La fiebre deformadora

Aquellos dos jóvenes afiliados a la extrema derecha aún no habían pisado el calabozo, pese a estar detenidos y a la espera de comparecer ante el juez, bajo acusación de secuestro y asesinato. Anoche, retuvieron y torturaron a Onür Retlàh, dueño de la tienda de antigüedades de Özhtig, quien finalmente murió, según informe médico, a causa de las heridas que le infringieron.

Pero tanto los policías como el personal sanitario que presenciaron la muerte han sido confinados a  guardar estricto silencio sobre lo allí sucedido y todos han recibido la baja médica, sin excepción. Seis de esas personas están ingresadas en la institución psiquiátrica adherida a nuestro pequeño hospital de provincia, que es donde yo trabajo.

Mi nombre, Äcila Àcorrahl, doctora especialista de medicina interna. Aunque siempre decimos que nuestra especialidad no es tal, pues es a nosotros a quienes nos envían todos aquellos casos de enfermedades inclasificables y extrañas, como el caso de estos dos pacientes, que ingresaron hoy martes de madrugada.

Llegaron para ser atendidos por heridas de bala, sufridas durante su detención. A las pocas horas, comenzaron a reclamar insistentemente mantas y ropa de abrigo. La temperatura no era fría, sin embargo, afirmaban estar congelándose y tiritaban de forma visible. Les fueron aplicados sendos termómetros digitales, cuyos circuitos electrónicos se fundieron por sobrecarga. De inmediato, fueron trasladados desde cirugía a nuestro servicio.

Recibieron duchas de agua fría que tuvieron un efecto inverso al deseado. Tampoco los fármacos habituales para bajar la fiebre mejoraron su situación. A las pocas horas, ya no podíamos ni tocarles porque estaban demasiado calientes. Quemaban. Nuestros guantes higiénicos se derretían con sólo aproximar las manos. Fue entonces cuando aparecieron los bultomas.

Los tenían en axilas, ingles, y en la horquilla esternal. Las formas eran redondeadas y el color rojizo. En una primera impresión, parecían abultados tumores cutáneos. Pero la sintomatología era demasiado extraña. Ambos individuos los tenían localizados de modo idéntico y la fiebre y la sensación de frío eran desmesuradas. Sus temblores nos obligaron a ponerles la calefacción a la máxima potencia y a traerles agua casi hirviendo, que bebían sin dolor.

Apenas cuatro horas más tarde, los tumores habían crecido hasta unos 25cm de longitud. Los de las axilas y la base del cuello, bajaban hasta la cintura y los de las ingles, casi les alcanzaban las rodillas. Pero lo más impresionante era cómo palpitaban. Tenían vasos sanguíneos bien definidos y, en algunos casos, parecían evocar cierto antropomorfismo.

Bajo las axilas y en las ingles, parecían estar formándose unas pequeñas cabezas, piernas y brazos, aunque deformadas, como los de un embrión o un feto en mal proceso de gestación. Al mismo tiempo, los rostros de aquellos muchachos se desdibujaban paulatinamente, quedando hieráticos e inexpresivos.

Casi desde el principio, ellos habían sido conscientes de que no podríamos curarles. No conocíamos remedio contra aquella fiebre. Pasado el pánico de las primeras horas, sus gritos de dolor fueron rebajándose a gemidos y, al fin, desaparecieron. Los temblores, que habían llegado a parecer a ataques de epilepsia, cesaron también, casi por completo.

Sólo quedaron palpitando aquellos tumores horribles. Creí ver que realizaban incluso movimientos interiores a modo de espasmos, según se volvían más antropomórficos, más parecidos a embriones o fetos deformes.

El calor en la habitación era infernal, y nos obligaba a permanecer apenas un minuto en ella. Finalmente, los jóvenes ya no respiraban. Les cubrimos. Apagamos la bomba de aire caliente y abrimos las ventanas.

Habían llegado los familiares. Padres, madres y hermanos que seguramente no eran responsables del mal rumbo que habían decidido tomar aquellos delincuentes en los últimos años de sus cortas vidas. Las madres, sobre todo, lloraban desoladas al recibir la noticia de la rápida defunción. Por supuesto, omitíamos piadosamente los peores detalles.

Dos policías custodiaban la puerta de acceso a la habitación, dado que ambos pacientes seguían estando detenidos por asesinato. No obstante, no reparamos en que habíamos abierto las ventanas y en que uno de los hermanos, recién llegado, se excusó diciendo de iba al lavabo, casi contiguo.

Tampoco fuimos capaces de observar que aquel alto joven, de apenas 20 años y más de dos metros de estatura, llevaba el pelo muy corto y calzaba botas militares, aunque disimuladas bajo unos pantalones corrientes. Probablemente el gran cuchillo también lo trajo oculto bajo la ropa.

Según sostuvo después la investigación policial, salió por el ventanuco del lavabo y, gateando por la cornisa, llegó a la ventana abierta de la habitación, muy próxima, donde yacían los dos cadáveres.

Yo estaba de espaldas a la puerta, en la sala de espera, junto a mi equipo médico. Conversábamos todavía con el resto de familiares cuando, de repente, la puerta custodiada se abrió de par en par. Nos giramos.

Antes de que pudiesen reaccionar, los dos agentes fueron acuchillados por el joven a la altura del corazón. Acto seguido se dirigió directo hacia mí, sin decir palabra y con los ojos desorbitados por el odio.

Tenía la fuerza de un monstruo. Con una sola mano, me agarró del cuello asfixiándome y me levantó del suelo. La primera puñalada la recibí en una ingle. Luego en la otra. Después en un hombro y en el otro. Aunque mis compañeros y sus propios familiares trataban de detenerle, no podían con él.

Fue uno de los policías, abatido en el suelo, quien logró desenfundar su pistola y dispararle en la cabeza, justo cuando se preparaba para atestarme la puñalada definitiva en la horquilla esternal.

Caí a plomo desangrándome. Un celador fue el único que pudo venir a auxiliarme y avisar a urgencias, porque el resto del personal de planta se tuvo que agolpar para impedir que los familiares, enloquecidos, entraran a tropel en aquella habitación. Tan sólo el doctor Truöhc Nonräh, inmunólogo, que también había ayudado en el caso, entró un instante y, sin detenerse ni a cerrar la puerta, levantó una de las sábanas.

Pese a su dilatada carrera clínica, aquel buen médico no pudo reprimir un grito de horror. Los familiares se alarmaron todavía más, pero no lograron pasar ni ver nada. Sólo yo, entre el tumulto de piernas y antes de que el doctor cerrara la puerta, sí pude ver cómo caía al suelo la cabeza de uno de los muchachos. Desfigurada, amarilla y que ya no estaba unida al resto de su cuerpo, sino a un nuevo pequeño cuerpecito blando, maltrecho y deforme.

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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