El nombre de la mujer amada

En ocasiones, resulta difícil discernir si es el destino quien cae de forma inevitable sobre nosotros, o si bien es nuestra propia conducta torcida, ya desviada desde la edad infantil, la causa de la desgracia que nos conduce a terminar nuestras vidas del modo más espantoso.

Mi nombre es Rërêhp Mèlkott, hijo de frau Mèlkott, quien también se apedilló así de soltera. Pertenezco a una de las familias más antiguas de Özhtig, entre las que todavía es tradición mantener en primer lugar el apellido materno, algo único en Europa.

Fui educado bajo una gran represión en todo lo que respecta a la relación amorosa con las mujeres. No me refiero tanto al sexo como al propio sentimiento de amar, sobre el que continuamente mi madre me avisaba para estar alerta y huir, como si fuese un peligro terrible, una prueba fatal para la que nunca iba a estar yo lo suficientemente preparado.

No había sido, en mi juventud, un hombre desagradable, ni feo, ni estúpido, ni mal educado… y desde luego hubo muchachas que se interesaron por mí, y yo por ellas. Pero el miedo inculcado desde la más tierna infancia me sobrecogía y paralizaba, haciéndome incapaz de entablar ninguna relación firme, más allá de los breves escarceos iniciales.

Mi juventud avanzó, todos mis amigos se habían casado o vivían en pareja, pero yo seguía empecinadamente solo. Mi padre me observaba con silenciosa preocupación, pero su gran temor hacia mi madre hizo que nunca se atreviera a hablar abiertamente conmigo sobre el tema.

Soy un hombre culto, y dado mi dominio sobre el griego, el latín y el säg, la ancestral lengua de nuestra región del Raëg, obtuve sin problemas una plaza como profesor en el Instituto Trähzöhm de Educación Secundaria. Me mudé a un pequeño piso de alquiler, para gran disgusto de mi familia, que esperaban verme en mejor posición, y continué viviendo solo.

Los días pasaban, empujando años, cuando ocurrió algo en apariencia fortuito. Detenido ante la luz roja de un semáforo, una bella mujer me preguntó por la biblioteca central de la ciudad, ubicada en el barrio viejo. Yo me dirigía precisamente allí y me ofrecí a acompañarla.

Curiosamente, cuando llegamos, no le interesó ningún libro, sino el propio edificio, que es de planta circular, algo inédito en nuestra conservadora arquitectura. Insistió en que bajara con ella al sótano, donde se conservan los volúmenes menos consultados, aunque una vez allí, siguió sin mostrar interés por ningún tomo.

En cambio, comenzó a darme detalles inauditos sobre mi propia vida. Me dijo, por ejemplo, que mi madre había enfermado de rubeola durante mi gestación, y aunque yo no sufrí daño alguno, ella lo vivió como el ataque de una fuerza oculta, que deseaba matarme para que no llegara a este mundo.

Sabía además que mi madre fue tarotista y astróloga, que consultaba el zodíaco a diario y que, en la biblioteca de la mansión familiar donde vivíamos, había conservado como su mayor tesoro cuatro grimonios profusamente ilustrados. Tres estaban escritos en latín, otro redactado en säg, el idioma originario de nuestra región.

Semejante discurso me dejó totalmente perplejo. Le pregunté inmediatamente su nombre, quizá era familiar de los médicos que habían atendido a mi madre entonces, pero no quiso darme sus datos. Y continuó:

Un día, siendo yo adolescente, mi madre me había descubierto leyendo su viejo libro en säg. Los guardaba bajo llave, pero yo supe cómo escamotearla. Montó en una cólera tan salvaje que incluso mi padre tuvo que intervenir al verla enarbolar un abrecartas. Apenas dos días después, caí enfermo. Una fiebre altísima me hacía tiritar de pies a cabeza, tenía un frío espantoso y necesitaba estar envuelto en varias mantas y beber agua y leche casi hirviendo.

La noche en que alcancé lo peor de mi enfermedad, mis padres obligaron a todo nuestro servicio a irse de la casa, y acto seguido, ellos también se marcharon. Pude escuchar las quejas y súplicas de mi padre, quien estaba convencido de que yo iba a morir. Pero mi madre, inflexible, y dotada de una fuerza de voluntad muy superior, le obligó a irse con ella.

Me quedé solo, delirando de fiebre, entre horribles pesadillas provocadas por aquellas lecturas prohibidas. Los viejos libros trataban sobre seres ancestrales, muy anteriores a nuestra especie, y capaces de hacernos retroceder hasta su condición, a base de provocarnos enfermedades, deformaciones y mutilaciones atroces.

Podía reconocerme entre las ilustraciones de víctimas inocentes, tiritando entre mantas, justo antes de sentir cómo comenzaban a desmembrarse sus cuerpos. El pánico me enloqueció en aquellas horas y, desesperado, grité a pleno pulmón en soledad. Al fin, me dormí exhausto, convencido de que ya no despertaría. Pero a la mañana siguiente no sólo sí desperté, sino que estaba curado.

En la biblioteca, mi asombro hacia aquella mujer desconocida no hacía mas que aumentar. ¿Cómo podía saber todo aquello? ¿Era una bruja? ¿Adivina? Escudriñé su rostro con atención. Tenía unas proporciones tan bellas y armoniosas que podía haber sido obra de un Fidias, un Rodin o un Miguel Ángel, pero había algo aún más extraordinario. Eran sus ojos, de un color marrón muy suave, dorados como la miel. No había visto nunca ojos así.

Ella parecía reírse ante mi perplejidad generalizada. Me dijo que no podía quedarse más, tenía que acudir a varias citas aquella tarde de sábado. Pero que regresaría allí el próximo lunes, a la misma hora. Y que por favor, yo también acudiese.

Tenía exámenes de mis alumnos para corregir durante el fin de semana, pero ya no pude hacer nada más que darle vueltas a la cabeza. ¿Quién demonios era y cómo podía saber todo lo más secreto sobre mí? Durante ninguna de las dos noches siguientes pegué ojo.

Tumbado en la cama, volvía a recordar muy claramente los viejos libros de mi madre. Sus versos sobre seres inauditos, que habían poblado este planeta cuando era aún muy joven, y ni siquiera el agua, la tierra firme y la atmósfera estaban claramente diferenciadas.

El elemento predominante entonces era el fuego. Pero el viento, la tierra y el agua llegaron a ser más poderosos y le derrotaron, confinándolo a las profundidades. Desde entonces, los seres ancestrales dormían bajo los volcanes extinguidos de nuestra sierra de Ehweöl, que en el viejo säg significa algo así como «las fuentes del mundo».

Tras años de olvido, de repente, podía recordar a la perfección las ilustraciones de aquellos libros y casi cualquier detalle. El volumen más extenso llevaba por título «Antiquis res ignis» y era un incunable, obra de un tal Ïlthòs Grohhëgg, de Estrasburgo. ¡Con qué claridad volvía a aparecer en mi memoria, con los relieves dorados de sus gruesas tapas! ¡Como si lo tuviera de nuevo ante mí!

Los cuatro libros habían desaparecido tras la muerte de mis padres, en un incendio fortuito que se produjo estando la mansión vacía. Pero en aquella madrugada de lunes, me sorprendí a mí mismo recitando de memoria sus viejos salmos, que ni siquiera recordaba haber aprendido. Las rimas me alteraron los nervios de un modo estremecedor, eran capaces de tocar fibras demasiado profundas. Exactamente lo mismo había sentido de adolescente, al leerlos en secreto.

Sólo un pensamiento me calmó, y es que caí en la cuenta de que me había enamorado. En apenas una hora de conversación, aquella mujer desconocida me había desarbolado por completo. Estaba fundido, como un copo de granizo en un mediodía de agosto.

Durante la mañana del lunes no pude ir a trabajar, ni casi comer. No había dormido en dos noches y estaba pálido, con los ojos hundidos tras unas oscuras ojeras. No hice más que mirar el reloj esperando a que pasasen las horas y llegara el momento de nuestra cita.

Ella acudió puntual. Me pareció incluso más arreglada, mejor maquillada, recién salida de la peluquería… Estaba seguro de que había podido leer mis pensamientos, y sabía que yo estaba enamorado. Las advertencias infantiles de mi madre atronaron hasta hacerme pitar los oídos. Tenía que huir de aquella mujer, pero cómo hacerlo. Ya no podía, ni quería. Me sentí al fin libre del viejo veto.

Me miró sonriente y, casi sin decir palabra, nos besamos entre el silencio de los viejos estantes repletos de libros. Aquello fue el fin de mi débil lucha interior. Le entregué los últimos y mínimos rescoldos de mi resistencia.

En el centro del suelo de aquel sótano circular, me mostró una gran losa de piedra, también redonda. Dijo que ocultaba una escalera de caracol, por la que se descendía hasta una vieja cripta con un altar. Quería que la acompañase allí. Todavía, los últimos ecos de advertencia materna resonaron en mi memoria, pero la sonrisa de aquella desconocida tenía la capacidad de silenciarlos. Me escondí con ella a la hora de cerrar, cuando el bibliotecario pasó a comprobar que ya no quedara nadie.

Parecía saberlo todo. Desconectó la alarma con tanta habilidad como si hubiese trabajado allí toda su vida y, acto seguido, me mostró una pequeña abertura entre las losas de piedra del suelo. Le encajó una pequeña  pieza de madera que traía en el bolso, a la que dio vueltas, a modo de manivela. Ante mi asombro, algo parecido a un sistema electromagnético de repulsión alzo la losa circular un par de palmos y la dejó ingrávida, levitando. Sin esfuerzo, ella misma la apartó lo suficiente para poder descender.

Efectivamente, había una escalera de caracol. Ella traía dos frontales. Mientras bajábamos, me habló de los secretos de la ingeniería egipcia y de un norteamericano nacido en Lituania, llamado Edward Leedskalnin. Fue un largo descenso en el que yo siempre caminé detrás. Pude haberme dado la vuelta y marcharme corriendo, no me faltaban motivos… Pero no lo hice.

Al fin, llegamos a una profunda cripta de arquitectura inaudita. Era una esfera, diría que perfecta, pero además, tan lisa y pulida que parecía moderno hormigón moldeado en vez de piedra. Tendría entre quince y veinte metros de diámetro.

En su centro, sobre el suelo curvo, se alzaba una mesa redonda de mármol labrado, de unos dos metros de diámetro. Estaba espantosamente rodeada de restos de calaveras, huesos y esqueletos, no todos reconocibles como humanos. Pero lo más aterrador eran los instrumentos de tortura, idénticos a los vistos las ilustraciones de los libros de mi madre.

Fabricados en cobre, mostraban una pátina de óxido azul verdoso. Sus formas retorcidas, en espiral, sus extraños motivos en relieve, representando aquella especie de fetos deformes con grandes cabezas, piernas o brazos, terminados en aletas de pez… eran imposibles de olvidar. Muchos estaban tirados por el suelo, otros colgaban en equilibrio precario desde las paredes curvas y el techo.

– Es inevitable – comenzó a hablar ella – que te quedes atado a este altar. Yo volveré a subir por la escalera de caracol y no regresaré.

– ¡¿Qué?! – respondí horrorizado – ¡No pienso hacer tal cosa!

– No lo entiendes. Ya debiste morir siendo niño, ahora has de hacerlo aquí.

– Tendrás que matarme tú, no voy a acceder a eso – insistí.

– ¡No! – dijo ella – No lo haré yo.

Un pequeño terremoto sacudió la cripta. Un suave seísmo de baja intensidad, pero la suficiente para hacer caer una de aquellas lanzas oxidadas desde su argolla del techo, allí donde la esfera tenía su máxima altura, muy cerca del altar, junto al que me encontraba yo. El silbido en el aire me hizo mirar hacia arriba y, de ese modo, facilité que me atravesara el esternón.

Ella me sujetó para evitarme caer al suelo y me tumbó en el altar, depositando suavemente mi cabeza. El aliento y la sangre se me escapaban a borbotones. No podía hablar. Agonizaba. Ella tampoco dijo nada más. Me besó, dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras, dejándome morir allí, solo, a oscuras y sin haber llegado a conocer siquiera su nombre… El nombre de la mujer amada.

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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