Saldar cuentas con mi peor enemiga

Cuando me dijeron que mi marido se había arruinado, apenas podía creerlo. Mi nombre es Ähiràm Sâllahc y pertenezco a una de las familias más antiguas de Özhtig, aunque ya sin el esplendor de otros tiempos. Él, a la inversa, era heredero de una joven fortuna, y casarse conmigo le sirvió para entrar en círculos sociales a los que de ningún otro modo hubiese tenido acceso.

No obstante, allí se encontró con la horma de su zapato. Llegó pensando en hacer negocio y extraer beneficio de otros, pero fueron los otros quienes menguaron su capital hasta la bancarrota. Meses antes del fin, comenzó a beber sin control y se hizo adicto a la cocaína. Intenté ayudarle a recuperarse, pero no tuve éxito. Cada vez iba a peor, y antes de verme arrastrada al mismo foso que él, cogí a mis dos hijas, nuestras cosas, y nos fuimos.

Apenas tenía dinero para pasar tres meses, teniendo en cuenta que las niñas estaban en edad escolar y yo tenía que asumir también los gastos de su educación. Desesperada, busqué quien me diera trabajo, y me lo ofreció Ätahnr Ïhdlàbht, una mujer conocida de mi esposo, y con la que yo había entablado cierta amistad apenas los últimos meses.

Ätahnr trabajaba como comercial en la empresa Rälzthw de cámaras fotográficas, que tiene su fábrica ya casi centenaria en el barrio viejo de Özhtig. Pensé que me iba a ofrecer un trabajo en condiciones similares, pues yo a ella jamás le hice un desprecio pese a nuestra muy diferente clase social. Sin embargo, me ofreció un puesto de limpieza. No pude decir que no, no tenía otra cosa, estaba desesperada y necesitaba el dinero, por poco que fuera.

Soporté dos eternos años, sólo por mis hijas. Durante aquel tiempo, Ätahnr se dedicó sistemáticamente a humillarme, exigiéndome retirar la taza de café sucia de encima de su escritorio, cuando no lo derramaba por el suelo para que yo lo fregase, o censurando si había suficiente papel higiénico de repuesto en el inodoro de la planta.

Respecto a la fábrica, qué decir, Todavía no sé exactamente a qué se dedican allí. Desde luego, no a vender cámaras. Ella era la única comercial de la casa y no hacía absolutamente nada. Se pasaba el día encerrada en el despacho, escribiendo sandeces en redes sociales, llamando al peluquero o directamente buscando consorte, porque a sus cuarenta y dos años, seguía soltera y aparentaba, al menos, el doble de esa edad.

Quizá debido a un exceso de rayos uva, su cutis estaba terriblemente ajado. No sólo tenía surcos, sino la piel escamada, e incluso padecía cierta rigidez facial, que le daba un aire inexpresivo. Hacía lo posible por ocultar su escaso pelo con extensiones, pero en breve, iba a necesitar más bien toda una peluca. Ya no tenía cejas, ni pestañas, pese a que sus ojos eran cada vez más redondos y saltones. También sus uñas eran horribles, gruesas, encorvadas… las cortaba al rape y mantenía ocultas bajo otras postizas de porcelana.

Creo que a los pocos meses de estar allí ya había decidido matarla, pero no de cualquier modo. Primero, dejaría pasar un tiempo prudencial, todo el necesario para que nadie me relacionara con el suceso. Por supuesto, jamás hice visibles mis intenciones, ni las comenté. Ante todos, siempre sonreí, fui sumisa y le di las gracias por la oportunidad laboral que me había brindado cuando más la necesitaba.

Mis angustias económicas continuaron hasta que, por fortuna, di con un pequeño local, de alquiler asumible y en una zona agradable. Dejé atrás aquella fábrica en la que jamás vi una cadena de montaje, ni un muelle de carga y descarga para transportes. Me establecí por mi cuenta, dedicándome a la elaboración de bombones artesanos. El inicio fue duro, pero pasados unos meses, me convertí en una reputada chocolatera, dejando atrás mis asfixiantes penurias. Pude haber vivido ya tranquila. Hacía más de un año que no veía a Ätahnr, ni sabía de ella. Sin embargo, mis ganas de matarla continuaban indemnes.

Las cosas se pusieron de cara a mis planes el fin de semana de carnaval. Özhtig no estaba para alegrías, sino convulsionada tras haber sufrido un seísmo el lunes anterior, con diversas muertes y desapariciones. Las autoridades cancelaron los festejos, así que las niñas se fueron a Bautzen, a casa de mi cuñado, para disfrazarse junto a sus primos. Me resultó muy fácil descubrir a través de las redes sociales a qué fiesta privada se dirigiría ella y a qué hora. El lugar lo conocía perfectamente. Era un gran caserón, en el cercano municipio de Örhneb, propiedad de Sähcnp Nähmrèhkz, un repulsivo anciano que, al conocer mi divorcio y mi ruina, había osado insinuarme que mantuviese una relación con él, pese a su extrema y decrépita vejez. La fiesta la debían organizar sus sobrinos, pues el hijo de Nähmrèhkz era también ya anciano y no tenía descendencia. De hecho, nadie le había visto en Özhtig desde hacía mucho, dijeron que padecía una extraña enfermedad dermatológica.

En cualquier caso, aquella gran casa tenía un sinfín de recónditos pasajes subterráneos. De niña, mis padres habían sido invitados en varias ocasiones por los Nähmrèhkz junto a otras familias nobles de la región, y a los hijos nos encantaba jugar al escondite por las catacumbas sin fin. Aquello terminó cuando dos pequeños de la familia Nìnûhnëhm, con apenas cuatro y seis años de edad, desaparecieron sin rastro. En vano les buscó la policía con perros rastreadores durante semanas. Nunca más regresaron. Los padres insistieron en hacer derruir la casa, pero el viejo Nähmrèhkz se opuso y ellos murieron a los pocos meses, en un cruce de Özhtig, atropellados por uno de los escasos camiones que pueden salir en meses de la fábrica Rälzthw. El conductor resultó ser un peligroso delincuente, un sicario, que lo había robado. Durante largo tiempo se barajó la hipóteis de asesinato, algo que finalmente no se pudo demostrar.

Conociendo a aquel anciano repugnante, estaba segura de que ni siquiera habría cerrado los accesos a los antiguos túneles. Sólo necesitaba una excusa para atraer a Ätahnr conmigo y conducirla lo más abajo posible. Recordaba una cripta recóndita, con un mugriento altar de piedra, recubierto por la hez viscosa negra que supura ese subsuelo enfermo. Hay allí antiguas dagas y lanzas de cobre con formas espirales, recubiertas de cardenillo a causa de la humedad. Si preparaba mi trampa con astucia, ella no tendría escapatoria.

No me costó introducirme entre los proveedores de la fiesta como catering de repostería. Planifiqué a fondo el asunto. El día señalado, bajé de nuevo a la cripta con suficiente antelación y vi aquellas armas derrumbadas… No podía fallar. Llegaron los primeros invitados. Comenzaba mi gran noche.

No tardé en localizarla, bajo un disfraz de cortesana, con antifaz de quita y pon, a modo de anteojos para la ópera. Ni siquiera el abundante polvo de arroz lograba disimular las escamas de su piel, que había empeorado gravemente durante el último año. La seguí por el caserón a cierta distancia, disimulando repartir dulces con una bandeja. Intentó acercarse a varios hombres jóvenes que la rehuyeron, con burlas de más o menos crueldad según la cantidad de alcohol u otras substancias que hubiesen acumulado en la sangre. Pobre desgraciada. Aún y así, mis ganas de asesinarla permanecían inalterables.

Al fin se quedó sola. El lugar era perfecto. Estaba en la planta baja, en un cuartito contiguo a la cocina, una antigua despensa desde la que había una entrada a las catacumbas inferiores. Hablaba por teléfono, era una conversación intrascendente con su servicio doméstico, e iba a ser la última. En cuanto colgó, me hice la encontradiza.

– ¡Ähiràm! – se sorprendió.

– ¡Ay, hola! – fingí.

– ¿Qué haces aquí? – quiso saber.

– Pues ya ves, mi actual trabajo… me dedico a la repostería. Por cierto – cambié rápido el tema de conversación – ¿has visto a Brigitte entre los invitados? Antes me ha parecido verla y quería preguntarle algo, referente a unas viejas joyas…

– ¿Brigitte? ¿esa francesita…? Pues no lo sé – dudó – ¿Y de qué se trata?

– Bueno, quiero ampliar mi pequeño negocio – mentí – Aún me quedan unas joyas de la familia y había pensado venderlas… ¿Recuerdas aquellos pendientes y el colgante que no eran de oro, sino de ese raro metal que tiene un brillo entre violeta y verde…?

– ¡Sí, cómo olvidarlas…! ¿Aún las tienes? Pensaba que ya las habrías vendido…

– No, todavía las tengo… ¡porque son piezas son tan poco comunes! Tan exclusivas… Nadie sabe su antigüedad, ni su valor… Por eso pensé que ella, como es una verdadera experta…

– ¿Brigitte una experta? – se ofendió – Apenas sabe distinguir el oro de la plata… Además, no sólo las tasará, seguro que querrá comprártelas… Es tan envidiosa…

– Claro, claro… – le confirmé – ¿Pero la has visto arriba? Creo que es la persona indicada para enseñárselas y si me las compra, pues perfecto…

– ¡No se las vendas a Brigitte! – exclamó – Antes te las puedo comprar yo, y por mejor precio que ella.

– ¡Oh no, por favor Ätahnr! – fingí – Tú ya me ofreciste un trabajo cuando más lo necesitaba… No me sigas ayudando, sentiría que abuso de ti… En cambio, la francesita…

– ¡Olvídala! – estaba indignada – Tienes las joyas aquí por lo que veo. Enséñamelas, aunque seguro que son las que recuerdo…

– Las he dejado abajo Ätahnr, en las catacumbras. Allí nadie entra y por aquí pasa tanta gente… no me fiaba… Quizá te de miedo bajar, por eso, buscaré a Brigitte…

– ¿Miedo? – estaba ya furiosa – ¡¿Yo miedo?! ¡ Bajaré de inmediato!

– No sé cómo agradecértelo – sonreí.

– No habrá nadie por aquí que nos esté escuchando ¿no? – preguntó asomándose a la puerta de la cocina – No quiero que nadie nos oiga, ni nos vea ir. Prefiero que estemos solas para negociar lo que sea necesario, pero con calma y entre amigas…

– Por supuesto, vamos. Yo tengo una linterna.

– Yo llevo la del móvil.

Comenzamos a descender por aquellos lóbregos y húmedos escalones. El altar estaba en lo más lejos y profundo que yo conocía. Aunque Ätahnr gritase, nadie la podría oír.

– Ni siquiera sé la antigüedad de las joyas ni su valor… – repetí.

– No te apures, te haré un buen precio.

Atravesamos los cuartuchos que parecían mazmorras y sus pasillos con un techo de piedra abovedado tan bajo, que nos tuvimos que agachar. Algunos ratones y pequeñas serpientes huían al ver llegar nuestra luz.

– Si que las has dejado lejos.

Pronto comenzaba a quejarse. Sus zapatos nuevos se hundian en el fango y resbalaban sobre las irregulares piedras.

– Quizá sea mejor volver – sugerí – Vas a estropear esos zapatos nuevos tan bonitos… Busquemos a Briggite, puede que ella traiga un calzado cómodo, como yo…

– ¡No! ¡sigamos!

Olía a podredumbre y las paredes ya aparecían cubiertas de aquella mugre negra enfermiza. Quizá hubiese llegado a ser musgo al aire libre y bajo la claridad del sol. Pero aquí, nada saludable podía vivir.

– Se nota que conoces bien estos túneles – afirmó entre jadeos.

– Jugábamos en ellos de niños.

– Sí, ya lo recuerdo.

¡Qué horrible mentirosa era! Jamás jugó allí, sólo lo hicimos los hijos de las mejores familias de la región del Raëg, entre las que, desde luego, no estaba la suya. Sus orígenes, por cierto, eran bastante brumosos. Su primer apellido, Ïhdlàbht, era tomado de la madre, fallecida años atrás por cáncer de ovarios. Al parecer, siempre había sufrido tremendos dolores de menstruación y, llegada la menopausia, desarrolló el tumor. Había sido ingeniera de la Rälzthw, aunque apenas nadie parecía conocerla, dijeron que vivía obcecada por el trabajo. El padre era del todo desconocido. Se rumoreaba que pudo ser un marino mercante, fallecido en América del Sur al poco de nacer ella.

– Me duelen los pies – dijo con voz cansada – Ya debemos estar incluso fuera de la casa.

– Sí – confirmé – las catacumbas conectan aquí con las grutas de la sierra de Ehweöl.

– Ah, sí, sí… es cierto…

De nuevo, aparentaba saber de qué le estaba hablando. Era su estilo. Por eso ansiaba mis joyas, para poder mentir después, diciendo que eran herencia suya, de sus propios antepasados… Pero no las tendría. Sólo la muerte.

– Ya queda poco – la tranquilicé – Apenas un esfuerzo más.

Llegamos al fin a aquella cripta subterránea con su pequeño altar de piedra, muy desgastado por la acción putrefacta de la mugre negra. Pese a todo, aún se podían apreciar relieves con unas figuras amorfas, similares a embriones, unas con gran cabeza, otras con un gran brazo o pierna, terminados en aleta de pez.

– Son las mismas formas de tu colgante y tus pendientes – observó jadeando Ätahnr – Claro, por eso los has traído aquí. ¿Dónde están? ¡Qué ganas de verlas!

– En una caja, justo en ese gran hueco de la roca, tras el altar – le señalé.

Mientras se asomaba, lancé la vista alrededor, en busca de una de las viejas dagas o lanzas recubiertas de verdete. Pero no hallé ninguna. Ätahnr ya se volvía hacia mí, aunque sin decir palabra. El teléfono que usaba como linterna cayó de su mano, al suelo. Entonces, vi q tenía el cuello atravesado por una de aquellas lanzas de cobre. Ella también cayó. Estaba muerta.

– ¡¡¡¡Aaaaaaahhhh!!! – grité.

Dos seres espantosos emergieron del recoveco de la cripta, enarbolando las viejas armas roñosas. Parecían simios, aunque de escaso pelaje. Apenas un metro de estatura, encorvados, raquíticos, extremadamente patizambos y deformes. Sus ojos eran negros, carecían de iris y estaban totalmente hundidos en las órbitas. Mi luz les enfurecía y se protegían de ella con las manos. Mostraban una actitud tan agresiva que no tuve dudas de que también iban a matarme. El que era un poco más alto pronunció algo, en un tono de voz que me resultó remotamente famliar:

– ¡¡Nìnûhnëhm!! ¡¡Nìnûhnëhm!!

Quedé petrificada, aún antes de recibir el impacto de su lanza… No podía ser. No podían ser aquellos dos preciosos niños…

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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