por el mundo de la fabricación de cámaras fotográficas, así que le pedí ir directamente a ver los colectores subterráneos. Accedimos a los sótanos del gran edificio por el montacargas y desde allí, bajamos una escalera de caracol. Según nos acercábamos a su fin, se oía circular agua a gran velocidad.

– Tenga mucho cuidado aquí – me advirtió Ïhnluig – Es nuestra planta de energía y, a veces, se producen corrientes muy fuertes de aire o rayos eléctricos. Hemos de atravesarla para llegar hasta la zona antigua que usted quiere ver.

Recorrimos una pasarela metálica que cruzaba sobre una gigantesca tubería de cobre, quizá de siete metros de diámetro, aunque es difícil de precisar porque no era un cilindro al uso, sino que parecía la broca de un taladro gigantesco o, mejor, un tornillo, ya que también se estrechaba rápidamente en su descenso. Incluso hubiese jurado que describía un arco. Jamás había visto algo así.

Una vez pasamos al otro lado y el ruido disminuyó, el hombrecillo me explicó que el diseño de esa tubería aceleraba el agua tomada de los colectores a una velocidad equivalente, o superior, a una caída de 100m. En el extremo, había una turbina cónica dispuesta en sentido opuesto, punta contra punta. Generaba unos 8MW, potencia suficiente para toda la fábrica.

– Luego puede comprobar los cálculos ud. mismo, si lo desea. Para no llamar la atención, también estamos conectados a la red eléctrica comercial y pagamos una pequeña factura al mes – confesó risueño.

– Un momento – me detuve – Yo mismo soy ingeniero y lo que me ha explicado es imposible. La única forma de acelerar el agua es por presión y aquí no hay desnivel suficiente.

– Puede usted pensar lo que quiera – se limitó a decir.

– ¿Y cómo filtran las aguas residuales para que nada obstruya la salida? – volví a preguntar.

– Supongo que usted lo llamaría ultrasonidos – me desveló – Desintegramos los sólidos haciendo uso de determinadas longitudes de onda, a las que estructuramos en pentagramas circulares.

– ¿Pentagramas circulares?

– Sí – volvió a mostrarse risueño – Ya hemos llegado. Aquí no hay luz y no podemos estar mucho tiempo. No es seguro.

Abrió una compuerta cerrada herméticamente, parecida a la de un submarino, y desembocamos en un amplio túnel transversal, que iluminó con una potente linterna de mano. Continuó:

– Como usted ya sabe, es curvo, describe un arco de 90º con orientación Noroeste entre Trèbuhcplatz e Inïhcüplatz. Ahora estamos aproximadamente a la mitad de su recorrido.

– Y el diámetro es menguante – apunté.

– Exacto – corroboró – Comienza en unos tres metros y medio y acaba en dos.

Era tal como lo había imaginado. Roca pulida gris-azulada, tan lisa como hormigón. El estrecho conducto lateral por el que habíamos accedido era el único deterioro. La conservación era perfecta.

– ¿Bueno, y qué es? – quise saber – ¿Por qué un túnel en espiral? ¿Para qué servía?

– Sirvió para originar a la humanidad y al resto de seres vivos.

– ¿Qué? – reí – Tiene ud. una forma muy curiosa de tomarme el pelo.

– No le tomo el pelo. Lo podría comprobar en el extremo de Inïhcüplatz, allí aún quedan restos, pero no podemos ir.

– ¿Por qué? – reiteré – El túnel está completamente despejado. ¿Qué impedimento hay?

– Ratas.

Algo se removió dentro de mí. Desde niño había temido profundamente a esos animales, hasta tal punto, que incluso opté por mi profesión para reafirmarme y sobreponerme a ese infundado pánico infantil. En aquel extraño lugar, sin embargo, sentí que mi seguridad adulta se requebrajaba y que no podía controlar mis nervios.

Ïhnluig me instó a regresar por donde habíamos venido y le seguí. Me habían hablado en ocasiones de telepatía, me refiero a personas serias. Una amiga de mi esposa es psicoanalista y nos había relatado diferentes experimentos con pacientes bajo hipnosis, con resultados tan asombrosos que, como científico, me resultaban inaceptables. Ahora, sin embargo, estaba dispuesto a conceder que, tanto aquel ingeniero como la Sra. Snîhknj, disponían de algún método por el que eran capaces de adivinar o entrar en mis pensamientos y anticiparme. Ahí tomaban su ventaja.

– Son ratas sin ojos, señor Rüsàhm – Ïhnluig continuaba diciendo esas cosas destinadas a alterarme – Los ojos los hacemos crecer en otro lugar, en la factoría. Si quiere, puedo mostrarle para qué los utilizamos en nuestra producción…

No le escuchaba. Me llegó el ruido del agua, estábamos ya próximos a la pasarela sobre su supuesto generador eléctrico y me detuve.

– Está bien señor Hlräc. Basta. Suba usted y déjeme su linterna porque yo voy a volver a ese túnel, que es a lo que he venido. No sé qué pretenden aquí. Si volverme loco o matarme. Si es lo segundo, espero que tengan una buena coartada ante la policía.

– ¡Por favor señor Rüsàhm! – exclamó – ¡Cómo puede usted decirme esas cosas! No vuelva ahí, por favor. Usted no quiere volver, no se obligue a algo que sabe que le supera.

– No va a intimidarme – sonreí – Deme la linterna.

– Las ratas…

– La linterna – le interrumpí – Por favor.

Me la dio resignado. Se quedó inmóvil en aquel estrecho pasadizo, bajo la luz de los leds, con la mirada perdida. Hubiese jurado que era sincero, pero no podía ser. Todo lo que decía era imposible. Sin duda, un buen actor.

Volví al túnel, ahora mucho más tranquilo. El silencio era absoluto, no había basuras ni suciedad y no vi ninguna rata. Avancé hacia Inïhcüplatz, me llevaría unos minutos. El conducto era realmente asombroso en lo perfecto de su construcción. Yo mismo era incapaz de imaginar cómo o quién la habría ejecutado.

Debía estar ya próximo a mi destino cuando vi que la fisonomía comenzaba a transformarse progresivamente. El cilindro perfecto se recubría ahora de roca irregular, pero de formas suaves. Me dio la impresión de ser lava enfriada a modo de estalactitas y estalagmitas de una gruta. Al poco, se unían formando columnas y bloqueando casi por completo el cilindro, hasta impedir mi paso. En el centro de cada columna, había unas cavidades ovaladas vacías, como si la lava hubiese tenido enormes burbujas, de unos 50cm. de altura, y 25cm. de diámetro en su parte más gruesa.

De repente, me pareció entender algo. Aquel túnel misterioso servía para transportar la lava. Al estar roto y bloqueado bajo la zona de viviendas, hubo un colapso y de ahí la erupción dentro el museo. El túnel viene del bosque y las primeras laderas de la sierra de Ehweöl, que comienzan a ese lado de la ciudad. La presión de la lava intentando avanzar aún existía, y eso era lo que afectaba al subsuelo del barrio. Pero al igual que la marea bajo el influjo de la luna, comenzaba a retirarse. Los apuntalamientos de la noche habían durado más horas y, probablemente mañana, ya podrían ejercer su acción sin problemas.

Mientras pensaba esto, recordé algo que me había dicho Ïhnluig mientras intentaba no escucharle. Y es que su tubería de tornillo también depuraba el agua, además de acelerarla, la devuelve a los colectores públicos mejor que la toma. Al igual que la rama de un árbol, que tiene sus flores en el extremo más fino, donde la savia ha recorrido el camino más largo desde el tronco.

Debía estar volviéndome loco, pero me pareció entonces que aquellas burbujas podrían ser cápsulas donde algo germinó. Primitivas larvas o algo así, en referencia al origen de los seres vivos, según lo había mencionado Ïhnluig… ¿Pero qué había en el último extremo, cuando el conducto era tan sumamente estrecho? ¿Y por qué terminaban en un punto muerto, donde no había nada, bajo la biblioteca? ¿Era un polo magnético que atraía la lava…?

Un mordisco en la pierna me hizo volver de aquellas ensoñaciones. Solté una patada tan fuerte como pude, pero los dientes no se soltaron. Agarré la rata con la mano, y la iluminé. No tenía ojos.

El pánico desató mis pulsaciones hasta lo insoportable. El pulso me retumbaba en las sienes cuando iluminé alrededor y me vi rodeado por aquellos roedores ciegos. Eran tan fieras que se atacaban entre ellas y cuando alguna cedía, se abalanzaban en grupo y la devoraban. Ése iba a ser mi fin, morir devorado. La anciana tenía razón, no saldría vivo.

Sobreponiéndome a la desesperación, corrí con todas mis fuerzas. Llevaba varias en las piernas, bajo los pantalones, alguna había subido casi a la ingle. Las fui arrancando como pude. Me mordieron también los hombros y el cuello. Atrás, todas me seguían, mi olor las había excitado y en aquel lugar vacío nada iba a despistarlas.

Caí y perdí la linterna, pero ya vislumbraba la compuerta de entrada al pequeño túnel de acceso. Entré apresuradamente. Mis piernas y cuello se desangraban, me habían desgarrado la aorta y ambas femorales. Caí de bruces mientras Ïhnluig cerraba la puerta hermética. Sentí una horrible vergüenza por haber pensado tan mal de él.

– La ambulancia está de camino – me informó – pero no llegará a tiempo. También hemos avisado a su empresa y ellos lo harán a su esposa. Descanse en paz señor Rüsàhm.

Ya no pude hablar más. Mientras perdía el conocimiento, me pareció ver llegar a un par de sanitarios armados con un desfibrilador y luego, un pitido de fondo…

 

 

El extraño caso del hombre que creía ser una semilla

Hallaron al espeleólgo Niêht Snihbür entre la vegetación, tumbado en posición fetal, a unos cincuenta metros de la entrada de Dâlhblëss, la gruta de paredes lisas. Antes de perder el habla, dijo haber salido despedido de aquella caverna a gran velocidad y haber rodado, topando contra varios árboles hasta detenerse. Aceptó que le abrigasen, pero no quiso comer nada. Lo único que pidió fue agua, y quedar enterrado en tierra fértil y abono. Se creía una semilla.

Dâlhblëss se encontraba a un par de días a pie desde el valle de Fönnihl, a través de una de las zonas menos transitadas de la cordillera de Ehweöl. La caverna recibía su sobrenombre por tener sus oscuras paredes en muchos tramos tan perfectamente pulidas como si se hubieran moldeado en hormigón, pese a ser de roca.

Apenas era visitada desde hacía más de medio siglo. Poco antes del fin de la II Guerra Mundial, oficiales y arqueólogos de las SS nazis dijeron haber hallado allí imponentes estructuras megalíticas, así como ciertas reliquias esotéricas talladas en madera. Aquellos individuos murieron en el hospital de Özhtig aquejados de devastadoras fiebres. Ninguna expedición científica posterior pudo certificar su relato, pero el lugar quedó marcado por la leyenda.

El Sr. Snihbür era el único superviviente de un grupo de cuatro. Llegó también al hospital de Özhtig, acurrucado, tras su rescate a cargo de dos guardas forestales, 24 horas después de haberse activado la alerta de búsqueda. Con la doctora Äcila Àcorrahl, de medicina interna, de baja forzosa tras sufrir graves agresiones por arma blanca, en un primer momento se decidió que fuera el doctor Truöhc Nonräh, especialista inmunólogo, quien llevara el caso.

Pero los análisis de sangre no mostraron nada inusual en el organismo del espeleólogo, salvo la falta de alimento que se seguía negando a ingerir. Igualmente, no existía ningún impedimento biomecánico que paralizara su anatomía, salvo que él no quería moverse. En consecuencia, y dado que caso se limitaba a un bloqueo traumático, me fue transferido a mí. Mi nombre es Ahrálhk Zhtrühw, soy doctora psiquiatra y directora del Instituto de Salud Mental de Özhtig.

Desde que Niêht Snihbür fue hallado por la pareja de guardas forestales, hasta que pudo llegar el helicóptero que los devolvió a Özhtig pasaron casi cuatro horas. Durante ese tiempo, y antes de que el paciente se negase por completo a hablar, uno de los guardas, hombre de cierta cultura y feliz intuición, le interrogó largamente, anotando en una libreta todos los detalles, hasta hilvanar una historia que ha sido la base de mi trabajo.

Apenas nada de lo que el Sr. Snihbür reporta se corrobora con los mapas topográficos disponibles de la gruta. Su discurso es de carácter sobrenatural y no admite prueba empírica. Como psiquiatra, debería asociarlo a su mundo onírico y a su Ello. No obstante, desde el principio, me pareció que sólo era una historia falsa.

Es lunes por la mañana y tercer día de expedición cuando el grupo de cuatro exploradores entra en la gruta. Avanzados veinte metros, dice, optan por seguir un trayecto inédito (no cartografiado) que desciende con suavidad, describiendo largas y sinuosas curvas, como el curso natural de un río. En ocasiones, se abre en dos o tres brazos que se reencuentran a los pocos metros. Progresivamente, las paredes son más perfectas, pulidas y de contorno casi circular, hasta volverse un túnel zigzagueante de color azul-grisáceo y tres metros de amplitud. Sobre el suelo, siempre seco, apenas hay oscuros guijarros redondeados. Una suave brisa trasera les acompaña.

Tras unas dos horas descendiendo, alcanzan una enorme e inaudita cavidad. Tiene forma de donut o, en términos geométricos precisos, de toroide. Sus paredes, piso y techo forman una sola superficie curva continua, perfectamente lisa. Bajo el medidor láser, alcanza siete metros de diámetro y cuarenta de longitud en su perímetro exterior. Mientras le dan la vuelta, la brújula gira alternativamente 180º cada pocos segundos, siguiendo un invisible pulso magnético. Resulta imposible ubicar el Norte. Notan una leve angustia en el estómago y/o cefaleas. No ven ninguna otra salida y consideran que la gruta termina allí.

El Sr. Snihbür es además fotógrafo aficionado y, como algunas otras personas de buena posición de Özhtig, utiliza una cámara Rälzthw-E, del fabricante local. Según narra, dicha cámara permite captar luces extremadamente tenues. De ese modo, tras solicitar a sus compañeros que apaguen frontales, observa un débil resplandor. Se dirigen hasta él a oscuras.

En esa zona y junto a la pared interior del toroide, hay unos cuantos guijarros rodados en el suelo. Ante su mirada incrédula, uno de los cantos emite una muy tenue luz dorada, mientras se desliza lentamente. Se detiene al fin en un punto preciso y, sin dejar de brillar, tiembla durante unos pocos segundos, justo antes de alzarse levitando. Primero muy despacio, luego cada vez vez más rápido. Rebasa sus cabezas y sigue subiendo. Cuando ya sólo esperan que choque contra el techo, gira hacia la pared interior y desaparece. Inmediatamente, los cuatro iluminan el lugar con sus frontales. Casi en el extremo superior de dicha pared, a unos seis metros de altura, hay una apertura circular lo bastante amplia para poder pasar agachados. La gruta de Dâlhblëss continúa por allí.

Trepan haciendo uso de copas de succión, cuyo manejo dominan, y pasan agazapados el nuevo túnel circular. Es muy corto, y les aboca a una terraza donde quedan sin palabras.

Bajo sus pies se abre un precipicio sin fin, que parece hundirse en las propias entrañas de la Tierra. A cientos de metros de distancia, advierten una suave luz rojiza y asciende algo de calor. Están en una nueva cavidad, inmensa, con forma de cilindro o quizá de cono invertido, con treinta metros de diámetro en esa zona superior. Una bóveda azul-grisáceo, tan perfectamente lisa como el resto, se cierra apenas a un par de metros sobre sus cabezas.

El pequeño balcón que les acoge tiene unos cuatro metros cuadrados y forma de pentágono. En tres de sus vértices hay unas peculiares estatuillas de madera, probablemente talladas en caoba. Representan un tosco hombre erguido, al estilo de las figuras hieráticas de la antigua Grecia. Observan que los dos extremos vacíos muestran desperfectos en la base de piedra pulida y deducen que las piezas que faltan debieron ser arrancadas de allí.

Las figuras tienen una palanca trasera. El propio Sr. Snihbür acciona la de una. Cabeza y extremidades se contraen y acaba formando un óvalo liso. Sus compañeros repiten la operación en otra y quedan aterrados. En ésta, las extremidades se separan del tronco, así como la cabeza, cuyo rostro pasa a reflejar una mueca de dolor escalofriante. Antes de poder probar la tercera, un ruido pavoroso asciende y tiembla toda la gruta.

Desde la profundidad inabarcable y hasta el techo de la oscura bóveda, emerge en segundos una columna vertical de lava, rotando en forma de vórtice. Se mantiene a unos dos metros de ellos, girando, como impulsada por un motor invisible. La calor es asfixiante y se sienten desvanecer. Pero lo más asombroso, continúa relatando, es que en el interior de la lava aparecen unas extrañas criaturas, parecidas a embriones, con una gran cabeza, ojos saltones, aletas y cola de pez. Recuerdan, según dice, al logotipo de la propia cámara fotográfica Rälzthw.

Un fuerte tornado de viento se desata alrededor del de lava y los tres compañeros del Sr. Snihbür son violentamente succionados hacia su interior. Él, en cambio, sale despedido por el corto túnel de acceso, y regresa al toroide donde, a altísima velocidad, da innumerables giros, volteretas y vueltas enteras al perímetro, antes de alcanzar la otra salida, ubicada en la parte inferior. Recorre de nuevo el túnel de curvas sinuosas, por el que ahora asciende raudo y sin golpearse, todo son giros fluidos. Sale de allí, atraviesa la entrada de la cueva, es expulsado, y ya sí, rebota contra varios árboles antes de detenerse. Lo último que ve, es el cielo nocturno, después, pierde el sentido dando por hecho que morirá. Fin de las notas.

Mi conclusión como científica es obvia. La caverna de Dâlhblëss está totalmente cartografiada desde hace décadas, no existe esa gruta circular ni todo el resto. Tampoco los agentes forestales vieron árboles violentamente golpeados, ni el paciente tiene hematomas o cicatriz alguna. La historia, repito, es falsa. Sólo quedaba dilucidar si era ensoñación o algo peor.

Los tres acompañantes del Sr. Snihbür eran, como él, jóvenes hombres de negocios de posición acomodada y espeleólogos aficionados con probada experiencia. Dos procedían de Leipzig y el tercero de Berlín. Ante su desaparición, evidentemente, la policía recorrió palmo a palmo la gruta y, con la ayuda de perros rastreadores, no tardaron en hallar los cadáveres. En un recodo profundo, allí donde las paredes no son lisas y podía disimularse mejor un tosco trabajo de mampostería, habían sido emparedados. Su cuerpos estaban mutilados brutalmente, con la cabeza y las cuatro extremidades separadas del tronco. La investigación sigue en curso y el juez no ha permitido revelar todos los detalles de la autopsia, pero sí algo bastante incomprensible, y es que en los tres casos, el fallecimiento se debió a una causa natural: infarto de miocardio.

Se han buscado relaciones familiares, sentimentales o laborales entre los cuatro hombres que permitieran establecer una hipótesis de asesinato, sin resultado positivo. Apenas se conocían, habían quedado a través de redes sociales por su afición común. ¿Por qué Niêht Snihbür se niega a decir palabra, pone en grave peligro su vida negándose a comer y encoge su cuerpo, convencido de ser una semilla vegetal?

No tengo respuesta. Y mientras escribo estas líneas, con las que cierro mi informe, llega hasta mí una última noticia que me despista aún más, si cabe. Alertada por el ruido de disparos, la policía ha irrumpido hace pocas horas en el domicilio de uno de los dos guardas forestales que rescataron al Sr. Snihbür. El mismo que me entregó las notas. Al entrar, han hallado la escena espantosa de un asesinato múltiple, con tres cadáveres alrededor de la mesa del salón, el propio forestal y dos jóvenes pertenecientes a una secta neonazi. Los jóvenes, además de sendas pistolas, llevaban una enorme suma de dinero en metálico en una bolsa de deporte; mientras que el guarda mantenía aferrado un óvalo de caoba en la mano que no empuñaba su propia Heckler & Koch.

Dicho óvalo tenía una hendidura con una palanca oculta. Tras accionarla, el objeto se ha desplegado, dando forma a la figura de un hombre erguido, de unos 30cm. de alto, con un tallado algo tosco y poco realista, semejante a las antiguas efigies hieráticas de egipcios y griegos. La policía ha hecho público que junto a los cadáveres emparedados en la gruta se halló otro ídolo similar, y se espera que el juez permita dar más detalles en las próximas horas.

Todavía, mientras redacto esta última línea, suena mi teléfono. Es una llamada del doctor Truöhc Nonräh, desde el hospital. Hace un par de horas que trata de localizarme sin éxito. Mientas una auxiliar cambiaba el suero al Sr. Snihbür, se ha estirado repentinamente en la cama, se ha desperezado, ha vuelto a hablar y sus primeras palabras han sido: “¿Me pueden dar de comer? estoy muerto de hambre”.

 

Tan breve despertar

La oscuridad y el silencio eran absolutos. Me encontraba tumbado en una cama de colchón no muy grueso, pero cómoda. La atmósfera estaba cargada con un fuerte olor a madera nueva y a barniz. No podía moverme, ni hablar. No obstante, sentí que si me relajaba, en breve, podría reactivar mis músculos, tal y como ya había logrado abrir los ojos.

Recordaba perfectamente quién era yo: Shamôht Mähceheb, sargento y primer mando técnico del parque Norte de bomberos de Özhtig. Pero no dónde estaba, ni cómo había llegado a quedarme dormido allí… Tumbado en la oscuridad y el silencio, mi progresiva relajación también comenzó a hacerme recobrar la plena memoria.

El pasado lunes por la noche me tocó guardia y hubo alerta de fuego. Humo denso y un penetrante olor a azufre emanaban del enorme museo abandonado. Acudimos con un único vehículo y un grupo de seis bomberos. El edificio permanece sin uso desde hace décadas, así que no podía haber víctimas, ni vidas en peligro.

Aparcamos en su zona Sur. Derribamos una puerta secundaria, atravesamos diversos pasillos y salas vacías, hasta que alcanzamos un patio interior… Pero… algo me bloqueó la memoria ahí. ¿Qué había en ese patio? Los recuerdos se contuvieron, temerosos. Detenida la mente, despertaron a la sensibilidad los dedos. Tumbado, percibía algo en mis manos, frío y metálico. No podía moverlas aún, no obstante bastó el tacto para impulsar mi certeza. Eran dos viejas cámaras fotográficas Rälzthw.

Mi mente saltó entonces más lejos. Mi abuelo, Pëhsòhj Mähceheb, había sido el primer accionista y presidente de esa compañía. Un millonario excéntrico que tuvo su vocación frustrada en la ingeniería y mecánica de precisión. Siendo aún muy joven, se arruinó sin remedio con la factoría Rälzthw, obstinado en fabricar cámaras de prestaciones extraordinarias, pero excesivamente complicadas y costosas.

La noche del lunes, en la última sala, antes de llegar al patio… Yo había tropezado en el suelo con algo que sonó a metal. Me agaché a ver qué era, mientras el resto de compañeros pasaba de largo. Tuve que reprimir un grito de júbilo bajo la luz de mi linterna… ¡Dos cámaras Rälzthw IV! Cuántas veces, de niño, vi fotos, bocetos, folletos de la época conservados por mi padre, explicando las cualidades únicas de aquella cámara, desarrollada sobre un diseño de Raymond Royal Rifé, que rebasaría los límites de la mecánica y de la óptica…

Nunca llegó a fabricarse en serie y sólo hubo dos prototipos. ¿Pero qué hacía yo, sobre aquella suave cama desconocida, con una en cada mano? ¿Y cómo podía estar tan seguro de que eran esas dos cámaras exactamente, sin poder todavía verlas?

Un ahogado rugir de gruñidos sonó detrás de mi cabeza y detuvo tales cuestiones. Parecía una pelea entre perros y hubiese podido jurar que uno de ellos era Zhtïe, mi joven husky de siete meses al que tenía pensador castrar, porque ya desarrollaba conductas agresivas hacia otros machos.

De improviso, me sobrecogió una extraña clarividencia mezclada con el más profundo horror. Yo estaba enterrado. Aquello no era una cama, sino mi ataúd. Ya estaba en el nicho, junto a los difuntos de mi familia y Zhtïe custodiaba mi eterno reposo, desbordado por la lealtad y la pena de no volver a verme más. Necesitaba mover mis manos para comprobarlo. Concentré mis renacidas fuerzas y, al fin, logré alzarlas. En efecto. Apenas a unos centímetros sobre mi cara, palpé la tapa de madera. Era un féretro.

Todavía escuchaba los gruñidos de la pelea canina. Debía ser un visitante del cementerio, con su perro. Si yo lograba gritar con todas mis fuerzas, llamaría su atención y, tras el pánico inicial, se daría cuenta de que me habían enterrado prematuramente. Podrían sacarme ahí, antes de que muriera de asfixia. Mis pulmones no podían fallar. Tenía que gritar muy fuerte.

– ¡¡Socorro!! ¡¡Auxilio!! ¡¡Estoy vivo!! ¡¡Soy Shamôht Mähceheb!! ¡¡Estoy vivo!! ¡¡Sáquenme!!

Los gruñidos de los canes cesaron. En apenas segundos, pude escuchar fuertes golpes tras mi cabeza. Era el ruido de un pico, derribando mampostería. Yo debería haber estallado de júbilo, pero un horror aún más espantoso que el de saberme enterrado vivo me afligió espantosamente. ¿Por qué habían reaccionado tan rápido?

El pico alcanzó la madera, se incrustó a pocos centímetro de mi cara y estuvo a punto de herirme. Al retirarlo, entró aire del exterior, pero apenas luz. Parecía ser de noche. ¿Quién me desenterraba a esas horas?

Una cascada de recuerdos horribles me sobrevino, encabezados por los gritos de auxilio de Rimhîd Zitwóröh. Rimhîd era el mejor bombero que jamás conocí. El más fuerte en el gimnasio, pero también el más lúcido y capaz ante situaciones de peligro. No podría recordar cuántas acciones heroicas había realizado, despertando la sincera admiración de todos en el Parque Norte.

Aquel hombre imploraba ayuda. Recogí las dos Rälzthw IV y, protegiéndolas bajo mi ropa ignífuga, me dirigí al patio. No pude llegar. Un fuerte movimiento sísmico sacudió el suelo bajo mis pies justo al alcanzar la puerta de acceso. Cayeron varios arcos de piedra que estuvieron a punto de aplastarme. La tierra se abrió, haciendo emerger más lava y todo mi grupo quedó aislado, en una pequeña isla, rodeada de aquel hirviente infierno de magma rojo. Ya no podría ir hasta ellos.

Los golpes de pico habían cesado. Comenzaban a estirar del féretro. Debía pesar mucho, pues se oían fuertes jadeos, mientras caían al suelo los cascotes de la mampostería derribada.

– ¡¿Hola?! – Pregunté – ¡¿Quién es usted?! ¡¿Quién me libera?!

No recibí más respuesta que unos gruñidos. Ya no me parecieron los de un perro. Mi terror no cesaba de aumentar.

Un extraño recuerdo, como una ensoñación, vino entonces, de improviso. Yo estaba tumbado, en esa misma caja de madera, aún sin tapa, vestido con mi mejor traje y rodeado de ramos y coronas. No podía hablar, pero escuchaba todas las conversaciones, incluso las de quienes estaban en el pasillo del velatorio. Mi hermana y mis padres lloraban desconsolados. Yo quería tranquilizarles, decirles “no sufráis”, “despertaré”, pero no me era posible.

Mi oído se centró en una conversación entre los compañeros del Parque Norte. Relataban en secreto absoluto lo sucedido la noche del lunes en el museo. Que la policía tuvo que abatir a tiros a tres bomberos y sólo salió viva la única mujer de nuestro grupo, la cabo Rehtäeh Rehprâh. Ahora permanecía encerrada en el psiquiátrico, donde no podía recibir visitas y si no la ataban, golpeaba sin cesar su cabeza contra la pared.

Rehtäeh era mi esposa. Años atrás, había sido novia de Rimhîd, pero él nunca estuvo interesado en ascender dentro del cuerpo, pese a sus extraordinarias aptitudes, y ella acabó considerándole un perdedor y dejándole. Era tan bella que podía haber escogido al hombre que quisiera, y yo tuve esa fortuna.

Mi memoria visualizó entonces su inseparable gargantilla. Era un regalo mío. Antes, fue de mi madre, de mi abuela y de varias generaciones de tatarabuelas que se perdían en la noche de los tiempos. Su metal no era oro, sino que tenía un brillo verde violáceo. Un joyero que reparó el broche dijo desconocer aquel material, que nunca antes había visto. La cadena llevaba engarzadas una serie de figuras parecidas a embriones, algunas con una gran cabeza, otras con un prominente brazo o pierna acabados en aleta de pez, o un abultado tronco y apenas diminutas extremidades.

A Rehtäeh le fascinaban aquellos seres deformes. Yo nunca llegué a comprender su significado pero ahora, presa del terror, sin saber qué o quién trataba de arrastrarme fuera del nicho, en el féretro en que había sido enterrado prematuramente, caí en la cuenta de que el logotipo de las cámaras Rälzthw era una de esas figuras. Un extraño embrión con aletas y cola de pez, gran cabeza y ojos saltones.

Mi ataúd cayó al fin al suelo con gran estrépito. Me golpeé la nuca y me dolió terriblemente. El dolor me trajo otro recuerdo del patio del museo. También allí, un fuerte temblor sísmico me tiró hacia atrás y me golpeé la cabeza al caer. Traté de incorporarme, luchando por no perder la conciencia, pero me tambaleaba como un borracho.

Antes de derrumbarme definitivamente, entre los vapores sulfurosos de la lava, me pareció ver que el resto de bomberos del grupo atacan a Rimhîd con las hachas. Tenían los rostros desfigurados y enseñaban sus dientes como animales de presa enfurecidos. No podía ser real. No podía creerlo. Sin embargo, activé en el walkie la señal de alerta interna para la policía.

Se mezclaban ecos de gruñidos salvajes, los del recuerdo con los del presente. Unos últimos golpes de pico hicieron saltar la tapa de madera que me cubría. En efecto, era de noche. Me incorporé con dificultad, mis piernas eran muy débiles. Seguía escuchando gruñir, pero no lograba ubicar el origen con exactitud, parecía moverse en círculos a mi alrededor y yo no podía girar tan rápido. Tropecé con un bulto en el suelo y caí encima.

Era un cuerpo blando, aún cálido. Bajo el brillo de la luna y de las escasas farolas, reconocí su pelo y su collar. Mi fiel Zhtïe. Ya no respiraba. Alguna bestia feroz le había destrozado la joven yugular a mordiscos.

Entonces, aquella misma bestia cayó sobre mí y también hizo presa en mi garganta. Traté de zafarme, de apartarla, y algo se enredó en mis manos. Era la vieja reliquia familiar, la gargantilla poblada de embriones inauditos, como el logotipo de aquellas dos cámaras definitivamente abandonadas en el ataúd. ¿Quienes habían sido mi familia? Esa pregunta ya nunca iba a tener respuesta.

Un último recuerdo innecesario surgió de la bruma. Tirado en el suelo del museo, aún entre sacudidas sísmicas, yo luchaba por mantener abiertos los ojos. A lo lejos, en la pequeña isla rodeada de lava, tres bomberos parecían devorar los restos descuartizados de un hombre, mientras mi esposa Rehtäeh alzaba los brazos, en actitud de maestra de ceremonias.

Y aún creí ver que, entre las olas rojizas del magma, emergían también otros brazos. No estaban unidos a ningún cuerpo y, en vez de mano, mostraban en aletas de pez. Del mismo modo, había piernas, cabezas y troncos sin extremidades… Aquella visión infernal y enloquecedora duró apenas segundos. Dos agentes de policía pasaron sobre mí, esquivándome. Dieron el alto. Hubo disparos… No. No quise creerlo. Me negué a aceptar tales horrores, con todas mis fuerzas…

Todo en vano. La certeza, en forma de colmillos, desgarra ahora mi garganta. Con el último suspiro lanzo un grito inútil, porque esta vez no vendrán policías, y ella se ha transformado sin remedio en algo que ya no me reconoce.

– ¡¡No, Rehtäeh!! ¡¡¡No!!!

El nombre de la mujer amada

En ocasiones, resulta difícil discernir si es el destino quien cae de forma inevitable sobre nosotros, o si bien es nuestra propia conducta torcida, ya desviada desde la edad infantil, la causa de la desgracia que nos conduce a terminar nuestras vidas del modo más espantoso.

Mi nombre es Rërêhp Mèlkott, hijo de frau Mèlkott, quien también se apedilló así de soltera. Pertenezco a una de las familias más antiguas de Özhtig, entre las que todavía es tradición mantener en primer lugar el apellido materno, algo único en Europa.

Fui educado bajo una gran represión en todo lo que respecta a la relación amorosa con las mujeres. No me refiero tanto al sexo como al propio sentimiento de amar, sobre el que continuamente mi madre me avisaba para estar alerta y huir, como si fuese un peligro terrible, una prueba fatal para la que nunca iba a estar yo lo suficientemente preparado.

No había sido, en mi juventud, un hombre desagradable, ni feo, ni estúpido, ni mal educado… y desde luego hubo muchachas que se interesaron por mí, y yo por ellas. Pero el miedo inculcado desde la más tierna infancia me sobrecogía y paralizaba, haciéndome incapaz de entablar ninguna relación firme, más allá de los breves escarceos iniciales.

Mi juventud avanzó, todos mis amigos se habían casado o vivían en pareja, pero yo seguía empecinadamente solo. Mi padre me observaba con silenciosa preocupación, pero su gran temor hacia mi madre hizo que nunca se atreviera a hablar abiertamente conmigo sobre el tema.

Soy un hombre culto, y dado mi dominio sobre el griego, el latín y el säg, la ancestral lengua de nuestra región del Raëg, obtuve sin problemas una plaza como profesor en el Instituto Trähzöhm de Educación Secundaria. Me mudé a un pequeño piso de alquiler, para gran disgusto de mi familia, que esperaban verme en mejor posición, y continué viviendo solo.

Los días pasaban, empujando años, cuando ocurrió algo en apariencia fortuito. Detenido ante la luz roja de un semáforo, una bella mujer me preguntó por la biblioteca central de la ciudad, ubicada en el barrio viejo. Yo me dirigía precisamente allí y me ofrecí a acompañarla.

Curiosamente, cuando llegamos, no le interesó ningún libro, sino el propio edificio, que es de planta circular, algo inédito en nuestra conservadora arquitectura. Insistió en que bajara con ella al sótano, donde se conservan los volúmenes menos consultados, aunque una vez allí, siguió sin mostrar interés por ningún tomo.

En cambio, comenzó a darme detalles inauditos sobre mi propia vida. Me dijo, por ejemplo, que mi madre había enfermado de rubeola durante mi gestación, y aunque yo no sufrí daño alguno, ella lo vivió como el ataque de una fuerza oculta, que deseaba matarme para que no llegara a este mundo.

Sabía además que mi madre fue tarotista y astróloga, que consultaba el zodíaco a diario y que, en la biblioteca de la mansión familiar donde vivíamos, había conservado como su mayor tesoro cuatro grimonios profusamente ilustrados. Tres estaban escritos en latín, otro redactado en säg, el idioma originario de nuestra región.

Semejante discurso me dejó totalmente perplejo. Le pregunté inmediatamente su nombre, quizá era familiar de los médicos que habían atendido a mi madre entonces, pero no quiso darme sus datos. Y continuó:

Un día, siendo yo adolescente, mi madre me había descubierto leyendo su viejo libro en säg. Los guardaba bajo llave, pero yo supe cómo escamotearla. Montó en una cólera tan salvaje que incluso mi padre tuvo que intervenir al verla enarbolar un abrecartas. Apenas dos días después, caí enfermo. Una fiebre altísima me hacía tiritar de pies a cabeza, tenía un frío espantoso y necesitaba estar envuelto en varias mantas y beber agua y leche casi hirviendo.

La noche en que alcancé lo peor de mi enfermedad, mis padres obligaron a todo nuestro servicio a irse de la casa, y acto seguido, ellos también se marcharon. Pude escuchar las quejas y súplicas de mi padre, quien estaba convencido de que yo iba a morir. Pero mi madre, inflexible, y dotada de una fuerza de voluntad muy superior, le obligó a irse con ella.

Me quedé solo, delirando de fiebre, entre horribles pesadillas provocadas por aquellas lecturas prohibidas. Los viejos libros trataban sobre seres ancestrales, muy anteriores a nuestra especie, y capaces de hacernos retroceder hasta su condición, a base de provocarnos enfermedades, deformaciones y mutilaciones atroces.

Podía reconocerme entre las ilustraciones de víctimas inocentes, tiritando entre mantas, justo antes de sentir cómo comenzaban a desmembrarse sus cuerpos. El pánico me enloqueció en aquellas horas y, desesperado, grité a pleno pulmón en soledad. Al fin, me dormí exhausto, convencido de que ya no despertaría. Pero a la mañana siguiente no sólo sí desperté, sino que estaba curado.

En la biblioteca, mi asombro hacia aquella mujer desconocida no hacía mas que aumentar. ¿Cómo podía saber todo aquello? ¿Era una bruja? ¿Adivina? Escudriñé su rostro con atención. Tenía unas proporciones tan bellas y armoniosas que podía haber sido obra de un Fidias, un Rodin o un Miguel Ángel, pero había algo aún más extraordinario. Eran sus ojos, de un color marrón muy suave, dorados como la miel. No había visto nunca ojos así.

Ella parecía reírse ante mi perplejidad generalizada. Me dijo que no podía quedarse más, tenía que acudir a varias citas aquella tarde de sábado. Pero que regresaría allí el próximo lunes, a la misma hora. Y que por favor, yo también acudiese.

Tenía exámenes de mis alumnos para corregir durante el fin de semana, pero ya no pude hacer nada más que darle vueltas a la cabeza. ¿Quién demonios era y cómo podía saber todo lo más secreto sobre mí? Durante ninguna de las dos noches siguientes pegué ojo.

Tumbado en la cama, volvía a recordar muy claramente los viejos libros de mi madre. Sus versos sobre seres inauditos, que habían poblado este planeta cuando era aún muy joven, y ni siquiera el agua, la tierra firme y la atmósfera estaban claramente diferenciadas.

El elemento predominante entonces era el fuego. Pero el viento, la tierra y el agua llegaron a ser más poderosos y le derrotaron, confinándolo a las profundidades. Desde entonces, los seres ancestrales dormían bajo los volcanes extinguidos de nuestra sierra de Ehweöl, que en el viejo säg significa algo así como “las fuentes del mundo”.

Tras años de olvido, de repente, podía recordar a la perfección las ilustraciones de aquellos libros y casi cualquier detalle. El volumen más extenso llevaba por título “Antiquis res ignis” y era un incunable, obra de un tal Ïlthòs Grohhëgg, de Estrasburgo. ¡Con qué claridad volvía a aparecer en mi memoria, con los relieves dorados de sus gruesas tapas! ¡Como si lo tuviera de nuevo ante mí!

Los cuatro libros habían desaparecido tras la muerte de mis padres, en un incendio fortuito que se produjo estando la mansión vacía. Pero en aquella madrugada de lunes, me sorprendí a mí mismo recitando de memoria sus viejos salmos, que ni siquiera recordaba haber aprendido. Las rimas me alteraron los nervios de un modo estremecedor, eran capaces de tocar fibras demasiado profundas. Exactamente lo mismo había sentido de adolescente, al leerlos en secreto.

Sólo un pensamiento me calmó, y es que caí en la cuenta de que me había enamorado. En apenas una hora de conversación, aquella mujer desconocida me había desarbolado por completo. Estaba fundido, como un copo de granizo en un mediodía de agosto.

Durante la mañana del lunes no pude ir a trabajar, ni casi comer. No había dormido en dos noches y estaba pálido, con los ojos hundidos tras unas oscuras ojeras. No hice más que mirar el reloj esperando a que pasasen las horas y llegara el momento de nuestra cita.

Ella acudió puntual. Me pareció incluso más arreglada, mejor maquillada, recién salida de la peluquería… Estaba seguro de que había podido leer mis pensamientos, y sabía que yo estaba enamorado. Las advertencias infantiles de mi madre atronaron hasta hacerme pitar los oídos. Tenía que huir de aquella mujer, pero cómo hacerlo. Ya no podía, ni quería. Me sentí al fin libre del viejo veto.

Me miró sonriente y, casi sin decir palabra, nos besamos entre el silencio de los viejos estantes repletos de libros. Aquello fue el fin de mi débil lucha interior. Le entregué los últimos y mínimos rescoldos de mi resistencia.

En el centro del suelo de aquel sótano circular, me mostró una gran losa de piedra, también redonda. Dijo que ocultaba una escalera de caracol, por la que se descendía hasta una vieja cripta con un altar. Quería que la acompañase allí. Todavía, los últimos ecos de advertencia materna resonaron en mi memoria, pero la sonrisa de aquella desconocida tenía la capacidad de silenciarlos. Me escondí con ella a la hora de cerrar, cuando el bibliotecario pasó a comprobar que ya no quedara nadie.

Parecía saberlo todo. Desconectó la alarma con tanta habilidad como si hubiese trabajado allí toda su vida y, acto seguido, me mostró una pequeña abertura entre las losas de piedra del suelo. Le encajó una pequeña  pieza de madera que traía en el bolso, a la que dio vueltas, a modo de manivela. Ante mi asombro, algo parecido a un sistema electromagnético de repulsión alzo la losa circular un par de palmos y la dejó ingrávida, levitando. Sin esfuerzo, ella misma la apartó lo suficiente para poder descender.

Efectivamente, había una escalera de caracol. Ella traía dos frontales. Mientras bajábamos, me habló de los secretos de la ingeniería egipcia y de un norteamericano nacido en Lituania, llamado Edward Leedskalnin. Fue un largo descenso en el que yo siempre caminé detrás. Pude haberme dado la vuelta y marcharme corriendo, no me faltaban motivos… Pero no lo hice.

Al fin, llegamos a una profunda cripta de arquitectura inaudita. Era una esfera, diría que perfecta, pero además, tan lisa y pulida, que parecía moderno hormigón moldeado en vez de piedra. Tendría entre quince y veinte metros de diámetro.

En su centro, sobre el suelo curvo, se alzaba una mesa redonda de mármol labrado, de unos dos metros de diámetro. Estaba espantosamente rodeada de restos de calaveras, huesos y esqueletos, no todos reconocibles como humanos. Pero lo más aterrador eran los instrumentos de tortura, idénticos a los vistos las ilustraciones de los libros de mi madre.

Fabricados en cobre, mostraban una pátina de óxido azul verdoso. Sus formas retorcidas, en espiral, sus extraños motivos en relieve, representando aquella especie de fetos deformes con grandes cabezas, piernas o brazos, terminados en aletas de pez… eran imposibles de olvidar. Muchos estaban tirados por el suelo, otros colgaban en equilibrio precario desde las paredes curvas y el techo.

– Es inevitable – comenzó a hablar ella – que te quedes atado a este altar. Yo volveré a subir por la escalera de caracol y no regresaré.

– ¡¿Qué?! – respondí horrorizado – ¡No pienso hacer tal cosa!

– No lo entiendes. Ya debiste morir siendo niño, ahora has de hacerlo aquí.

– Tendrás que matarme tú, no voy a acceder a eso – insistí.

– ¡No! – dijo ella – No lo haré yo.

Un pequeño terremoto sacudió la cripta. Un suave seísmo de baja intensidad, pero la suficiente como para hacer caer una de aquellas lanzas oxidadas desde su argolla del techo, allí donde la esfera tenía su máxima altura, muy cerca del altar, junto al que me encontraba yo. El silbido en el aire me hizo mirar hacia arriba y, de ese modo, facilité que me atravesara el esternón.

Ella me sujetó para evitarme caer al suelo y me tumbó en el altar, depositando suavemente mi cabeza. El aliento y la sangre se me escapaban a borbotones. No podía hablar. Agonizaba. Ella tampoco dijo nada más. Me besó, dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras, dejándome morir allí, solo, a oscuras y sin haber llegado a conocer siquiera su nombre… El nombre de la mujer a quien amaba.