Me quitas las ilusiones

Cuando la vi por primera vez, ya hacía al menos un año que soñaba con ella. Tenía la misma voz siseante, la misma sonrisa con dos hoyuelos en las mejillas, los mismos ojos marrones y el mismo pelo negro rizado. Éramos aún casi niños, justo iniciábamos los estudios de secundaria. En mi ingenuidad, me sorprendió que ella no me reconociera a mí, como yo sí había hecho. No sabía hasta qué punto íbamos a crecer distintos.

Poco tardamos en cruzar miradas de complicidad. Teníamos las mismas aficiones, nos gustaban la misma música y películas, la misma clase de ropa… La conversación entre nosotros fluía tan fácil, que hubiéramos sido amigos hasta sin quererlo. Yo la adoraba, era la encarnación de mis visiones. Pero mi enorme timidez me impidió pedirle siquiera salir juntos. Ella nunca pudo perdonar aquella cobardía y su espontáneo amor se vio teñido por la primera mancha del reproche.

Finalizamos nuestros estudios y fuimos a la universidad, donde cursamos carreras dispares. Yo filología, especializándome en lenguas muertas. Ella económicas, su carácter pragmático ya no iba a dejar de crecer. Seguíamos viéndonos regularmente y, ya finalizados los estudios, me dijo que se se iba de aupair al extranjero.

Pasaron varios años sin noticias. Al fin, tuve que aceptar lo inevitable. Debía tener una relación, quizá hijos… y quizá nunca volviese a verla. ¿Qué iba a hacer? ¿Pasarme la vida enamorado de un recuerdo? Reuní mi fuerza de voluntad y durante muchos meses me esforcé en olvidarla. Un día, quise visualizar su rostro y ya no pude. No lograba recuperarlo en mi memoria. Me felicité a mí mismo, considerando que era el fin de un trabajo bien hecho.

Entonces me sobrevino una terrible tortícolis. Mi cabeza quedó totalmente girada hacia un lado, siendo incapaz de devolver el cuello a su posición normal. Tuve que ingresar de urgencias, donde por fuerza bruta y con un dolor espantoso me enderezaron. Me pincharon un calmante y me recetaron unas pastillas. Soy extremadamente delgado, y aquel fármaco era de acción muy poderosa por lo que, a la segunda toma, caí en un sueño formidable, lleno de luces de colores, en una placidez y bienestar absolutos. Entonces volví a ver su rostro, que me sonreía, y supe que ella no me había olvidado. Al despertar, la tortícolis desapareció.

Sabía que iba a volver a verla. Estaba completamente seguro y no me importaba el tiempo que tardase, porque ya nada me haría dudar. Dejé mi mísera vida de novelista sin éxito y me busqué un trabajo. No era gran cosa, administrativo en la fábrica Rälzthw, pero al menos me permitía tener autonomía económica y no depender ya de ayudas familiares. Comencé a hacer deporte a diario, natación y travesías montañeras por la cercana sierra de Ehweöl. Hice todo lo que creí que ella valoraba, impulsado por la certeza plena en que iba a volver a mi vida.

Pasaron de nuevo algunos años, pero no me importó. Cada mañana me levantaba pensando, queda un día menos para volver a verla. Llegaron las redes sociales y, un buen día, apareció por Facebook. Estaba más cerca.

Fue cruzando Rhlgnähwtrhf Avenue, la arteria principal de Özhtig. Nos vimos a lo lejos, cada uno a un lado del semáforo rojo. Sonreímos. Al cambiar a verde, casi echamos a correr, nos abrazamos, nos besamos… cambió, y los coches pitaban porque nosotros dudábamos hacia qué acera retroceder. Ella vivía de nuevo en la ciudad, incluso en el mismo barrio. Quedamos en vernos al día siguiente.

Aún después de los años, la conversación fluía tan fácil que nos cerraron el bar. Las sillas ya estaban sobre las mesas con las patas hacia arriba, olía a lejía y nosotros seguíamos… La relación de inmediato se estrechó, nos vimos con asiduidad… Volver a estar así, era ver cumplidos mi confianza, mi certeza y mi sueño más profundos. Nunca he sido tan feliz.

Pero llegaron los problemas. Ella era ejecutiva de una multinacional, viajaba por todo el mundo, y yo un simple administrativo de una fábrica. A sus ojos, un perdedor y un gandul. Querría haberme visto aspirando a algo mejor, pero yo nunca tuve interés en ver realizada mi vida a través del trabajo. Siempre había sido un bohemio volcado hacia el arte. Aquello nos separó de nuevo e hizo emerger mi antigua timidez, que creía haber superado. Torpemente, traté de explicarle de qué forma ella siempre había estado presente para mí, pero me reprochó severa que no la idolatrase.

Por contra, tenía una curiosa concepción esotérica del mundo. No creía en la fuerza de un sentimiento sencillo pero, en cambio, me hablaba de supuestas cosas ultraterrenas que yo no veo que existan o que al menos no puedo comprender. Me pareció honesto decirle lo que pensaba.

– Me quitas las ilusiones – volvió a censurarme.

Al fin, se enfadó tanto, que se marchó y no quiso saber más de mí. Con ella, la vida me abandonó. Primero quedé postrado en una silla, sin que los médicos hallasen un motivo biodinámico, ni un remedio eficaz contra el dolor que me paralizaba. Sólo la tenacidad del equipo de fisioterapeutas me fue recuperando. Pero al poco, comenzaron los dolores en el esternón. Yo no quería vivir. Sabía que mi infarto estaba cada vez más cerca y que no habría una tercera oportunidad para su regreso. No tuve miedo.

Y así una noche, nos volví a ver, a ambos, cruzando aquel semáforo. Mi Beatrice venía a guiarme por lo desconocido y yo corrí a sus brazos, llamándola con la voz del poeta:

– ¡Licht mehr licht!

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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