Tan breve despertar

La oscuridad y el silencio eran absolutos. Me encontraba tumbado en una cama de colchón no muy grueso, pero cómoda. La atmósfera estaba cargada con un fuerte olor a madera nueva y a barniz. No podía moverme, ni hablar. No obstante, sentí que si me relajaba, en breve, podría reactivar mis músculos, tal y como ya había logrado abrir los ojos.

Recordaba perfectamente quién era yo: Shamôht Mähceheb, sargento y primer mando técnico del Parque Norte de bomberos de Özhtig. Pero no dónde estaba, ni cómo había llegado a quedarme dormido allí… Tumbado en la oscuridad y el silencio, mi progresiva relajación también comenzó a hacerme recobrar la plena memoria.

El pasado lunes por la noche me tocó guardia y hubo alerta por fuego. Humo denso y un penetrante olor a azufre emanaban del enorme museo abandonado. Acudimos con un único vehículo y un grupo de seis bomberos. El edificio permanece sin uso desde hace décadas, así que no podía haber víctimas, ni vidas en peligro.

Aparcamos en su zona Sur. Derribamos una puerta secundaria, atravesamos diversos pasillos y salas vacías, hasta que alcanzamos un patio interior… Pero… algo me bloqueó la memoria ahí. ¿Qué había en ese patio? Los recuerdos se contuvieron, temerosos. Detenida la mente, despertaron a la sensibilidad los dedos. Tumbado, percibía algo en mis manos, frío y metálico. No podía moverlas aún, no obstante bastó el tacto para impulsar mi certeza. Eran dos viejas cámaras fotográficas Rälzthw.

Mi mente saltó entonces más lejos. Mi abuelo, Pëhsòhj Mähceheb, había sido el primer accionista y presidente de esa compañía. Un millonario excéntrico que tuvo su vocación frustrada en la ingeniería y mecánica de precisión. Siendo aún muy joven, se arruinó sin remedio con la factoría Rälzthw, obstinado en fabricar cámaras de prestaciones extraordinarias, pero excesivamente complicadas y costosas.

La noche del lunes, en la última sala, antes de llegar al patio… Yo había tropezado en el suelo con algo que sonó a metal. Me agaché a ver qué era, mientras el resto de compañeros pasaba de largo. Tuve que reprimir un grito de júbilo bajo la luz de mi linterna… ¡Dos cámaras Rälzthw IV! Cuántas veces, de niño, vi fotos, bocetos, folletos de la época conservados por mi padre, explicando las cualidades únicas de aquella cámara, desarrollada sobre un diseño de Raymond Royal Rifé, que rebasaría los límites de la mecánica y de la óptica…

Nunca llegó a fabricarse en serie y sólo hubo dos prototipos. ¿Pero qué hacía yo, sobre aquella suave cama desconocida, con una en cada mano? ¿Y cómo podía estar tan seguro de que eran esas dos cámaras exactamente, sin poder todavía verlas?

Un ahogado rugir de gruñidos sonó detrás de mi cabeza y detuvo tales cuestiones. Parecía una pelea entre perros y hubiese podido jurar que uno de ellos era Zhtïe, mi joven husky de siete meses al que tenía pensador castrar, porque ya desarrollaba conductas agresivas hacia otros machos.

De improviso, me sobrecogió una extraña clarividencia mezclada con el más profundo horror. Yo estaba enterrado. Aquello no era una cama, sino mi ataúd. Ya estaba en el nicho, junto a los difuntos de mi familia y Zhtïe custodiaba mi eterno reposo, desbordado por la lealtad y la pena de no volver a verme más. Necesitaba mover mis manos para comprobarlo. Concentré mis renacidas fuerzas y, al fin, logré alzarlas. En efecto. Apenas a unos centímetros sobre mi cara, palpé la tapa de madera. Era un féretro.

Todavía escuchaba los gruñidos de la pelea canina. Debía ser un visitante del cementerio, con su perro. Si yo lograba gritar con todas mis fuerzas, llamaría su atención y, tras el pánico inicial, se daría cuenta de que me habían enterrado prematuramente. Podrían sacarme ahí, antes de que muriera de asfixia. Mis pulmones no podían fallar. Tenía que gritar muy fuerte.

– ¡¡Socorro!! ¡¡Auxilio!! ¡¡Estoy vivo!! ¡¡Soy Shamôht Mähceheb!! ¡¡Estoy vivo!! ¡¡Sáquenme!!

Los gruñidos de los canes cesaron. En apenas segundos, pude escuchar fuertes golpes tras mi cabeza. Era el ruido de un pico, derribando mampostería. Yo debería haber estallado de júbilo, pero un horror aún más espantoso que el de saberme enterrado vivo me afligió espantosamente. ¿Por qué habían reaccionado tan rápido?

El pico alcanzó la madera, se incrustó a pocos centímetro de mi cara y estuvo a punto de herirme. Al retirarlo, entró aire del exterior, pero apenas luz. Parecía ser de noche. ¿Quién me desenterraba a esas horas?

Una cascada de recuerdos horribles me sobrevino, encabezados por los gritos de auxilio de Rimhîd Zitwóröh. Rimhîd era el mejor bombero que jamás conocí. El más fuerte en el gimnasio, pero también el más lúcido y capaz ante situaciones de peligro. No podría recordar cuántas acciones heroicas había realizado, despertando la sincera admiración de todos en el Parque Norte.

Aquel hombre imploraba ayuda. Recogí las dos Rälzthw IV y, protegiéndolas bajo mi ropa ignífuga, me dirigí al patio. No pude llegar. Un fuerte movimiento sísmico sacudió el suelo bajo mis pies justo al alcanzar la puerta de acceso. Cayeron varios arcos de piedra que estuvieron a punto de aplastarme. La tierra se abrió, haciendo emerger más lava y todo mi grupo quedó aislado, en una pequeña isla, rodeada de aquel hirviente infierno de magma rojo. Ya no podría ir hasta ellos.

Los golpes de pico habían cesado. Comenzaban a estirar del féretro. Debía pesar mucho, pues se oían fuertes jadeos, mientras caían al suelo los cascotes de la mampostería derribada.

– ¡¿Hola?! – Pregunté – ¡¿Quién es usted?! ¡¿Quién me libera?!

No recibí más respuesta que unos gruñidos. Ya no me parecieron los de un perro. Mi terror no cesaba de aumentar.

Un extraño recuerdo, como una ensoñación, vino entonces, de improviso. Yo estaba tumbado, en esa misma caja de madera, aún sin tapa, vestido con mi mejor traje y rodeado de ramos y coronas. No podía hablar, pero escuchaba todas las conversaciones, incluso las de quienes estaban en el pasillo del velatorio. Mi hermana y mis padres lloraban desconsolados. Yo quería tranquilizarles, decirles «no sufráis», «despertaré», pero no me era posible.

Mi oído se centró en una conversación entre los compañeros del Parque Norte. Relataban en secreto absoluto lo sucedido la noche del lunes en el museo. Que la policía tuvo que abatir a tiros a tres bomberos y sólo salió viva la única mujer de nuestro grupo, la cabo Rehtäeh Rehprâh. Ahora permanecía encerrada en el psiquiátrico, donde no podía recibir visitas y si no la ataban, golpeaba sin cesar su cabeza contra la pared.

Rehtäeh era mi esposa. Años atrás, había sido novia de Rimhîd, pero él nunca estuvo interesado en ascender dentro del cuerpo, pese a sus extraordinarias aptitudes, y ella acabó considerándole un perdedor y dejándole. Era tan bella que podía haber escogido al hombre que quisiera, y yo tuve esa fortuna.

Mi memoria visualizó entonces su inseparable gargantilla. Era un regalo mío. Antes, fue de mi madre, de mi abuela y de varias generaciones de tatarabuelas que se perdían en la noche de los tiempos. Su metal no era oro, sino que tenía un brillo verde violáceo. Un joyero que reparó el broche dijo desconocer aquel material, que nunca antes había visto. La cadena llevaba engarzadas una serie de figuras parecidas a embriones, algunas con una gran cabeza, otras con un prominente brazo o pierna acabados en aleta de pez, o un abultado tronco y apenas diminutas extremidades.

A Rehtäeh le fascinaban aquellos seres deformes. Yo nunca llegué a comprender su significado pero ahora, presa del terror, sin saber qué o quién trataba de arrastrarme fuera del nicho, en el féretro en que había sido enterrado prematuramente, caí en la cuenta de que el logotipo de las cámaras Rälzthw era una de esas figuras. Un extraño embrión con aletas y cola de pez, gran cabeza y ojos saltones.

Mi ataúd cayó al fin al suelo con gran estrépito. Me golpeé la nuca y me dolió terriblemente. El dolor me trajo otro recuerdo del patio del museo. También allí, un fuerte temblor sísmico me tiró hacia atrás y me golpeé la cabeza al caer. Traté de incorporarme, luchando por no perder la conciencia, pero me tambaleaba como un borracho.

Antes de derrumbarme definitivamente, entre los vapores sulfurosos de la lava, me pareció ver que el resto de bomberos del grupo atacaban a Rimhîd con las hachas. Tenían los rostros desfigurados y enseñaban sus dientes como animales de presa enfurecidos. No podía ser real. No podía creerlo. Sin embargo, activé en el walkie la señal de alerta interna para la policía.

Se mezclaban ecos de gruñidos salvajes, los del recuerdo con los del presente. Unos últimos golpes de pico hicieron saltar la tapa de madera que me cubría. En efecto, era de noche. Me incorporé con dificultad, mis piernas estaban muy débiles. Seguía escuchando gruñir, pero sin ubicar el origen con exactitud. Parecía moverse en círculos a mi alrededor y yo no podía girar tan rápido. Tropecé con un bulto en el suelo y caí encima.

Era un cuerpo blando, aún cálido. Bajo el brillo de la luna y de las escasas farolas, reconocí su pelo y su collar. Mi fiel Zhtïe. Ya no respiraba. Alguna bestia feroz le había destrozado la joven yugular a mordiscos.

Entonces, aquella misma bestia cayó sobre mí y también hizo presa en mi garganta. Traté de zafarme, de apartarla, y algo se enredó en mis manos. Era la vieja reliquia familiar, la gargantilla poblada de embriones inauditos, como el logotipo de aquellas dos cámaras definitivamente abandonadas en el ataúd. ¿Quienes habían sido mi familia? Esa pregunta ya nunca iba a tener respuesta.

Un último recuerdo innecesario surgió de la bruma. Tirado en el suelo del museo, aún entre sacudidas sísmicas, yo luchaba por mantener abiertos los ojos. A lo lejos, en la pequeña isla rodeada de lava, tres bomberos parecían devorar los restos descuartizados de un hombre, mientras mi esposa Rehtäeh alzaba los brazos, en actitud de maestra de ceremonias.

Y aún creí ver que, entre las olas rojizas del magma, emergían también otros brazos. No estaban unidos a ningún cuerpo y, en vez de mano, mostraban en aletas de pez. Del mismo modo, había piernas, cabezas y troncos sin extremidades… Aquella visión infernal y enloquecedora duró apenas segundos. Dos agentes de policía pasaron sobre mí, esquivándome. Dieron el alto. Hubo disparos… No. No quise creerlo. Me negué a aceptar tales horrores, con todas mis fuerzas…

Todo en vano. La certeza, en forma de colmillos, desgarra ahora mi garganta. Con el último suspiro lanzo un grito inútil, porque esta vez no vendrán policías, y ella se ha transformado sin remedio en algo que ya no me reconoce.

– ¡¡No, Rehtäeh!! ¡¡¡No!!!

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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