No seas forastero en Özhtig

Me alarmé sobremanera al recibir esta noche una llamada telefónica de nuestro mejor cliente en la agencia de seguros, el anciano señor Sähcnp Nähmrèhkz, poseedor de una de la mayores fortunas familiares de Özhtig. Pero mucho más preocupante aún resultó el motivo. Un encargo que sólo puedo calificar como aborrecible y repugnante, que jamás debí haber aceptado y del que ahora me arrepiento tan profundamente, que me hallo hundido en la más atroz desesperación.

Para un modesto agente como yo, llegar a perder el contrato del señor Nähmrèhkz representaba un varapalo económico terrible, por eso accedí a su ruego. Tengo una familia que mantener y unos compromisos que costear. Caso contrario, hubiese informado inmediatamente a la policía. Ahora, sin embargo, las dudas me consumen, porque si denuncio, él puede negarlo todo y aparecer yo como único culpable.

Özhtig no cesa de agitarse, barrida por una oleada de horribles sucesos acontecidos a partir del lunes por la noche, cuando un seísmo de mediana intensidad azotó al barrio viejo, haciendo brotar lava en el interior del enorme museo abandonado. En apenas tres días, se han acumulado diversas muertes, desapariciones, ataques violentos… y en todos los casos, es más que evidente un esfuerzo por ocultar o minimizar las posibles características más espantosas de lo sucedido. Incluso a nivel de nuestros asegurados, la policía y el hospital no nos han facilitado ningún tipo de detalle fuera de lo que se hubiese hecho oficialmente público.

He tenido que mentir a mi esposa, diciéndole que mi madre se había puesto enferma de forma repentina, para poder salir de casa. Pensaba en regresar lo antes posible… pero aún vago por las calles como un delincuente, cargando este oro odioso, y dudando si dirigirme a la comisaría o junto a mi mujer.

¿Pero cómo le podría explicar que el señor Nähmrèhkz me telefoneó pasadas las nueve de la noche, para pedirme que llevara un pico y una pala al cementerio Llëhcrùhp? Que los dejara en un lugar preciso y regresara, sin decir jamás una palabra a nadie… A cambio, recibiría una suma enloquecedora, astronómica, pero no de dinero, sino de oro a peso. Lingotes que ya me había ingresado en un banco suizo y cuya documentación podía pasar a firmar en ese mismo momento.

Aquello representaba mi jubilación y la de mi mujer. Los estudios en el extranjero de nuestros hijos… Por llevar un pico y una pala a un cementerio. ¿Y qué me importaba a mí? Era sólo dejarlos e irme. Me esperaban en una puerta secundaria de su mansión, a las afueras. Allí me darían las llaves del cercano camposanto, cuyos candados después no debía cerrar… Tuve que ir. ¿Cómo iba a decir que no?

Me recibió el anciano ya centenario ¡todavía en pie a esas horas! ¡y qué aspecto!. Sus ojos estaban casi en blanco, con las pupilas alzadas, parecía en trance. En la estancia contigua, y a través del resquicio de la puerta, vi a hombres jóvenes uniformados, excepto uno de corta estatura, con capa y capucha cubriéndole de pies a cabeza. Estaban alrededor de una mesa redonda con velas encendidas, una figurita de madera y varias fotos. Aunque cerraron apresuradamente, el encapuchado me pareció que podía ser el hijo. Ya no se le veía por Özhtig, dijeron que estaba enfermo, aunque nunca ingresó en el hospital.

Pedí leer la documentación financiera de mi oro. Algo sé de esto porque les he ayudado a solucionar asuntos de contabilidad, sobre todo relacionados con ese metal precioso, que no sé exactamente cómo obtienen… Aquel contrato era auténtico. Y yo sería dueño de una fortuna al devolver las llaves, apenas en media hora. El servicio me acompañó a la puerta y entonces advertí una foto caída al suelo, antes de que la pisaran con disimulo.

Era de Shamôht Mähceheb, sargento de bomberos de la ciudad, y también asegurado por mí. Había fallecido en los seísmos del pasado lunes, una de esas muertes poco o nada aclaradas. Su esposa, asimismo bombero e integrante de la misma patrulla, no falleció en el servicio, pero tuvo que ser ingresada en el Instituto de Salud Mental, sin régimen de visitas.

Cogí el coche con la cabeza como una turbina. Ni un alma en la carretera. Conduje sin problemas hasta las puertas de Llëhcrùhp, aunque aparqué, o mejor dicho escondí mi auto, un poco más lejos, a salvo de cualquier mirada. Me cubrí también yo con la capucha de mi grueso abrigo y alcancé raudo la puerta. Abrí los candados con facilidad. En pocos minutos, di con la dirección donde dejar la pala y el pico.

Era la zona de la familia Mähceheb. Demasiada casualidad. Justo cuando venía de ver la foto de bombero en el suelo de la mansión… surgida lo que parecía un rito ocultista, quizá vudú… Aquel hombre había sido enterrado ayer y yo traía las herramientas idóneas para abrir su nicho. ¿Pero quién iba a hacer ese trabajo? ¿Quizá deseaban enterrarme a mí en su lugar…?

No quise darle vueltas. Cumplí mi encargo y me marché. Ajusté los candados de la puerta metálica exterior sin cerrar con llave. Al poco, ya estaba a salvo en mi coche. Una firma y sería millonario.

Pero al encender los faros, la vi a lo lejos, corriendo agachada, entrando en Llëhcrùhp, justo por donde yo acababa de salir. Parecía más un animal que una mujer y sin embargo, estaba totalmente seguro de haberla reconocido… no en vano, fuimos amantes demasiado tiempo y yo nunca pude olvidarla. Era la bombero Rehtäeh Rehprâh, viuda del sargento Shamôht Mähceheb, junto a cuya lápida acababa yo de depositar las dos herramientas.

¿Qué hacer? Quise pensar sólo en los lingotes, pero no soy inhumano, aún la amaba. Volví a ponerme el abrigo y a traspasar furtivamente la puerta de metal. Una densa niebla se alzó entonces del suelo de grava. No era del todo extraño, pues esa zona de las afuera de Özhtig es pantanosa. Los vapores acostumbran a desvanecerse en pocos minutos, pero en aquel momento, las escasas farolas apenas permitían ver a un par de metros y yo no tenía linterna.

El sonido de un veloz trote emergió a mi espalda. Aumentó la intensidad, venía directo hacia mí, mas la niebla no me dejaba ver qué o quién era. Ya lo tenía prácticamente encima y el miedo me paralizó. Me sentí como una presa a punto de ser abatida, cuando de pronto… Era sólo un joven husky siberiano. Salió de la nada, pasó a mi lado como un rayo sin hacerme el menor caso y volvió a desaparecer en la niebla, cementerio adentro.

Seguía sin saber hacia dónde avanzar, entonces comenzaron los atroces sonidos. Primero, similares a una pelea entre perros, imaginé que uno era aquel husky ¿pero el otro? ¿Qué otro animal había en el cementerio? Porque Rehtäeh no podía gruñir así… aquello no era humano. Cuando cesó la furia de rugidos, dieron inicio los golpes del pico y el arrastrar de la pala. Estaban rompiendo mampostería. Me pareció también oír la apagada voz de un hombre… La niebla no me dejaba ver y sentía mi cuerpo temblar de terror.

Resonó entonces un fortísimo golpe de madera contra la grava y, como si hubiera activado un resorte secreto, la niebla comenzó a levantarse. Avancé con cuidado mientras llegaban nuevos golpes de pico, ahora contra madera. En pocos segundos, ya pude caminar más rápido y ahora sí, escuché claramente los gritos de desesperación de un hombre cuya voz reconocí, de nuevo, sin dudar. Era el sargento de bomberos Shamôht Mähceheb, enterrado justo ayer. Mis piernas se bloquearon, mi sangre se heló y regresaron los temblores. ¿El rito vudú lo había devuelto a la vida?

En ese instante preciso sonó mi teléfono móvil. Era mi mujer.

– ¿Cómo está tu madre? – quiso saber.

– Bien – dije bajando al máximo la voz – ¡Ya voy para casa!

Corrí con todas mis fuerzas hasta el coche. Arranqué y puse rumbo a la mansión Nähmrèhkz. Llamé a la puerta secundaria, sin éxito. Ante mi insistencia, apareció el mayordomo en pijama. Me preguntó alarmado qué se me ofrecía. Le expliqué que había quedado en ver al señor para firmar mis documentos. Me dijo que eso era imposible, pues a esas horas todos en la casa estaban durmiendo. Insistí en verle y me amenazó con llamar a la policía. Le invité a que lo hiciera, podría relatarles una larga historia. La discusión se alargó unos minutos que me parecían eternos hasta que, al fin, me dejó pasar. Aguardé en una salita nuevamente. Al rato, aparecieron aquellos jóvenes de aspecto militar y su pequeño jefe encapuchado me alargó el sobre con los documentos ya firmados por Nähmrèhkz. Sólo faltaba mi rúbrica.

Arranqué de nuevo el coche. Ya tenía mi botín de oro. El miedo dio paso a la euforia, comencé a aullar y a cantar… De nuevo, conduje sin problemas hasta casa. Pero justo tras dejar el auto en el parking y entrar al ascensor, tuve un terrible presagio. Algo difícil de definir, un miedo atroz, la certeza de que algo iba a salir muy mal. Necesitaba aire. Salí por el acceso para peatones que da a la calle trasera. Caminé en silencio, mirando mis pies sobre las losas… Acabé dando un par de vueltas a la manzana, aunque siempre evitando la entrada principal del edificio.

Seguro que mi mujer me había notado la voz extraña desde el cementerio, me haría preguntas… ¿Cómo le iba a explicar que ahora éramos ricos y teníamos una fortuna en lingotes de oro en Suiza? ¿Y si alguien me había visto en Llëhcrùhp y me relacionaban con algo… atroz? ¿Qué más pudo haber sucedido allí… que ya no llegué a ver? Mejor ir a comisaría, explicarlo todo y perder el oro… ¡Perder el oro! ¡Ni hablar…! No sabía qué hacer… Caminaba arriba y abajo, sin solución… Al fin, me decidí. Subiría y se lo contaría todo a Tëhnàhj… Bueno excepto que había sido amante de Rehtäeh, eso no era necesario… Pero el resto sí. Definitivamente.

Atravesé de nuevo aquella entrada peatonal y ya en el ascensor tuve el mismo negro presagio. Respiré hondo y no cejé. Iba a hablar con mi esposa. Estaba decidido. Puse la llave en la cerradura y me sorprendió que sólo estuviera echado el pestillo. Había luz en el comedor. Seguramente me estaba esperando, preocupada. La saludé desde el recibidor.

– Tëhnàhj, me alegro de que estés levantada, tenemos que hablar…

Al entrar quedé petrificado. No sólo me esperaba ella, sino también mi madre y el mayordomo del señor Nähmrèhkz, junto a cuatro agentes de policía.

– ¡Qué vergüenza! ¡Qué bochorno! – sollozaba mi esposa – Aquí delante de tu madre y de tus hijos ¿Pero cómo has podido hacer semejante atrocidad? ¡Desenterrar a un muerto para robar dos míseras cámaras de fotos!

– ¡Siempre fuiste un avaro! – añadió mi madre.

– ¡¿Qué?! ¡¿Yo?! – me alarmé – ¡Yo no he hecho nada!

– Aquí están los documentos que ha forzado a firmar al señor Nähmrèhkz – dijo uno de los agentes tras cachearme.

– ¡¿Qué yo he forzado?! – me indigné.

– Acompáñenos al parking caballero – requirió otro de los agentes.

– ¡Ya me lo dijo la astróloga cuando nació! – desveló mi madre – ¡Este hijo le dará graves disgustos!

– ¡Devuélvanme esos documentos! ¡Son míos! – quise reivindicar.

– ¡Acompáñales al parking y cállate! – ordenó mi esposa – ¡Qué bochorno tan espantoso para tus hijos!

– Mañana por la mañana – expuso el mayordomo – el señor Nähmrèhkz acudirá a la policía fiscal para dar parte de todos los movimientos fraudulentos que este hombre ha hecho con el oro de la familia, abusando de nuestra buena fe y confianza.

– No le quepe duda que todo el peso de la justicia caerá sobre él – afirmó otro agente.

– ¡Tendremos que irnos de Özhtig! – gemía mi madre.

Bajé con dos agentes en el ascensor hasta mi automóvil y abrí el maletero. Dentro, había una enorme bolsa de plástico, muy abultada, y a la vista, dos viejas pequeñas cámaras fotográficas Rälzthw. Las lágrimas me cegaron los ojos, no podía dar crédito.

Mientas me esposaban, recordé que la familia de Shamôht Mähceheb pidió que le enterrasen con ellas. La empresa Rälzthw había sido fundada por su abuelo y afirmaron que él las guardaba como amuleto personal. Pero se supo que se trataba de dos prototipos únicos, nunca fabricados en serie, porque aparecieron en Özhtig tres «camera hunters», ofreciendo altísimas sumas en nombre de coleccionistas que preferían mantenerse en el anonimato. La familia desestimó cualquier cifra e insistió en enterrarlas con el difunto. Consideraron que estaban relacionadas con el seísmo y sólo podrían traer desgracias…

Los agentes descargaron el grueso bulto envuelto en la bolsa de plástico y lo abrieron en el suelo del parking, junto a mi coche. Era el cadáver de la bombero Rehtäeh Rehprâh, viuda del sargento Shamôht y mi ex amante. Tenía el rostro extrañamente deformado, parecía un animal, y gruesos restos de sangre y vísceras en la boca, las manos y el pecho; también había rastros de pelo del husky. La habían abatido de dos disparos en la cabeza. Otro agente halló una pistola en la guantera de mi automóvil.

– Espero que tenga un buen abogado – dijo el policía.

Era demasiado ridículo, pero años atrás, se derrumbó uno de los bloques de viviendas propiedad de Nähmrèhkz, en el suburbio Norte de la ciudad. Hubo que pagar una fuerte suma a todos los inquilinos afectados y, durante el juicio, el testimonio del jefe de bomberos Shamôht Mähceheb resultó clave para que el juez sentenciara en nuestra contra. Fue entonces cuando Rehtäeh y yo nos separamos. Tras el juicio, Nähmrèhkz juró venganza. Pero jamás imaginé que sería esto, ni utilizándome a mí… ¿Por qué a mí? ¿Por qué destruirme…? En el fondo no me resultaba tan incomprensible, tras ver la reacción de mi propia madre y esposa… Özhtig siempre me había tratado con una especie de rencor secreto.

Ya camino de comisaría, llamaron por radio desde el coche, avisando de nuestra llegada. En la central, no eran capaces de entender mi nombre y apellidos, tuvieron que deletrearlos dos veces.

– ¡John Smith! ¡J-o-h-n! ¡S-m-i-t-h! – repetía el agente – No es de Özhtig. Sólo su madre. Volvieron hace muchos años, y ahora él está casado con una mujer de aquí y tienen dos hijos… pero es sólo un forastero.

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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