Las ratas sin ojos

Llegué a Özhtig el miércoles al mediodía. Tuve que viajar apresuradamente en ferrocarril desde Leipzig, pasando por Dresden, para hacerme cargo de las obras de reparación del alcantarillado público en el barrio viejo. Mi nombre es Trühk Rüsàhm, soy arquitecto e ingeniero de minas. Dirijo en Múnich una consultora especializada en obras de ingeniería civil, agua potable y saneamiento, con clientes en toda Europa y América.

La ciudad estaba sobrecogida tras sufrir un seísmo el lunes por la noche, que abrió un foso de lava en el interior del enorme museo, actualmente en desuso. Se habían tenido que cortar al tráfico un buen número de calles del barrio, pues varios colectores amenazaban con derrumbarse afectando a viviendas y a la factoría Rälzthw, una empresa local que fabrica cámaras fotográficas. Había que actuar de forma urgente.

Tras las presentaciones de rigor, y acompañado por bomberos y operarios de la empresa municipal de mantenimiento, bajé al sistema de túneles, donde comprobé el diverso grado de afectación en todos los puntos críticos. Realizados los cálculos, aplicados los apuntalamientos provisionales necesarios, y puestos a trabajar todos los equipos en las obras de reacondicionamiento, me retiré para cenar.

Tras el postre, recibí la llamada del capataz que trabajaba bajo la calle Süahrts. Los puntales recién colocados se habían caído. No podía dar crédito. Yo mismo había supervisado su instalación y todo era correcto. Me dirigí hacia allí de inmediato.

El propio capataz me recibió a pie de calle. Antes de bajar al subsuelo para hacer las comprobaciones pertinentes, recibí otras dos llamadas, una desde el cruce entre Shmährb e Ikhsvò Kihäc, y la otra desde Trèbühcplatz, con casi idéntico mensaje. Los puntales se habían doblado y partido respectivamente. El teléfono siguió sonando hasta que todos y cada uno de los refuerzos aplicados colapsó. Más que preocuparme el trabajo hecho en vano, mi gran pregunta era ¿por qué?.

Pese a lo intempestivo de la hora, llamé a Dnáhl Rehtûshna, la arquitecta municipal. y le solicité reunirnos de inmediato con el ingeniero Snäh Knöhv y resto de mandos técnicos responsables. No tardé en descubrir que ellos mismos habían aplicado apuntalamientos con cálculos muy similares a los míos durante el día anterior, con el mismo resultado nulo. Fue entonces cuando decidieron llamarme. No daba crédito de que no me hubiesen informado de entrada, en vez de perder unas horas preciosas con el riesgo de derrumbe en el barrio.

Decidí dejarlo correr y concentrarme en el trabajo. Les solicité planos de toda la red de galerías subterráneas, así como de las calles, edificios y accesos desde la superficie. Hice algunas fotocopias rudimentarias para poder dibujar y comencé a marcar los puntos conflictivos, en el mismo orden en que había recibido las llamadas. La sucesión de marcas formó una línea curva que se enroscaba hacia la biblioteca.

En el subsuelo, había visto que la orientación de varios muros dañados era contraria al avance de las aguas. Me parecía ahora que debían ser tramos aprovechados de una estructura anterior. La idea era aún vaga, pero empezaba a tomar forma. Imaginé un primitivo túnel de diámetro menguante y sólidamente construido en oscura roca pulida, muy lisa. Pudo alcanzar los cuatro o cinco metros de diámetro a la altura de Süahrts Str., según los restos existentes, pero acababa en un conducto de apenas cinco o seis centímetros, que era aun perfectamente visible en Hcähb Str.

Volviendo a estudiar el plano de calles, advertí que el barrio viejo tiene forma de rectángulo áureo, donde el cuadrado mayor corresponde al enorme museo. Las viviendas quedan al Este, también la fábrica Rälzthw y, más al centro, la biblioteca redonda, que parecía ser el ojo del vórtice. Ahora ya estaba claro. El túnel primigenio debió tener forma de espiral y recorrer todo aquel rectángulo, prolongándose bajo el museo, aunque allí la lava del seísmo lo habría arruinado por completo el lunes por la noche, si es que aún existía.

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Alrededor de la mesa, el grupo me escuchaba incrédulo. Al final, fue la arquitecta quien habló:

– Trühk – dijo en tono amable – Piensas demasiado. No necesitamos una clase magistral de urbanismo ni de historia de nuestras alcantarillas. sólo necesitamos apuntalarlas bien, y que no se caigan.

– Dnáhl – respondí – Ya lo hemos hecho dos veces, sin resultado.

– Quizá la tercera sea la buena – Insistió uno de los técnicos.

No le hice caso. Pregunté a mi vez:

– ¿Por qué esta tarde no hemos visitado el subsuelo de la fábrica? No hay ninguna marca bajo ella en mi plano.

Volvió a hacerse un significativo silencio. Esta vez fue el ingeniero municipal quien se adelantó:

– En la factoría Rälzthw disponen de su propio sistema de saneamiento y de depuración de aguas y no nos han reportado que tengan averías que necesiten nuestra ayuda…

– Sr. Knöhv – repliqué – Esta misma mañana, usted me llamó para contratarme y me dijo que todo el barrio estaba en riesgo, incluida esa fábrica. Me han ocultado información y también me han mentido… no sé qué pretenden.

– Sólo queremos que nos ayude a reconstruir los graves daños de nuestras alcantarillas, porque estamos seguros de que usted lo sabe hacer mejor que nosotros – respondió el ingeniero – Pero nada más que eso. No le pedimos más. Si esta mañana yo incurrí en ese error, debió ser una confusión. Lo lamento.

Todos asintieron y no pude hacerles cambiar de parecer. Acabamos rehaciendo los cálculos y ordenando nuevos apuntalamientos. Pensé en rescindir mi contrato, volver a Leipzig y abandonar el asunto. Allí tenía a mi equipo ocupado en un proyecto con clientes cabales. Pero no lo hice. No quería que se hundiera el barrio, por mi orgullo y por salvar su patrimonio urbanístico centenario. Fue un gravísimo error.

A primera hora de la mañana del jueves, y haciendo caso omiso de llamadas y mensajes alertándome de que los nuevos puntales también se habían caído, me personé en solitario en la factoría Rälzthw, donde solicité hablar con el máximo directivo. Si yo estaba en lo cierto, como desde luego creía, y existió un túnel en espiral, debía conservarse mucho mejor bajo la fábrica, pues allí no había desagües de viviendas. Para evitar el derrumbe, necesitaba acceder a él, saber cómo era, para qué sirvió y qué presión ejercía aún sobre los muros actuales.

Tras esperar cerca de una hora en un incómodo sofá, apareció una señora de edad avanzada, una abuelita, que se presentó como Ëcnêhr Rëht Snîhknj, dueña de la compañía.

– Los nombres y apellidos en nuestra región del Raëg nunca fueron fáciles y creo que el mío es de los peores – dijo devolviéndome mi tarjeta – Pero veo que usted también procede de aquí. Yo conocí a los Rüsàhm de Özhtig.

No lo sabía. Nunca me había planteado su origen pero, ciertamente, mi nombre y primer apellido no eran comunes en Alemania, ni en ningún lugar, y siempre los acababa deletreando.

– Me informan mal – continuó la señora Snîhknj – Me dijeron que era usted forastero. Pero siendo de aquí, no le negaré el acceso a ningún sitio. Aunque no debería visitar nuestras cloacas. Tenga en cuenta que es usted un hombre que ni siquiera sabe de dónde procede su abuelo.

Me sentí entre furioso y abrumado. Aquella lúcida anciana seguía hablando y traspasándome a cada frase.

– Usted cree que ha descubierto algo interesante. Pero hay cosas que no todo el mundo llega a comprender, como ya debería haberse dado cuenta. Tiene usted intuición, pero no sensatez. Es una pena que se haya criado fuera de Özhtig… Lo que aquí verá le viene demasiado largo. No saldrá con vida de la Rälzthw.

Parecía haber un eco de sabiduría en sus palabras, pero aquella vaguedad era demasiado sospechosa para mi frío razonamiento de científico.

– Disculpe señora – pregunté sin alterarme- ¿me está usted amenazando?

– En absoluto hijo. Puedes ir donde te plazca. Sólo me entenderás cuando ya sea demasiado tarde.

Dio media vuelta y se marchó. Al instante, entró un hombre de pequeña estatura, gafas redondas y bigotillo. Parecía un funcionario del Deutsches Reich. Se presentó como ingeniero Ïhnluig Hlräc y se ofreció a acompañarme a cualquier lugar y a darme todas las explicaciones necesarias.

No tengo interés por el mundo de la fabricación de cámaras fotográficas, así que le pedí ir directamente a ver los colectores subterráneos. Accedimos a los sótanos del gran edificio por el montacargas y desde allí, bajamos una escalera de caracol. Según nos acercábamos a su fin, se oía circular agua a gran velocidad.

– Tenga mucho cuidado aquí – me advirtió Ïhnluig – Es nuestra planta de energía y, a veces, se producen corrientes muy fuertes de aire o rayos eléctricos. Hemos de atravesarla para llegar hasta la zona antigua que usted quiere ver.

Recorrimos una pasarela metálica que cruzaba sobre una gigantesca tubería de cobre, quizá de siete metros de diámetro, aunque es difícil de precisar porque no era un cilindro al uso, sino que parecía la broca de un taladro gigantesco o, mejor, un tornillo, ya que también se estrechaba rápidamente en su descenso. Incluso hubiese jurado que describía un arco. Jamás había visto algo así.

Una vez pasamos al otro lado y el ruido disminuyó, el hombrecillo me explicó que el diseño de esa tubería aceleraba el agua tomada de los colectores a una velocidad equivalente, o superior, a una caída de 100m. En el extremo, había una turbina cónica dispuesta en sentido opuesto, punta contra punta. Generaba unos 8MW, potencia suficiente para toda la fábrica.

– Luego puede comprobar los cálculos ud. mismo, si lo desea. Para no llamar la atención, también estamos conectados a la red eléctrica comercial y pagamos una pequeña factura al mes – confesó risueño.

– Un momento – me detuve – Yo mismo soy ingeniero y lo que me ha explicado es imposible. La única forma de acelerar el agua es por presión y aquí no hay desnivel suficiente.

– Puede usted pensar lo que quiera – se limitó a decir.

– ¿Y cómo filtran las aguas residuales para que nada obstruya la salida? – volví a preguntar.

– Supongo que usted lo llamaría ultrasonidos – me desveló – Desintegramos los sólidos haciendo uso de determinadas longitudes de onda, a las que estructuramos en pentagramas circulares.

– ¿Pentagramas circulares?

– Sí – volvió a mostrarse risueño – Ya hemos llegado. Aquí no hay luz y no podemos estar mucho tiempo. No es seguro.

Abrió una compuerta cerrada herméticamente, parecida a la de un submarino, y desembocamos en un amplio túnel transversal, que iluminó con una potente linterna de mano. Continuó:

– Como usted ya sabe, es curvo, describe un arco de 90º con orientación Noroeste entre Trèbuhcplatz e Inïhcüplatz. Ahora estamos aproximadamente a la mitad de su recorrido.

– Y el diámetro es menguante – apunté.

– Exacto – corroboró – Comienza en unos tres metros y medio y acaba en dos.

Era tal como lo había imaginado. Roca pulida gris-azulada, tan lisa como hormigón. El estrecho conducto lateral por el que habíamos accedido era el único deterioro. La conservación era perfecta.

– ¿Bueno, y qué es? – quise saber – ¿Por qué un túnel en espiral? ¿Para qué servía?

– Sirvió para originar a la humanidad y al resto de seres vivos.

– ¿Qué? – reí – Tiene ud. una forma muy curiosa de tomarme el pelo.

– No le tomo el pelo. Lo podría comprobar en el extremo de Inïhcüplatz, allí aún quedan restos, pero no podemos ir.

– ¿Por qué? – reiteré – El túnel está completamente despejado. ¿Qué impedimento hay?

– Ratas.

Algo se removió dentro de mí. Desde niño había temido profundamente a esos animales, hasta tal punto, que incluso opté por mi profesión para reafirmarme y sobreponerme a ese infundado pánico infantil. En aquel extraño lugar, sin embargo, sentí que mi seguridad adulta se requebrajaba y que no podía controlar mis nervios.

Ïhnluig me instó a regresar por donde habíamos venido y le seguí. Me habían hablado en ocasiones de telepatía, me refiero a personas serias. Una amiga de mi esposa es psicoanalista y nos había relatado diferentes experimentos con pacientes bajo hipnosis, con resultados tan asombrosos que, como científico, me resultaban inaceptables. Ahora, sin embargo, estaba dispuesto a conceder que, tanto aquel ingeniero como la Sra. Snîhknj, disponían de algún método por el que eran capaces de adivinar o entrar en mis pensamientos y anticiparme. Ahí tomaban su ventaja.

– Son ratas sin ojos, señor Rüsàhm – Ïhnluig continuaba diciendo esas cosas destinadas a alterarme – Los ojos los hacemos crecer en otro lugar, en la factoría. Si quiere, puedo mostrarle para qué los utilizamos en nuestra producción…

No le escuchaba. Me llegó el ruido del agua, estábamos ya próximos a la pasarela sobre su supuesto generador eléctrico y me detuve.

– Está bien señor Hlräc. Basta. Suba usted y déjeme su linterna porque yo voy a volver a ese túnel, que es a lo que he venido. No sé qué pretenden aquí. Si volverme loco o matarme. Si es lo segundo, espero que tengan una buena coartada ante la policía.

– ¡Por favor señor Rüsàhm! – exclamó – ¡Cómo puede usted decirme esas cosas! No vuelva ahí, por favor. Usted no quiere volver, no se obligue a algo que sabe que le supera.

– No va a intimidarme – sonreí – Deme la linterna.

– Las ratas…

– La linterna – le interrumpí – Por favor.

Me la dio resignado. Se quedó inmóvil en aquel estrecho pasadizo, bajo la luz de los leds, con la mirada perdida. Hubiese jurado que era sincero, pero no podía ser. Todo lo que decía era imposible. Sin duda, un buen actor.

Volví al túnel, ahora mucho más tranquilo. El silencio era absoluto, no había basuras ni suciedad y no vi ninguna rata. Avancé hacia Inïhcüplatz, me llevaría unos minutos. El conducto era realmente asombroso en lo perfecto de su construcción. Yo mismo era incapaz de imaginar cómo o quién la habría ejecutado.

Debía estar ya próximo a mi destino cuando vi que la fisonomía comenzaba a transformarse progresivamente. El cilindro perfecto se recubría ahora de roca irregular, pero de formas suaves. Me dio la impresión de ser lava enfriada a modo de estalactitas y estalagmitas de una gruta. Al poco, se unían formando columnas y bloqueando casi por completo el cilindro, hasta impedir mi paso. En el centro de cada columna, había unas cavidades ovaladas vacías, como si la lava hubiese tenido enormes burbujas, de unos 50cm. de altura, y 25cm. de diámetro en su parte más gruesa.

De repente, me pareció entender algo. Aquel túnel misterioso servía para transportar la lava. Al estar roto y bloqueado bajo la zona de viviendas, hubo un colapso y de ahí la erupción dentro el museo. El túnel viene del bosque y las primeras laderas de la sierra de Ehweöl, que comienzan a ese lado de la ciudad. La presión de la lava intentando avanzar aún existía, y eso era lo que afectaba al subsuelo del barrio. Pero al igual que la marea bajo el influjo de la luna, comenzaba a retirarse. Los apuntalamientos de la noche habían durado más horas y, probablemente mañana, ya podrían ejercer su acción sin problemas.

Mientras pensaba esto, recordé algo que me había dicho Ïhnluig mientras intentaba no escucharle. Y es que su tubería de tornillo también depuraba el agua, además de acelerarla, la devuelve a los colectores públicos mejor que la toma. Al igual que la rama de un árbol, que tiene sus flores en el extremo más fino, donde la savia ha recorrido el camino más largo desde el tronco.

Debía estar volviéndome loco, pero me pareció entonces que aquellas burbujas podrían ser cápsulas donde algo germinó. Primitivas larvas o algo así, en referencia al origen de los seres vivos, según lo había mencionado Ïhnluig… ¿Pero qué había en el último extremo, cuando el conducto era tan sumamente estrecho? ¿Y por qué terminaban en un punto muerto, donde no había nada, bajo la biblioteca? ¿Era un polo magnético que atraía la lava…?

Un mordisco en la pierna me hizo volver de aquellas ensoñaciones. Solté una patada tan fuerte como pude, pero los dientes no se soltaron. Agarré la rata con la mano, y la iluminé. No tenía ojos.

El pánico desató mis pulsaciones hasta lo insoportable. El pulso me retumbaba en las sienes cuando iluminé alrededor y me vi rodeado por aquellos roedores ciegos. Eran tan fieras que se atacaban entre ellas y cuando alguna cedía, se abalanzaban en grupo y la devoraban. Ése iba a ser mi fin, morir devorado. La anciana tenía razón, no saldría vivo.

Sobreponiéndome a la desesperación, corrí con todas mis fuerzas. Llevaba varias en las piernas, bajo los pantalones, alguna había subido casi a la ingle. Las fui arrancando como pude. Me mordieron también los hombros y el cuello. Atrás, todas me seguían, mi olor las había excitado y en aquel lugar vacío nada iba a despistarlas.

Caí y perdí la linterna, pero ya vislumbraba la compuerta de entrada al pequeño túnel de acceso. Entré apresuradamente. Mis piernas y cuello se desangraban, me habían desgarrado la aorta y ambas femorales. Caí de bruces mientras Ïhnluig cerraba la puerta hermética. Sentí una horrible vergüenza por haber pensado tan mal de él.

– La ambulancia está de camino – me informó – pero no llegará a tiempo. También hemos avisado a su empresa y ellos lo harán a su esposa. Descanse en paz señor Rüsàhm.

Ya no pude hablar más. Mientras perdía el conocimiento, me pareció ver llegar a un par de sanitarios armados con un desfibrilador y después, oír un lejano pitido.

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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