El extraño caso del hombre que creía ser una semilla

Hallaron al espeleólgo Niêht Snihbür entre la vegetación, tumbado en posición fetal, a unos cincuenta metros de la entrada de Dâlhblëss, la gruta de paredes lisas. Antes de perder el habla, dijo haber salido despedido de aquella caverna a gran velocidad y haber rodado, topando contra varios árboles hasta detenerse. Aceptó que le abrigasen, pero no quiso comer nada. Lo único que pidió fue agua, y quedar enterrado en tierra fértil y abono. Se creía una semilla.

Dâlhblëss se encontraba a un par de días a pie desde el valle de Fönnihl, a través de una de las zonas menos transitadas de la cordillera de Ehweöl. La caverna recibía su sobrenombre por tener sus oscuras paredes en muchos tramos tan perfectamente pulidas como si se hubieran moldeado en hormigón, pese a ser de roca.

Apenas era visitada desde hacía más de medio siglo. Poco antes del fin de la II Guerra Mundial, oficiales y arqueólogos de las SS nazis dijeron haber hallado allí imponentes estructuras megalíticas, así como ciertas reliquias esotéricas talladas en madera. Aquellos individuos murieron en el hospital de Özhtig aquejados de devastadoras fiebres. Ninguna expedición científica posterior pudo certificar su relato, pero el lugar quedó marcado por la leyenda.

El Sr. Snihbür era el único superviviente de un grupo de cuatro. Llegó también al hospital de Özhtig, acurrucado, tras su rescate a cargo de dos guardas forestales, 24 horas después de haberse activado la alerta de búsqueda. Con la doctora Äcila Àcorrahl, de medicina interna, de baja forzosa tras sufrir graves agresiones por arma blanca, en un primer momento se decidió que fuera el doctor Truöhc Nonräh, especialista inmunólogo, quien llevara el caso.

Pero los análisis de sangre no mostraron nada inusual en el organismo del espeleólogo, salvo la falta de alimento que se seguía negando a ingerir. Igualmente, no existía ningún impedimento biomecánico que paralizara su anatomía, salvo que él no quería moverse. En consecuencia, y dado que caso se limitaba a un bloqueo traumático, me fue transferido a mí. Mi nombre es Ahrálhk Zhtrühw, soy doctora psiquiatra y directora del Instituto de Salud Mental de Özhtig.

Desde que Niêht Snihbür fue hallado por la pareja de guardas forestales, hasta que pudo llegar el helicóptero que los devolvió a Özhtig pasaron casi cuatro horas. Durante ese tiempo, y antes de que el paciente se negase por completo a hablar, uno de los guardas, hombre de cierta cultura y feliz intuición, le interrogó largamente, anotando en una libreta todos los detalles, hasta hilvanar una historia que ha sido la base de mi trabajo.

Apenas nada de lo que el Sr. Snihbür reporta se corrobora con los mapas topográficos disponibles de la gruta. Su discurso es de carácter sobrenatural y no admite prueba empírica. Como psiquiatra, debería asociarlo a su mundo onírico y a su Ello. No obstante, desde el principio, me pareció que sólo era una historia falsa.

Es lunes por la mañana y tercer día de expedición, cuando el grupo de cuatro exploradores entra en la gruta. Avanzados veinte metros, dice, optan por seguir un trayecto inédito (no cartografiado) que desciende con suavidad, describiendo largas y sinuosas curvas, como el curso natural de un río. En ocasiones, se abre en dos o tres brazos que se reencuentran a los pocos metros. Progresivamente, las paredes son más perfectas, pulidas y de contorno casi circular, hasta volverse un túnel zigzagueante de color azul-grisáceo y tres metros de amplitud. Sobre el suelo, siempre seco, apenas hay oscuros guijarros redondeados. Una suave brisa trasera les acompaña.

Tras unas dos horas descendiendo, alcanzan una enorme e inaudita cavidad. Tiene forma de donut o, en términos geométricos precisos, de toroide. Sus paredes, piso y techo forman una sola superficie curva continua, perfectamente lisa. Bajo el medidor láser, alcanza siete metros de diámetro y cuarenta de longitud en su perímetro exterior. Mientras le dan la vuelta, la brújula gira alternativamente 180º cada pocos segundos, siguiendo un invisible pulso magnético. Resulta imposible ubicar el Norte. Notan una leve angustia en el estómago y/o cefaleas. No ven ninguna otra salida y consideran que la gruta termina allí.

El Sr. Snihbür es además fotógrafo aficionado y, como algunas otras personas de buena posición de Özhtig, utiliza una cámara Rälzthw-E, del fabricante local. Según narra, dicha cámara permite captar luces extremadamente tenues. De ese modo, tras solicitar a sus compañeros que apaguen frontales, observa un débil resplandor. Se dirigen hasta él a oscuras.

En esa zona y junto a la pared interior del toroide, hay unos cuantos guijarros rodados en el suelo. Ante su mirada incrédula, uno de los cantos emite una muy tenue luz dorada, mientras se desliza lentamente. Se detiene al fin en un punto preciso y, sin dejar de brillar, tiembla durante unos pocos segundos, justo antes de alzarse levitando. Primero muy despacio, luego cada vez vez más rápido. Rebasa sus cabezas y sigue subiendo. Cuando ya sólo esperan que choque contra el techo, gira hacia la pared interior y desaparece. Inmediatamente, los cuatro iluminan el lugar con sus frontales. Casi en el extremo superior de dicha pared, a unos seis metros de altura, hay una apertura circular lo bastante amplia para poder pasar agachados. La gruta de Dâlhblëss continúa por allí.

Trepan haciendo uso de copas de succión, cuyo manejo dominan, y pasan agazapados el nuevo túnel circular. Es muy corto, y les aboca a una terraza donde quedan sin palabras.

Bajo sus pies se abre un precipicio sin fin, que parece hundirse en las propias entrañas de la Tierra. A cientos de metros de distancia, advierten una suave luz rojiza y asciende algo de calor. Están en una nueva cavidad, inmensa, con forma de cilindro o quizá de cono invertido, con treinta metros de diámetro en esa zona superior. Una bóveda azul-grisáceo, tan perfectamente lisa como el resto, se cierra apenas a un par de metros sobre sus cabezas.

El pequeño balcón que les acoge tiene unos cuatro metros cuadrados y forma de pentágono. En tres de sus vértices hay unas peculiares estatuillas de madera, probablemente talladas en caoba. Representan un tosco hombre erguido, al estilo de las figuras hieráticas de la antigua Grecia. Observan que los dos extremos vacíos muestran desperfectos en la base de piedra pulida y deducen que las piezas que faltan debieron ser arrancadas de allí.

Las figuras tienen una palanca trasera. El propio Sr. Snihbür acciona la de una. Cabeza y extremidades se contraen y acaba formando un óvalo liso. Sus compañeros repiten la operación en otra y quedan aterrados. En ésta, las extremidades se separan del tronco, así como la cabeza, cuyo rostro pasa a reflejar una mueca de dolor escalofriante. Antes de poder probar la tercera, un ruido pavoroso asciende y tiembla toda la gruta.

Desde la profundidad inabarcable y hasta el techo de la oscura bóveda, emerge en segundos una columna vertical de lava, rotando en forma de vórtice. Se mantiene a unos dos metros de ellos, girando, como impulsada por un motor invisible. La calor es asfixiante y se sienten desvanecer. Pero lo más asombroso, continúa relatando, es que en el interior de la lava aparecen unas extrañas criaturas, parecidas a embriones, con una gran cabeza, ojos saltones, aletas y cola de pez. Recuerdan, según dice, al logotipo de la propia cámara fotográfica Rälzthw.

Un fuerte tornado de viento se desata alrededor del de lava y los tres compañeros del Sr. Snihbür son violentamente succionados hacia su interior. Él, en cambio, sale despedido por el corto túnel de acceso, y regresa al toroide donde, a altísima velocidad, da innumerables giros, volteretas y vueltas enteras al perímetro, antes de alcanzar la otra salida, ubicada en la parte inferior. Recorre de nuevo el túnel de curvas sinuosas, por el que ahora asciende raudo y sin golpearse, todo son giros fluidos. Sale de allí, atraviesa la entrada de la cueva, es expulsado, y ya sí, rebota contra varios árboles antes de detenerse. Lo último que ve, es el cielo nocturno, después, pierde el sentido dando por hecho que morirá. Fin de las notas.

Mi conclusión como científica es obvia. La caverna de Dâlhblëss está totalmente cartografiada desde hace décadas, no existe esa gruta circular ni todo el resto. Tampoco los agentes forestales vieron árboles violentamente golpeados, ni el paciente tiene hematomas o cicatriz alguna. La historia, repito, es falsa. Sólo quedaba dilucidar si era ensoñación o algo peor.

Los tres acompañantes del Sr. Snihbür eran, como él, jóvenes hombres de negocios de posición acomodada y espeleólogos aficionados con probada experiencia. Dos procedían de Leipzig y el tercero de Berlín. Ante su desaparición, evidentemente, la policía recorrió palmo a palmo la gruta y, con la ayuda de perros rastreadores, no tardaron en hallar los cadáveres. En un recodo profundo, allí donde las paredes no son lisas y podía disimularse mejor un tosco trabajo de mampostería. Habían sido emparedados. Su cuerpos estaban mutilados brutalmente, con la cabeza y las cuatro extremidades separadas del tronco. La investigación sigue en curso y el juez no ha permitido revelar todos los detalles de la autopsia, pero sí algo bastante incomprensible, y es que en los tres casos, el fallecimiento se debió a una causa natural: infarto de miocardio.

Se han buscado relaciones familiares, sentimentales o laborales entre los cuatro hombres que permitieran establecer una hipótesis de asesinato, sin resultado positivo. Apenas se conocían, habían quedado a través de redes sociales por su afición común. ¿Por qué Niêht Snihbür se niega a decir palabra, pone en grave peligro su vida negándose a comer y encoge su cuerpo, convencido de ser una semilla vegetal?

No tengo respuesta. Y mientras escribo estas líneas, con las que cierro mi informe, llega hasta mí una última noticia que me despista aún más, si cabe. Alertada por el ruido de disparos, la policía ha irrumpido hace pocas horas en el domicilio de uno de los dos guardas forestales que rescataron al Sr. Snihbür. El mismo que me entregó las notas. Al entrar, han hallado la escena espantosa de un asesinato múltiple, con tres cadáveres alrededor de la mesa del salón, el propio forestal y dos jóvenes pertenecientes a una secta neonazi. Los jóvenes, además de sendas pistolas, llevaban una enorme suma de dinero en metálico en una bolsa de deporte; mientras que el guarda mantenía aferrado un óvalo de caoba en la mano que no empuñaba su propia Heckler & Koch.

Dicho óvalo tenía una hendidura con una palanca oculta. Tras accionarla, el objeto se ha desplegado, dando forma a la figura de un hombre erguido, de unos 30cm. de alto, con un tallado algo tosco y poco realista, semejante a las antiguas efigies hieráticas de egipcios y griegos. La policía ha hecho público que junto a los cadáveres emparedados en la gruta se halló otro ídolo similar, y se espera que el juez permita dar más detalles en las próximas horas.

Todavía, mientras redacto esta última línea, suena mi teléfono. Es una llamada del doctor Truöhc Nonräh, desde el hospital. Hace un par de horas que trata de localizarme sin éxito. Mientas una auxiliar cambiaba el suero al Sr. Snihbür, se ha estirado repentinamente en la cama, se ha desperezado, ha vuelto a hablar y sus primeras palabras han sido: «¿Me pueden dar de comer? estoy muerto de hambre».

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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