El caminante bajo el granizo

Por encima de las suaves montañas Ore, se alza la cordillera de Ehweöl, célebre por sus altas cumbres y, sobre todo, por acoger gran número de actividades montañeras. Mi nombre es Myhar Dhráppel, mi profesión fotógrafo paisajista, especialmente de naturaleza, y aunque he viajado por los cinco continentes, creo que las mejores fotos las he tomado en esa sierra. Estar allí me inundaba de tranquilidad y confianza, pero sucede en ocasiones que, incluso el lugar más cercano y familiar, puede transformarse en el peor infierno. Fue lo que viví hace apenas un año.

Desde entonces, las pesadillas pueblan mis sueños. No consigo descansar, ni calmarme, sino que permanezco sumido en un estado casi permanente de crisis nerviosa. Los médicos psiquiatras que me tratan, intentan que no se rompa definitivamente el hilo de entereza que aún me ata a la cordura y son ellos quienes me han recomendado que ponga por escrito todo lo que vi, y cuánto me sucedió, en aquella última excursión funesta. Mi última ascensión a un pico cercano al célebre santuario.

Me encontraba en el famoso valle de Fönnihl, uno de los enclaves más visitados por montañeros y turistas que llegan con el tren cremallera. Está rodeado de picos a cuyas cimas se sube caminando en pocas horas y casi sin dificultad técnica. Actualmente, cuenta con una gran Iglesia, estación de esquí y hotel. Pero todo Eweöhl está sembrado de pequeños santuarios y ermitas, erigidos por el cristianismo para exorcizar una cordillera que se consideró diabólica.

Existen muchos mitos sobre esa antigua superstición. Algunos hablan de duendes luminosos, otros de pequeñas estatuillas horripilantes, que muestran cuerpos cuyos miembros son arrancados por fuerzas invisibles. Lo único que yo ahora sí sé con exactitud es que existen divinidades paganas desconocidas: Fuerzas vivientes, capaces de destruir por completo la inteligencia y existencia humanas, cuando las circunstancias son favorables.

La mañana había comenzado soleada y tranquila mientras viajaba en tren desde la ciudad industrial de Dresden. Me acompañaban varios grupos de ciclistas que se apearon en los pueblos de Ore, donde se encuentran acondicionadas diversas rutas para paseos de cicloturistas. Yo continué, pasado Özhtig, hasta la parada de enlace con el tren cremallera. Fue al subir a este segundo ferrocarril cuando pude observar las primeras nubes concentrándose en el cielo. En la propia estación, la previsión meteorológica que se anunciaba para el transcurso del día era de tormenta, sin embargo, aún había sol.

Iniciamos el viaje en el cremallera, y mientras el pequeño convoy enfilaba las empinadas cuestas, un suave velo gris iba tiñendo el cielo. A la salida del túnel de mayor longitud, ya no se veía el brillo directo del sol, pero no hubo más tiempo para meditar, pues nuestro corto trayecto llegaba a su fin. La aparición de los majestuosos edificios de la Iglesia, el hotel y la estación de esquí (en aquellas fechas cerrada), rodeados por un imponente circo de cumbres, provocaron el aplauso de los turistas que viajaban en mi vagón. Unos pocos metros más y el tren se detuvo definitivamente. Nos apeamos.

Ondeaba la bandera amarilla de alerta junto a un gran mapa mural, al pie de la estación, que sirve como punto de partida para diversos itinerarios de excursionistas y montañeros. Nubes más oscuras comenzaban a acumularse sobre mi cabeza y era cada vez más evidente que en cuestión de algunas horas, se iba a formar la tormenta.

Calculé mis posibilidades. Estaba acostumbrado a pasar muchas horas solo en alta montaña, pero siempre sin frivolidades ni riesgos innecesarios. Ciertamente, quería subir a algún pico porque, para un fotógrafo paisajista, un cielo plomizo de densas nubes es una verdadera bendición, ya que le asegura una tremenda belleza dramática en sus imágenes. Las montañas circundantes eran de ascensión muy sencilla para mí, que además conocía perfectamente los caminos. Así, opté por avanzar hacia la zona cuyo cielo se mantenía más despejado. Me sentía con fuerzas sobradas para subir y bajar alguna cumbre cercana sin mayor contratiempo, incluso antes de que la bandera de advertencia fuese roja.

Sin demora, inicié mi recorrido a pie por el sendero principal que asciende hacia el Oeste y al poco me desvié por otro secundario. Decidí que alcanzaría un cómodo collado y desde allí, si el tiempo lo permitía, subiría al pico más próximo. Caminaba a buen ritmo mientras se sucedían las pendientes duras con llanos y suaves repechos. Era un trayecto que había recorrido más de cien veces y no me deparaba sorpresas. Apenas me crucé dos o tres personas, todas de regreso, con las que intercambié saludos y algún comentario sobre la previsión meteorológica.

Las nubes comenzaban a formar una estampa espectacular cuando alcancé el collado, donde un grueso poste de metal mostraba las abolladuras y desperfectos típicos de los rigores climatológicos de la altitud. Aún no caía lluvia, ni se oían truenos en la distancia. Incluso justo en vertical sobre mi cabeza, el cielo se mantenía algo menos gris. Abrí la mochila y saqué mi mi pequeña cámara telemétrica con objetivo 21mm, hice los ajustes necesarios para disparar en hiperfocal y tomé algunas fotos.

El camino volvía a descender por la otra vertiente del puerto, hacia un segundo valle donde el día estaba claro. La tormenta se estaba formando sólo en la vertiente de la cordillera por la que había ascendido. Justo al pie del poste metálico, cruzaba en perpendicular un segundo camino, que conducía a los dos picos colindantes. A mi derecha se alzaba el más cercano, al que me había propuesto subir. La visibilidad para ese trayecto era perfecta.

Pero antes de seguir, me acomodé sobre una roca para tomar un bocado. A varios kilómetros, el hotel, la estación de esquí, el tren cremallera… todas aquellas construcciones parecían una diminuta maqueta bajo el cielo progresivamente plomizo y mi mirada enseguida los ignoró. A media distancia, se estaba comenzando a producir un fenómeno que muchas otras veces había observado, sin llegar a ser capaz de trasladar a mis fotografías su majestuosa grandeza.

Grandes columnas de agua fría, pero en estado gaseoso, emanaban del suelo y ascendían trazando espirales hasta la nubes, donde se acumulaban. El gran poeta alemán Goethe definía este proceso como la respiración de la Tierra o el “estado de afirmación del agua”. Los científicos lo denominan “evotranspiración” o respiración vegetal, ya que el agua subterránea sube por el interior de las plantas y desde sus hojas, despega en forma de gas, realizando así el último tramo de su viaje ascendente, hasta las nubes. Aquellas laderas, cubiertas de grueso y salvaje césped de altura, emanaba enormes cantidades de ese vapor frío levitante.

Me costó apartar la atención de semejante espectáculo, pero la idea de observarlo aún mejor desde la cima del pico, y quizá poder captar toda su grandeza visual en una de mis instantáneas, me empujó a coger de nuevo la mochila y comenzar a subir.

Era un trayecto corto, aunque obviamente empinado. El camino comenzaba con una serie de zig-zags, les seguía una cornisa de subida casi casi recta y terminaba con otra serie de fuertes curvas. No espera encontrar nada nuevo, tal y como había sucedido desde la estación al collado, pero al cabo de unos pocos recodos, me sorprendió ver una cruz dibujada con pintura negra sobre el suelo de roca y una fecha reciente. Alguien había fallecido allí, apenas un mes atrás. Cosa extraña, pues era un tramo sin ningún peligro, sin precipicio ni caída posible. Supuse que el percance habría sucedido con densa niebla, el excursionista debió abandonar el camino y en plena desorientación, precipitarse al vacío, a cierta distancia.

No me gustó ver aquella señal y algo dentro de mí me invitaba a abandonar la subida. Pero había venido a hacer fotos, la climatología y mi situación eran ahora perfectas y abandonar así, tan cerca de la meta, por un tonto pensamiento repentino, me pareció inaceptable. Desoí mi advertencia interior, achacándola a un temor infantil.

Llegué a la cornisa. Era la parte más expuesta de todo el recorrido, apenas cincuenta metros de longitud, pero un traspiés o un fuerte golpe de viento podían hacerte caer por un precipicio de más de cien metros, casi vertical. Avancé sin problemas hasta que, al poco, tuve que detenerme de nuevo. El camino estaba quebrado. Un corrimiento de tierras, fruto de alguna tormenta reciente, había destruido unos dos metros de cornisa y había que dar un par de pasos por la ladera de piedras sueltas, sin piso horizontal estable. Pasé con la debida cautela, pero eché de menos un piolet, para sentirme realmente seguro.

El resto del recorrido ya no tuvo impedimentos y cuando llegué a la cima, el paisaje era sensacional. Me alegré sinceramente de no haber dado media vuelta. Volví a tomar mi cámara del interior de la mochila, comprobé los ajustes de profundidad de campo en el objetivo y tomé una serie de fotos. Tenía muy presente la cornisa rota. No iba a apurar el tiempo para el regreso, pues ese punto debía cruzarse despacio y concentrado, con gran precaución.

Mientras pensaba esto, mi vista iba quedando de nuevo absorta ante el espectáculo de aquel vapor frío ascendente que, cada vez en mayor medida, se elevaba hacia el cielo. Fotografiarlo era frustrante, pues en las imágenes, el resultado parecía una nube traída por el viento que se encallaba contra la montaña, cuando sin embargo, dicha nube emanaba de ella. Habría necesitado grabar un video para poder mostrar el fenómeno en movimiento, pero mi editor me pagaba por fotografías, no por piezas para YouTube… Así, cuando consideré que ya había tomados fotos suficientes y que no habría mejores resultados, guardé mi cámara en la mochila y me dediqué, simplemente, a mirar.

En aquel momento no di importancia a mi conducta, pero ahora, un año después, alejado de todo aquello, me doy perfecta cuenta de que yo jamás había hecho eso antes. Guardar mi cámara, justo cuando estoy ante lo que he ido a fotografiar, es inaudito. Ningún fotógrafo obra así, o la profesión no tendría sentido.

No sé cuánto tiempo estuve allí, sentado, mirando.

Me despertó el granizo contra mi cabeza. Piedras del tamaño de una nuez bajaban con una fuerza endiablada. Llevaba puesto un chubasquero y subida la capucha, pero el gore-tex de verano no tiene grosor y era como recibir cada pedrada a cráneo desnudo, porque para colmo de desgracia, soy calvo. El dolor agudo fue inmediato y en un pico a casi 3.000m. de altitud, no hay donde resguardarse.

Me puse en pie y cargué la mochila. Estaba completamente empapado. Había estado lloviendo antes de granizar y no me había dado cuenta. Me había estado mojando, ni sabía durante cuánto tiempo, bastante a juzgar por mis pantalones, que pesaban demasiado para caminar con soltura. Tenía otros cortos en la mochila, ultraligeros, ideales para lluvia… sopesé cambiarme antes de echar a andar. Entonces recordé el tramo de camino roto en la cornisa. Prefería no perder más tiempo y pasar cuanto antes ese punto crítico.

No era mi primera tempestad en altitud y mientras iniciaba el descenso valoré tan fríamente como pude mis posibilidades. Tenía un trayecto de dos horas largas en aquellas condiciones, con cerca de 800m. de desnivel y granizo sin tregua, recibiendo impactos a intervalos de muy pocos segundos. Traté de proteger mi cabeza con las manos, pero era más lento y difícil caminar con los brazos alzados. Más de dos horas en esas condiciones, no las iba a soportar. En cualquier caso, no podía hacer otra cosa que intentarlo. La cruz pintada en el suelo, vista al subir, y mi instintiva reacción de huida, volvieron a mi mente.

Cabeceé y fijé mi pensamiento sólo en los dos objetivos próximos: pasar el corto tramo de cornisa rota y después llegar al collado. Una vez allí, el camino no volvía a tener tramos expuestos hasta centenares de metros más abajo, y en toda esa distancia, ni siquiera necesitaba seguirlo con exactitud, pues me bastaba ver el perfil del valle para orientarme con seguridad. Si llegaba vivo a los siguiente pasos críticos, ya me ocuparía de ellos.

Dejé atrás el breve tramo de curvas que da acceso al pico y entré en la cornisa. El estrecho camino era un barrizal. Al menos, el pantalón empapado no me resultaba tan incómodo como imaginé, y caminaba con bastante ligereza. O quizá era la fuerza que nace de los nervios… Tampoco quise pensarlo más. La visibilidad, obviamente, era mala, pero alcanzaba unas decenas de metros. Me pareció ver una figura que subía.

Como la idea era totalmente absurda, bajé de nuevo la mirada al camino, ante el riesgo de dar un traspiés, o haberse roto algún otro tramo a causa de la abundante agua que bajaba por la ladera y podía empujar un pequeño alud de tierra. Alcé de nuevo la vista para calcular cuánto me quedaba hasta el tramo difícil y vi de nuevo la figura. Más claramente. Diez pasos más y volví a mirar. Ya no había duda. Estábamos a muy pocos metros. Nos detuvimos frente a frente. Un pie me comenzó a resbalar y entonces advertí que nos habíamos detenido justo en la zona rota de la cornisa.

Afirmé mis pies todo lo que pude y mantuve el cuerpo agachado, para tener mi centro de gravedad lo más bajo posible. El hombre frente a mí, en cambio, estaba totalmente erguido, sin inmutarse. Pero lo más extraordinario eran sus pies, pues sólo tocaba de puntillas en la ladera, quedando todo el resto de las botas en el aire. Se mantenía en un equilibrio casi imposible. Unos lejanos truenos acompañaron nuestros saludos.

– ¿Estás bien? – me preguntó.
– ¡Hay que bajar! – le grité – ¡No puedes seguir así!
– ¡No hay peligro! – repuso él con voz tranquila – Voy a subir.

Dudé sinceramente si aquello era una aparición, si me estaba volviendo loco antes de morir, incluso si estaba ante un ser humano real. Afiancé con más fuerza mis pies y alcé a vista hasta su rostro. Era joven, de unos treinta y cinco años. Llevaba barba, según es la moda ahora, e iba bien equipado, pero ni siquiera se había puesto la capucha del impermeable. Además del agua, por su rostro corría la sangre, fruto de los duros impactos del granizo.

– ¿Seguro que estás bien? – me volvió a preguntar.

Nunca he visto a un sonámbulo, pero aquel hombre lo era, incluso más que yo, que al menos había logrado despertar. Los golpes del granizo rebotaban en su cabeza, pero no se inmutaba, seguía perfectamente erguido e incluso se preocupaba por mí. Una buena persona, además de un alma imaginativa, fácil de hipnotizar, como yo mismo. No iba a poder hacer nada por él.

– ¡Hay que bajar! ¡Hay que bajar! – Insistí, gesticulando con las manos.
– No hay peligro – Fue su respuesta.

Pasó por mi lado, no sé cómo, pues en ese punto no había camino, hubiese jurado que levitaba. Apenas alcancé a verle desaparecer de reojo y no me giré más. De haber ido tras él, habríamos muerto los dos. Acabé de pasar el tramo roto y el resto de cornisa. Llegué a las conocidas curvas, y al ver la cruz pintada en el suelo, la maldije y me maldije a mí mismo, por no haber dado media vuelta en mi ascenso. El cruce con el sonámbulo habría sido a una altitud muy inferior, donde sí le habría podido ayudar.

Atravesé el collado sin detenerme. Me mantuve alejado del poste de metal, por temor a que atrajera algún rayo, pero lo que sucedió fue que, a los pocos metros, cesaron los impactos de granizo en mi cabeza. Lo que ahora caía era sólo agua. Me pasé la mano por la frente y el cráneo, por si también tenía sangre. Pero no. La capucha del chubasquero me había protegido, si no del dolor, sí al menos de heridas. En aquel momento, supe que ya no moriría, bajar sería cansado y duro, pero estaba a salvo. Calculé que la pérdida de altitud, del pico al collado, había sido suficiente para que el aire no estuviera tan frío, y por tanto, el granizo se deshelara y cayera como lluvia…. Este pensamiento sólo duró hasta que recordé la cara del otro montañero, subiendo ensangrentado.

Entonces me giré. Las nubes más negras se concentraban alrededor del pico que había dejado atrás y la tormenta, que hasta entonces apenas había tenido actividad eléctrica, la desató con furia. Los truenos resonaban de forma espantosa dentro mi cabeza. pero más dignos de mención fueron los rayos, pues no abandonaban las nubes, sino que se dirigían a la cima oculta en su centro, cuyo perfil tenebroso se percibía de forma intermitente con la propia luz de los destellos.

Me tapé los oídos mientras mi cuerpo entero se estremecía por aquellos rugidos aterradores, sin embargo, al mismo tiempo, no podía apartar mi vista de las nubes. Regresaba la misma atracción hipnótica que ya me había vencido en la cumbre, hasta el punto de que sentí un fuerte impulso por subir otra vez. Aquellos vapores casi helados, en movimiento, relucientes por la actividad de los rayos en su interior, constituían un espectáculo visual tan grandioso que no podría ser descrito, ni fotografiado. Pero incluso más allá de su belleza, había algo dotado de inteligencia, que se comunicaba conmigo y voluntariamente trataba de atraparme, tocando mis fibras inconscientes con el virtuosismo de un pianista, hasta anular por completo mi miedo a morir. Ni siquiera los psiquiatras han sabido dar nombre a esa inconcebible atracción por trascender, por dejar atrás mi cuerpo y unirme a aquellas fuerzas libres, descomunales, que se expresan de forma ascendente en la naturaleza. Ante esa escena pavorosa, y estando aún demasiado próximo, no sentía ni pizca de miedo. Al contrario, era una ilusión inmensa, sobrehumana, fabulosamente irracional, la que me pedía volver a subir.

Tuve que reunir todas mis fuerzas para enfriar la mente y reanudar de nuevo el descenso. Más truenos resonaron a mis espaldas, pero no me volví a girar. Avancé tan rápido como pude por el camino que, en aquel tramo, apenas pierde altura, avanzando horizontalmente por la falda del segundo pico que delimita el collado. Tan pronto como esa ladera se hizo menos pronunciada, abandoné el sendero seguro y bajé en línea recta por el valle. La cima maldita se encontraba ahora a mi izquierda, miré hacia ella y vi que la actividad eléctrica había desaparecido. No sólo eso. En cuestión de minutos, se despejaron las nubes, y dejó de llover.

Comenzaba a brillar el sol cuando llegué a un breve llano intermedio, donde confluyen dos arroyos y ya pastaban algunos caballos de ganado. Dejé caer la mochila y me tumbé sobre la hierba empapada, exhausto. Entonces me asaltó algo más que un pensamiento, la certeza inquebrantable de que el otro montañero había muerto y sólo eso había calmado a la montaña. Los psiquiatras que me tratan, consideran que estoy loco cuando afirmo tales cosas, que la tensión nerviosa del momento fue demasiada y me venció. Sin embargo, mi convencimiento no ha dejado de aumentar.

Durante este año de deterioro psíquico, he estado leyendo a los grandes eruditos de mitología comparada, Frazer, Graves, Campbell… también he leído el Antiguo Testamento, en la Biblia, y algunos otros libros que no me atrevo a mencionar, en especial uno, que aceptó traerme un buen amigo, profesor de Harvard, bajo el juramento de que jamás revelaría el título. En todos ellos, he encontrado las mismas historias de holocaustos y sacrificios humanos, dirigidos a dioses. Cuanto más nos remontamos en el tiempo y más nos acercamos a los orígenes, esos dioses primitivos son cada vez más próximos a los elementos vivos de la naturaleza, hasta el punto de formar parte, o bien camuflarse perfectamente en sus fuerzas elementales. No me cabe duda de que son mucho más antiguos que nuestra propia especie y que tienen la capacidad de reclamarnos como algo suyo, cuando lo consideran oportuno. Polvo eres, y en polvo te convertirás. Nuestra existencia es algo apenas diminuto en comparación.

Aquel día horrible ya no tuvo más lluvia. Continué bajando cuando recuperé fuerzas, y al llegar al hotel, avisé de que me había cruzado con otro montañero bajo el granizo, que no quiso volver atrás. Partió un equipo de rescate mientras yo cogía el tren cremallera de regreso. Al día siguiente no quise leer ningún periódico local, pero al fin, me pudo un estúpido deseo infantil de que todo hubiera sido sólo ensoñación mía, y compré uno. En las páginas de sucesos, una breve nota, daba parte del joven aunque experto montañero, fallecido en la tormenta.

Más de mil veces he visto su rostro ensangrentado en mis pesadillas. Sólo espero que muriera en trance y que no recobrara la lucidez en el último momento… Aunque dudo que conozcan la piedad esas fuerzas vivas, ocultas en lo inmenso de la naturaleza, cuando son capaces de arrebatarnos de nuestra pequeña seguridad provinciana y destruirnos a su entero antojo. Cada noche sueño con ellas. Sé que me están llamando, e ignoro durante cuánto tiempo más, yo mismo podré resistirme. Todavía me paralizan el miedo y mis últimos rescoldos de racionalismo, pero un día, volveré a esa cima para ver ascender el vapor frío y cuando lleguen el granizo y los rayos, tampoco yo querré escapar de allí.

Autor: Antonio Ramos

escritor y fotógrafo

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